C2 Cuando pedir ayuda no ayuda
La oficina de Start-Tech estaba en un bajo de la calle Embajadores. Antes era una imprenta, y todavía conservaba el olor: tinta vieja, papel rancio, un punto a disolvente que se había metido en las paredes y ya no salía ni fregando con lejía. El aire acondicionado hacía un ruido infernal que ningún técnico había conseguido arreglar en tres años, y el router se caía todos los martes sin excepción. Era una mierda de oficina. Pero era su mierda de oficina.
Mateo se sentó en su puesto. Mesa del IKEA de tablero blanco y patas metálicas, al lado de una planta de plástico que había puesto la empresa de decoración que contrató el CEO en un arrebato de optimismo. A las 9:03, con el café de máquina todavía humeante —ese mejunje negro que sabía a tubería quemada—, Inés apareció como un huracán con tacones. Cuarenta y pocos años, vestido de Zara, el pelo recogido en un moño tenso que le estiraba las facciones. Traía en la mano un fajo de papeles y la expresión de quien se ha tomado ya tres cafés y ninguno le ha hecho efecto.
—Mateo. El algoritmo de recomendación de Compralia.
—Buenos días, Inés.
—Va como el culo. Dieciocho por ciento de acierto. Un mono tirando dardos lo haría mejor. El CTO del cliente está en la sala de reuniones. El CTO, Mateo, no el becario. Si no arreglas esto hoy, nos retiran el contrato y nos quedamos sin el cuarenta por ciento de la facturación.
Soltó los papeles sobre la mesa. Sonó a ultimátum.
Mateo los miró como quien mira una radiografía de algo que no quiere ver. Era el código del algoritmo. Lo había escrito el otro Mateo —el de antes del sistema, el que llevaba tres años en la empresa sin haber dado un palo al agua—. Un algoritmo de filtrado colaborativo puro, sin capa semántica, sin control de sesgo de popularidad, sin penalización de ítems virales. Una castaña de campeonato. Con suerte, un 18% de precisión era hasta generoso.
Cerró los ojos. Se rascó la barba de tres días. Y entonces la línea verde parpadeó.
[Coincidencia detectada]
[El algoritmo actual tiene un 87% de similitud estructural]
[con el módulo "Cálculo de Afinidad entre NPCs" de este sistema]
[¿Ejecutar módulo de Alquimia para optimizarlo?]
[Tiempo estimado: 30 segundos]
—¿Alquimia? —murmuró Mateo.
[Término técnico. Significa que lo hago yo y tú te llevas el mérito]
Mateo miró a su alrededor. Nadie le prestaba atención. Rober, el director técnico, estaba en su esquina con los auriculares puestos, tecleando como un poseso, perdido en algún proyecto que probablemente tampoco entendía del todo. La becaria nueva, una chica con gafas de pasta y cara de no haber dormido en semanas, estaba peleándose con el Excel como quien se pelea con un enemigo íntimo. Todo normal.
—Vale —susurró—. Dispara.
[Ejecutando]
Y entonces Mateo dejó de ser Mateo.
Sus manos se movieron solas. Era como si un gitano le hubiera cogido los dedos. El cursor saltaba por la pantalla, abría archivos, cerraba funciones, escribía código a una velocidad que no era humana. Mateo lo observaba como quien ve una película en la que no debería estar. No entendía lo que estaba pasando, pero tampoco podía pararlo. Una parte de su cerebro seguía funcionando, analizando, diciéndole que ese código tenía sentido —capas de atención semántica, incrustación de usuarios por comportamiento latente, penalización de ítems virales—, que todo encajaba. Pero él no lo estaba escribiendo. Lo estaba viendo. Como cuando un amigo te pasa el mando en la Play para una cinemática y tú solo miras.
Treinta segundos después, sus manos se detuvieron.
El código estaba reescrito. Cientos de líneas de Python que no existían hacía medio minuto. Mateo miró la pantalla, los dedos todavía sobre el teclado. Le temblaban ligeramente.
—¿Qué cojones...?
Abrió el entorno de prueba. Cargó el dataset real de Compralia. Ejecutó el algoritmo.
La pantalla parpadeó. Resultado: 94,7% de precisión.
Mateo se quedó mirando el número. Cerró los ojos. Los abrió. El número seguía ahí. Lo repitió tres veces. El mismo resultado. El becario de al lado giró la cabeza.
—¿Has dicho algo, Mateo?
—Que te compres una planta de verdad. Esa es de plástico.
El becario miró la planta, confundido. Mateo cogió los papeles y se levantó con las piernas todavía temblorosas.
En la sala de reuniones, el CTO de Compralia lo recibió con los brazos cruzados y una sonrisa que era más bien una mueca de paciencia agotada. Era un tal señor Velasco, traje sin corbata, gafas de marca, pinta de llevar veinte años en el sector y haberlo visto todo.
—¿Es usted el técnico?
—Soy el técnico.
—Nos dijeron que el algoritmo estaba en fase de mejora. Llevamos dos semanas con un 18% de precisión. Cada día que esto no funciona perdemos unos quince mil euros. ¿Usted sabe lo que son quince mil euros al día?
—Sí, me hago una idea. Mire.
Mateo le pasó el papel con el resultado. El CTO lo cogió con dos dedos, como si tocara un pañuelo usado. Lo leyó.
Dejó de sonreír.
Lo leyó otra vez.
Se quitó las gafas. Las limpió con el pañuelo del bolsillo de la chaqueta. Se las volvió a poner. Miró el papel por tercera vez. Luego levantó la cabeza y miró a Mateo. Lo miró de verdad, por primera vez. Vio la camiseta del mercadillo, las chanclas, la barba de tres días, la mirada de «ojalá estar en casa jugando a la Play». Y luego volvió a bajar la vista al informe que decía 94,7%.
—¿Ha hecho esto usted?
—Técnicamente.
—¿Cómo?
Mateo se encogió de hombros.
—Pues... dándole vueltas. Y he tenido suerte.
—¿Suerte? —La palabra sonó ridícula en boca del CTO, como un pato en una ópera—. ¿Suerte?
—Un poco de suerte, un poco de ciencia. Ya sabe.
El CTO se quedó en silencio. Inés, que había entrado detrás de Mateo, tenía la cara de quien acaba de ver un milagro. O un truco de magia. No sabía si aplaudir o llamar a la policía.
—Le voy a ser sincero, Mateo —dijo Velasco, y por primera vez usó su nombre—. Este resultado es lo mejor que hemos visto en tres años. No sé cómo lo ha conseguido. Si le interesa cambiarse de empresa, llámeme. El triple de sueldo.
Sacó una tarjeta negra del tarjetero y se la tendió. Letras doradas. Muy de CTO. Muy de ejecutivo. Mateo la cogió, la miró un segundo y se la guardó en el bolsillo del chándal.
—Gracias. Pero me pilla un poco lejos. Y no me gusta madrugar.
El CTO parpadeó. Inés se llevó una mano a la boca. Mateo salió de la sala con las manos en los bolsillos.
Cuando llegó a su mesa, el reloj marcaba las doce menos cuarto. Rober se quitó los auriculares y giró la silla hacia él. Tenía veintiocho años, tres gatos en casa —Frodo, Gandalf y Gollum—, una novia que hacía cosplay de Leia en salones manga, y una intuición técnica que rozaba lo paranormal. Era de Alcorcón. Su padre era taxista. Sabía cuándo algo no cuadraba.
—Mateo. He visto lo que has hecho.
Mateo se tensó por dentro.
—A lo del código. Has tecleado durante treinta segundos y has sacado un 94. Eso no es normal. Eso no es humano.
—Estaba inspirado.
—Llevas tres años aquí y nunca has estado inspirado.
—Igual me ha dado el subidón.
Rober lo miró durante cinco segundos más. Luego giró la silla hacia su pantalla y se volvió a poner los auriculares. Pero antes dijo algo que Mateo no se esperaba:
—Si eres un extraterrestre, no me importa. Pero enséñame.
Mateo se sentó. La línea verde parpadeó en la esquina de su ojo.
[El friki te ha calado]
[No te preocupes. Es aliado]
—Aliado —murmuró Mateo—. Tengo un sistema en la cabeza y un fan de Star Wars como aliado. Mi vida es un meme.
Aquella tarde salió a las seis en punto. En el bar Manolo pidió una caña y un pincho de tortilla. Manolo se lo sirvió sin decir nada. Paquito el gato se había movido del taburete a una caja de cartón vacía junto a la barra. Mateo lo observó con la admiración de siempre. Ese gato tenía la vida resuelta.
Estaba a punto de dar el primer sorbo cuando el móvil vibró.
La Caixa: Ha recibido un ingreso de 5.200,00 € en su cuenta. Concepto: Venta de excedentes electrónicos. Saldo: 5.845,63 €.
Mateo se atragantó con la cerveza. Leyó el SMS cinco veces. Cinco mil doscientos euros. ¿Qué excedentes electrónicos?
[Ah, se me olvidó decírtelo]
[El módulo Imperio genera recursos]
[A veces se convierten en dinero real]
[Te he montado trazabilidad fiscal completa]
[Facturas, albaranes, hasta un contrato de recogida]
[Hacienda no va a preguntar]
[No es ilegal. Es... creativo]
[De nada]
Mateo se quedó mirando la pantalla del móvil. Luego miró a Paquito. Luego al techo del bar, donde una bombilla parpadeaba con un zumbido tenue.
—Estoy ganando dinero sin hacer nada —murmuró—. Dinero de verdad. Cayendo del cielo.
—¿Decías algo? —preguntó Manolo desde la barra.
—Nada, Manolo. Nada.
Cogió la caña y le dio un trago largo. Pensó en el CTO de Compralia. En la tarjeta negra. En el triple de sueldo. En los 5.200 euros que le habían caído del cielo. Pensó en que tenía un sistema bugeado con acento andaluz que le obligaba a currar.
Y a pesar de todo, mientras la cerveza le bajaba fría por la garganta y el olor a tortilla le llegaba de la cocina, se dio cuenta de una cosa.
Esto era mejor que la consultora de Alcobendas.
Mucho mejor.
¿Ha merecido la pena? Pues ya sabes. Siguiente capítulo. Que la caña se enfría y el algoritmo no se arregla solo.