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C3 2

Ese domingo por la tarde, David se vistió con pereza. Con un poco de suerte, este sería su última noche en el bar y servir tragos pasaría a la historia. Mañana sería su primer día de trabajo en una importante empresa.

Se subió los pantalones lentamente, y se puso frente al espejo sin mirarse. Michaela entró a su habitación sin llamar primero, así que fue una fortuna estar decente.

—Un día de estos –le dijo—, me vas a encontrar desnudo y te vas a llevar el susto de tu vida—. Ella rio descarada.

—Eres mi hermano, nada de ti me asusta.

—No estés tan segura—. Por el rabillo del ojo, la vio sentarse frente al PC, conectarse a internet e ir directamente al Facebook. Ella no tenía un teléfono inteligente, así que seguramente se estaría allí por horas; y sin él para vigilar, se acostaría a dormir justo cuando él llegara de su trabajo nocturno.

No dijo nada, al fin, que no serviría de nada. A Michaela todavía le quedaba una semana de vacaciones antes de enfrentarse a su último año antes de graduarse, y luego, ella debía entrar a la universidad y hacer una carrera, como su hermano mayor.

Cerró sus ojos al pensar en eso. Sus padres habían muerto hacía ya diez años. Cuando sucedió aquello, él tenía dieciséis, y Michaela siete. El accidente no había sido culpa de su padre, más bien del conductor del otro vehículo, y su seguro de vida los había ayudado muchísimo en aquella época, pero lamentablemente, le había dado para el estudio de uno, no de los dos, y el dinero se había acabado.

Luego de quedar huérfanos se habían venido a vivir con la abuela Agatha a este edificio. Era viejo, y bastante destartalado, pero con la pensión de la abuela y luego su exiguo salario, se habían podido mantener. El apartamento en el que vivían era de dos habitaciones, una la ocupaban Michaela y Agatha, y en la otra estaba su estrecha cama compartiendo espacio con la mesa del computador, pues en la sala no cabía. En cuanto cobrara su primer cheque, tenía pensado irse a otro lugar, uno más céntrico y más seguro.

Tenía unas cuantas deudas importantes, pues él había sido ambicioso y había hecho su soñado máster en economía, se había codeado con las personas adecuadas durante ese par de años, y ahora veía el fruto de su labor al ser contratado en un importante grupo empresarial dedicado a los farmacéuticos.

Sería un simple auxiliar contable, pero el sueldo le alcanzaría para cubrir sus gastos, y tendría la oportunidad de demostrar sus capacidades y ascender. Ah, cómo soñaba con sacar a sus mujeres de allí. Como soñaba con, algún día, ser capaz de mantener no sólo a su hermana y a su abuela, sino también… a una mujer. Soñaba con eso, cada día.

Sus ambiciones eran simples, iban un poco más allá de vestir trapos caros, y conducir un coche digno, poder visitar bares costosos como en el que trabajaba ahora, y viajar; no, él quería una casa a la que pudiera llegar luego de un largo día de trabajo, mirar en derredor y ver que había valido la pena el esfuerzo. Cuando llegaba a ese punto, una mujer entraba en esa soñada sala y le preguntaba cómo había sido su día. Él le sonreía y le devolvía la pregunta. A veces, esa mujer no tenía rostro, ni estatura. A veces, esa mujer era rubia, y tenía un increíble par de piernas largas.

—Desconéctate temprano de ese aparato –le dijo a su hermana mientras se ajustaba la camiseta de algodón dentro de sus pantalones. Michaela no hizo señas de haber atendido—. ¿Me escuchaste, Michaela?

—Sí, sí…

—¿Y me vas a hacer caso? –Michaela por fin se dignó a mirar a su hermano.

—Sí.

—Bien. No te creo ni un poco, pero igual me tengo que ir.

—Que te vaya bien –le sonrió Michaela mirando de nuevo la pantalla del ordenador.

David se acercó a su hermana, le cogió la cabeza muy despreocupadamente y le besó la frente. Adoraba a esa chiquilla, aunque a veces lo sacara de quicio.

Antes de salir, se acercó a la anciana atareada en la cocina y también se despidió. Agatha lo miró preocupada hasta que salió por la puerta; no le gustaba nada ese trabajo. El hecho de que fuera en un bar, y por la noche, le ponía los nervios de punta. Consideraba que la ciudad estaba más llena de peligros hoy en día de lo que jamás se hubiese imaginado ella en sus tiempos, y su preciado nieto tenía que entendérselas con rufianes y borrachos todos los fines de semana.

David sabía que ella se preocupaba, pero hasta el momento no había podido hacer nada por cambiar esa situación; lo hacía desde hacía unos seis meses para terminar de pagar un montón de deudas, y, durante el mismo tiempo, no había tenido una sola noche, una sola tarde libre. Desde mañana, sin embargo, tendría un horario decente, y los fines de semana para descansar. Su sueldo le alcanzaría para sus obligaciones financieras y vivir más decentemente sin tener que buscar un empleo alterno. Por fin.

Esa noche saldría más temprano; era su última noche allí. Ya lo había hablado con su jefe, que no estaba muy contento, pero no había tenido más opción que aceptar. David quería algo más que llevar la caja en un bar de niños ricos y viciosos.

—Esto está atestado –dijo Marissa mirando en derredor.

Había venido esa noche con Nina, una de sus amigas de toda la vida, porque se había presentado en su casa y casi la había obligado a ducharse, vestirse y salir. Ahora estaban en la zona VIP de un lujoso bar de Jersey City. Desde su lugar, se veía a hombres y mujeres tocarse, restregarse, y un montón de cosas igual de obscenas. La música tecno retumbaba en las paredes y las luces de colores giraban en todas direcciones. Unos hombres, desde otra mesa, las miraban como si fueran el pastelito más exquisito de la panadería. Marissa estaba asqueada.

—Necesitas relajarte, mujer; distraerte, ¿me captas? –Nina le estaba sonriendo insinuante a los hombres, que no tardaron en ponerse de pie y sentarse uno al lado de cada una. Marissa hizo ademán de levantarse y huir, pero la mirada de Nina le dijo: ni lo sueñes.

—Hola, preciosas –dijo uno de ellos. Marissa lo miró, era grande, rubio, y tal vez adicto al gimnasio y las proteínas—. Parecen un poco solas, ustedes dos.

—En verdad no –contestó Marissa—. Estábamos muy bien.

—Pero ahora estamos mejor –corrigió Nina sonriéndole con un especial interés. Marissa recordó que a Nina siempre le habían gustado los rubios.

Quería relajarse, en serio, pero no era capaz. Nunca tener ese tipo de flirteos con extraños se le dio bien. Una vez lo había intentado, y le había ido fatal. Miró a Nina; eran amigas desde la infancia junto con Diana y Meredith y habían estudiado en el mismo internado hasta graduarse. Se preguntó qué diría ella si le contara que una vez, hace un año ya, había subido a su apartamento un desconocido del que ya no recordaba ni su cara ni su nombre y se le había desnudado… para luego ser dulcemente rechazada.

No le creería, concluyó, y luego se reiría por ser capaz de inventarse una historia así.

Marissa era conocida por su ostracismo. A pesar de que había pasado un año desde que había terminado con Simon, y éste se había casado ya y era inmensamente feliz con su esposa, ella no había salido con nadie, no se había acostado con nadie… no era capaz.

—¿Vamos a bailar? –Dijo uno de los hombres. Marissa se negó.

—Ella acaba de salir de un convento –respondió Nina poniéndose en pie y tomando la mano de ambos hombres—; apenas se está acostumbrando al mundo exterior –siguió—, pero si se conforman conmigo, les prometo que lo pasarán igual de bien.

Uno de los hombres miró estudioso a Marissa, su vestido a la rodilla, su escote recatado y su cabello recogido. Aunque era rubia y hermosa, no parecía muy feliz allí, así que haciéndole caso a la espectacular morena que prácticamente les estaba proponiendo un trío, se fueron con ella a la pista de baile.

Marissa los vio alejarse apretando sus labios; a veces quería tener la soltura de Nina para olvidar los problemas.

Un mesero pasó por allí y ella le pidió unas bebidas. Un cosquilleo en la nuca le hizo girarse hacia la barra. Era el presentimiento de estar siendo observada.

Había un par de camareros allí, llenos de pedidos de clientes y con ambas manos ocupadas sirviendo y entregando tragos. Todos se veían ocupados, cada cual concentrado en lo suyo, así que nadie la estaba mirando.

Nina regresó a la mesa un rato después, sudorosa, pero con una ancha sonrisa en el rostro.

—Ah, Marissa, no sabes lo que te pierdes.

—Yo creo que sí.

—No seas tonta.

Marissa se sorprendió cuando notó que uno de los camareros se aproximaba a ellas.

A ellas.

Miró en derredor, pero el hombre no iba hacia ningún otro lado, no; iba directo hacia ellas. Y se acercaba sonriente, como si las conociera.

—Hola, Marissa –ella lo miró sorprendida.

—¿Disculpe?

—Soy yo… David… Hace casi un año no nos vemos… Quiero decir… nos vimos una vez hace un año...

Marissa lo miraba con una de sus cejas alzadas y Nina lo estudiaba mordiéndose un labio, como con ganas de hincarle sus incisivos en alguna parte de su anatomía.

Ella miró al hombre. Era joven, alto, de cabello oscuro y piel clara. Debajo de la camiseta del uniforme se notaban unos hermosos pectorales. Y la estaba mirando de un modo extraño, como si la conociera más que de nombre, como si…

Había anhelo en esa mirada.

—Lo siento, no lo conozco.

—Ni yo –Dijo Nina—. Pero eso tiene fácil solución, ¿no? –Nina se puso en pie delante de él como diciendo: mira—qué—rica—estoy. Pero el tal David ni siquiera la miró. Punto a su favor. Sin embargo, la luz que traía en su mirada se fue apagando poco a poco. Sonrió de medio lado y dijo:

—Disculpe la molestia. Quizá la confundí—. Dio media vuelta y se alejó, con sus hombros un poco caídos ahora que se alejaba.

—Dios, qué cara, qué espalda, qué culo…

—Nina, cállate, por Dios—. Nina le echó malos ojos.

—Intentaron ligar contigo y tú como si nada.

—No intentó ligar conmigo…

—Pero está claro que NO te confundió con otra –aclaró Nina, girándose a mirarlo en la barra, donde estaba otra vez atendiendo—. Dime, ¿de dónde lo conoces?

—¿Quién dice que lo conozco?

—Sabe tu nombre –respondió Nina.

Un ramalazo de conciencia atravesó su mente. De algún modo, el hecho de que él supiera su nombre… lo hacía más personal.

—¡Oh, por Dios!

—Eso mismo dije yo –sonrió Nina malinterpretando su exclamación—. Lo conoces, ¿verdad?

Marissa se giró hacia la barra, y lo vio ocuparse de nuevo de las bebidas, ahora aún más concentrado en lo que hacía.

Era él, el chico que la había llevado a su apartamento la tarde que buscó a Johanna para decirle que le dejaba el camino libre hacia Simon. Era él, el hombre ante el que se había desnudado como una fulana y se había arrojado a sus brazos, y él, como un caballero, la había rechazado, salvaguardando así su muy maltrecha dignidad, pero haciendo pedazos su ego.

—Me tengo que ir –dijo de repente, tomando su bolso y poniéndose en pie.

—No seas cobarde. Él obviamente está interesado en ti. ¡Vive la noche, Marissa!

Ella no lo creía así. Sabía que, aunque fuera hasta la barra para decirle que ya se acordaba de él, no habría nada más que decir; había estado tranquila porque creyó que nunca lo volvería a ver, ésta era una ciudad muy grande, con millones de habitantes, y ella no solía moverse en los círculos en los que muy seguramente se movía él.

Bueno, ahora tendría cuidado de no volver a pisar este bar jamás en su vida.

David la vio tomar su bolso y salir de allí disparada con su amiga detrás. No se había girado ni una vez hacia él mientras se dirigía a la salida. Pero claro, se dijo, ¿qué esperabas? ¿Realmente creyó que una mujer como ella se acordaría de él? En esa ocasión ni le había mirado la cara. Había estado muy concentrada acariciándolo, y tratando de seducirlo. Para ella, seguro, había sido sólo alguien del sexo opuesto al que podía utilizar para vengarse. Nada más.

Ah, pero dolía, dolía de veras.

Marissa llegó hasta su auto y se internó en él. Nina había preferido quedarse a última hora. Mejor que mejor.

David allí. El chico sin rostro ni nombre de su apartamento, allí. Bueno, ahora tenía un nombre, y un atractivo rostro que ponerle cuando se acordara de esa ocasión. Encendió el motor de su Audi ahora azul oscuro, y se alejó del bar.

Ahora sabes bien por qué tus ovarios lo eligieron para portarte mal esa vez, dijo una vocecita más traviesa que la real Marissa.

—Oh, cállate –contestó ella en voz alta, como si de veras su conciencia estuviera sentada a su lado en el auto.

El tipo está bueno. No, bueno no; buenísimo, así como… de portada.

Se detuvo en un semáforo, y tamborileaba en el volante con sus dedos.

Hacía rato no se permitía a sí misma recordar aquella ocasión. La había enterrado a fuerza de empujones en lo profundo de su mente, y muy de vez en cuando emergía para hacerla sentir fatal, como ahora.

Y esta noche soñarás con él, porque el tipo está como quiere, y seguro que esta vez no te rechazará.

Nop, ella no soñaría con nada, porque planeaba tomarse unas muy eficaces pastillas para dormir.

Tramposa.

David llegó a las once a su pequeño apartamento, entró a su habitación encendiendo la luz, y dejando a un lado las llaves se tiró a la cama. Colgado en un clavo frente a su cama había una percha con un saco, una camisa y un pantalón, los que se pondría mañana para trabajar, seguramente planchados por su abuela. Ese saco había sido de su papá, y se lo había puesto en las ocasiones especiales, sus demás chaquetas eran demasiado informales como para llevarlas a una oficina. No tenía más, así que sus nuevos compañeros de trabajo lo verían repetir ropa hasta que tuviera para comprarse un nuevo traje.

Sus pensamientos se desviaron hacia cierta rubia.

Se sentó sacudiendo la cabeza, como si así pudiera espantarla de sus pensamientos. Lo que había ocurrido aquella vez en su apartamento sólo había sido un mal trance, una simple metedura de pata por parte de ella, una tontería. Tan indigno de ser tenido en cuenta, que ella ni siguiera había recordado su rostro cuando lo volvió a ver. Todavía veía la expresión de confusión en su bonita cara cuando se presentó.

¿Por qué había tenido que ir a buscarla? ¿Por qué no se había quedado detrás de la barra como debía ser? No, él había tenido que ser idiota y se había ido ante ella para recordarle un episodio del que ella seguramente se avergonzaba.

Se puso los dedos sobre las sienes apretándolas como si así pudiera exprimir la razón por la que no se había quedado quieto en su barra y la había tenido que ir a buscar.

En el fondo de su corazón, concluyó, había esperado que ella le sonriera, y de alguna manera, ella le dijera que ahora estaría con él, esta vez por las razones adecuadas.

Y había sido una estúpida fantasía. Se le había presentado la ocasión de una-vez-en-la-vida con esta hermosa mujer y él la había dejado pasar porque no era lo correcto, porque él tenía una hermana menor y deseaba que también la respetaran como él respetaba a las mujeres. Porque sabía lo que era la desesperación.

Se volvió a acostar en su estrecha cama y miró el techo por largo rato. Bueno, seguramente ella tendría cuidado de no volver a entrar en ese bar, lo cual era una tontería, porque él no trabajaría más allí. Sus caminos se volvían a separar, esta vez, quizá para siempre.

A la mañana siguiente, Marissa entró a su oficina como si la noche anterior no se hubiera ido de farra con una amiga, no se hubiese encontrado con un presunto y malogrado ex casi-amante, y no se hubiera drogado con una pastilla para dormir. Estaba rozagante en su ejecutivo azul marino y sus zapatos de punta, había tenido tiempo de arreglar su cabello y su manicura, e iba pensando en el color de su nuevo auto; tal vez se compraría un BMW. Le gustaban los autos, y no siempre tenían que ser exageradamente caros y lujosos. Afortunadamente su padre le consentía esos caprichos.

Los empleados al verla la saludaron formales, como siempre, y ella avanzó hacia su oficina con paso resuelto, aunque realmente iba distraída, llenándose la cabeza de cosas para no ponerse a pensar.

Dejó su bolso sobre el perchero y abrió la laptop sobre el escritorio. Trabajo, trabajo, más trabajo.

Su padre era el dueño, por olvidar los formalismos, de H&H, una empresa dedicada a la fabricación, distribución y comercialización de todo tipo de productos de aseo personal, farmacéuticos, para bebés, belleza y etc. Llevaba más de cien años fundada, aunque en aquella época no era más que un laboratorio donde fabricaron jabones para ropa delicada y luego lociones para bebés. Había tomado el nombre de su abuelo y su tío abuelo cuando la adquirieron en lo que fue la mejor inversión de sus vidas. Su padre había heredado las partes de ambos y vendido a socios minoritarios un pequeño porcentaje de las acciones y le había dejado el nombre de Hamilton y Hamilton, reduciéndolo simplemente a un H&H, que ahora podían simbolizarlos a ella misma y a él, que eran quienes la controlaban ahora.

A estas alturas, era una empresa bastante grande e importante a nivel internacional, y ella heredaría algún día.

En el pasado, casi había descansado en la idea de que Simon tomaría el control y ella sólo se ocuparía de algún cargo menor, pues su sueño era tener hijos y dedicarse a su hogar el mayor tiempo que pudiera; habían sido sueños bastante sencillos y modestos, muy anticuados tal vez, pero era la vida que había querido para sí luego de no haber tenido una madre que la criara y le diera el calor de un hogar.

Pero nada de eso había resultado, y dudaba mucho que pudiera casarse en los próximos años, así que le correspondía ser una hija responsable para que cuando su padre quisiera retirarse ella pudiese ser apta. No es que Hugh ya fuera anciano, no, pero ella necesitaba ganarse poco a poco el respeto de la mesa directiva y los otros socios.

Un par de horas después de haber entrado a su oficina, entró Lisa, su secretaria, y entre otras cosas, le recordó la reunión que tendría en la sala de juntas con algunos otros ejecutivos y su padre.

Como hija del jefe, muchos habían pensado que entraría de una vez con un alto cargo ejecutivo, pero Marissa había empezado desde abajo y escalado hasta el puesto en el que estaba: ejecutiva de ventas. De ella dependía que la distribución de los productos se mantuviera estable, y a su cargo estaban otros departamentos como los de marketing y publicidad.

Tecleó algo en su portátil y lo cerró cuando se hizo la hora de asistir a la reunión. Si llegaba unos minutos tarde, sería amonestada como cualquier otro empleado.

Sonrió al pensar eso.

Ella había podido elegir ser una hija de papá y limitarse a usar sus tarjetas de crédito, pero nunca había sido del tipo recostada. Este año pasado había sido especialmente difícil, y su escape había sido el trabajo, lo que le había ayudado a cosechar muy buenos frutos. Junto a su padre, había atravesado varios baches en el negocio, y juntos, también, se habían consolidado como una de las empresas de productos más confiables no sólo del país, sino del mundo.

Su padre, el CEO de H&H, era un visionario y un tiburón de las finanzas bastante reconocido en el país; conocía personalmente al presidente, se telefoneaba con senadores, y se iba de vacaciones con personajes reconocidos a nivel mundial. Se pasaba más tiempo viajando que en casa, pero eso ella ya no se lo reprochaba. Cuando su padre no había estado, Simon sí. Bueno, ahora Simon tampoco estaba, pero ella ya no era una chiquilla. ¿Cierto?

—Bueno, he aquí la que faltaba –dijo Hugh Hamilton a la mesa en general, mirando sonriente a su única hija, y según sus propias palabras, su bien más preciado. Los hombres se fueron sentando cada uno en su sitio, y Marissa se encaminó a su padre y le besó ambas mejillas, sintiendo otra vez un cosquilleo en el cuerpo… Ah, esa sensación… Hugh la miró analítico; era un poco más alto que ella, con entradas pronunciadas en su castaño cabello. Marissa se sentó en una silla alejada sin mirar a nadie directamente a los ojos. Sentía que hoy la sala estaba más llena de lo acostumbrado, pero no prestó mucha atención. Sacó su Tablet y se dedicó a tomar nota de cualquier cosa que dijeran.

Los ejecutivos fueron presentando informes y propuestas sistemáticamente. Hugh las rechazaba o aceptaba con la precisión de un samurái. Ella a veces se lo quedaba mirando conteniendo la respiración. ¿Cómo hacía para intuir en un nanosegundo que lo que le proponían que hiciera no sería a largo plazo un fracaso o un tremendo acierto?

Cuando llegó su turno para hablar, lo hizo con serenidad. Pero la sensación de ser observada, y ese cosquilleo en el cuerpo no hizo sino intensificarse. Miró en derredor disimuladamente, pero aparte de los de siempre, no vio nada ni a nadie extraño.

—Entonces eso es todo –dijo Hugh al final, y al tiempo, todos se pusieron en pie para salir—. David, tú no te vayas –ordenó él, y Marissa casi se va de bruces.

Aquello tenía que ser una coincidencia, una simple coincidencia.

Junto a ella, otro más se quedó rezagado, y pudo ver a David, a su David, encaminarse hacia su padre y hablar con él.

Oh, cálmate, no es “tu David” para nada, atacó de nuevo su conciencia.

Bueno, pues él estaba allí. ¿Desde cuándo trabajaba para H&H? ¿cuándo lo había contratado su padre? ¿No era él, acaso, un simple camarero?

Lo miró largamente, pálida. Toda la serenidad que había traído desde casa se fue al traste.

¿Acaso era profesional? Su padre nunca contrataba peritos, o estudiantes. Y si contrataba a alguien desconocido, tenía que tener una larga lista en sus referencias laborales. Este muchachito debía ser como mínimo un magister, o el hijo del embajador de alguna parte para merecer estar trabajando con su padre, y para que él lo llamara por su nombre de pila.

El otro hombre que se quedó rezagado, se adelantó un paso y se acercó a ellos, que conversaban.

—Perdón, señor Hamilton –dijo, y ambos dejaron de hablar en voz baja para prestarle atención—. Creo que tenemos un nuevo empleado y no lo sabíamos.

Buena pregunta, se dijo Marissa, sin notar que se había quedado allí de pie como un pasmarote mirando al que hasta hacía unos segundos creyó no volvería a ver en lo que le quedaba de vida.

—Ah, lo siento, pero si me dedicara a presentar a cada nuevo empleado, nuestras reuniones serían interminables –dijo Hugh con su blanca sonrisa—. Este es David Brandon –lo presentó—. Entró hoy a trabajar para H&H –Marissa miró al que había hecho la pregunta elevar una ceja. Viktor Ivanov era un ejecutivo de larga trayectoria, un poco mayor que los treinta, y por lo que sabía, soltero—. Ah, querida –dijo Hugh mirándola, y ella enrojeció al instante. Ahora David la estaba mirando a ella. ¿Por qué no había huido de la sala en cuanto tuvo ocasión? No, ahora era el blanco de atención de este hombre—. Mira, David, ésta es mi hija.

—Un placer –dijo él sin tender su mano, y ella no dijo nada ni hizo ningún movimiento.

Luego de unos segundos de estar como una estatua, tomó sus cosas de la mesa de juntas y salió de allí.

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