C58 Muerto
Abrí la puerta de cristal del balcón y salí al aire fresco del atardecer. La suave brisa me acarició los brazos y me puso la piel de gallina.
Se quedó allí de pie. Mientras sus puños se enroscaban en la barandilla, sus ojos vacíos se clavaban en el horizonte pintado de carmesí por el sol poniente. Pero yo sabía que la belleza del atardecer era lo último en lo que pensaba en ese momento
