El Imperio del Orco/C1 Capitulo 1
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C1 Capitulo 1

Capítulo 1.

Sentado sobre la base de concreto de una valla publicitaria en una gasolinera, estaba un hombre joven de 28 años, Joel, cubriéndose del sol con una carpeta en la cual tenía un plan de trabajo y un presupuesto para un nuevo proyecto. La ciudad caótica lo rodeaba; el ruido constante del tráfico y la multitud de personas apresuradas le recordaban la lucha diaria por sobrevivir en ese entorno implacable.

Joel se pasó la mano por el sudor que perlaba su frente, mientras observaba nerviosamente el reloj en su muñeca. La cita con su antiguo compañero de universidad, Isaac, era crucial. Se suponía que se encontrarían a las 2 pm después de la hora de almuerzo, pero cada minuto que pasaba, la incertidumbre sobre el futuro apretaba su pecho. Si no lograba convencer a Isaac de su propuesta, podría perder una oportunidad importante para mejorar su situación económica y enfrentarse a la temida posibilidad de no poder pagar el alquiler del mes entrante.

El sol implacable hacía que la gasolinera se convirtiera en un horno. «Este sol de mierda, me acabo de bañar y estoy sudando como un cerdo. Ojalá Isaac llegue rápido antes de que yo empiece a oler mal… No sé por qué escogimos este lugar para reunirnos, podríamos haber quedado en un café o en un sitio cliché para reuniones. ¡Ja! Como si pudiera darme el lujo de pagar un café», refunfuñó Joel en su mente.

A pesar de ser un profesional graduado en una universidad promedio con experiencia laboral en algunos proyectos importantes, Joel era un desempleado más en una ciudad despiadada. Vivía en una pequeña habitación de alquiler donde apenas había espacio para una cama, un pequeño armario y una mesa que hacía las veces de comedor y mesa de trabajo. La falta de dinero era una constante en su vida, y las decisiones sobre cómo gastar lo poco que conseguía eran agónicas.

Sus pertenencias se resumían en: tres jeans remendados y descoloridos, varias franelas viejas, un suéter y otras pocas prendas de vestir; tenía solo dos pares de zapatos, unos que había mandado a arreglar varias veces, y otros que solo usaba en ocasiones especiales ya que eran el reemplazo para el momento en que no pudiese volver a remendarlos.

Sus padres eran campesinos que vivían en un pequeño pueblo. No los veía desde que él se vino a estudiar a la capital hace más de diez años. Cada vez que lograba obtener dinero de los diferentes trabajos que hacía como ayudante de obras, repartidor de volantes o cuando lograba algún trabajo temporal en su oficio como diseñador gráfico, estaba destinado en su mayoría a ellos, dejando solo lo necesario para pagar el alquiler y no morir de hambre.

Había tomado la decisión ferviente de que si lograba obtener un lugar en el nuevo proyecto en la compañía donde trabajaba Isaac, lo primero en comprar con su salario, luego de enviar la parte de sus padres, era una laptop de segunda mano para poder trabajar en proyectos personales y tener otra fuente de ingresos. Estaba harto de su situación.

Bajo el inclemente sol, frotaba un cigarro en su mano, vacilaba en encenderlo. La adicción al tabaco lo atormentaba, pero cada centavo contaba, y no sabía si podría permitirse el lujo de gastarse el poco dinero que tenía en una caja de cigarros o si era más sensato asegurarse de tener comida suficiente para la semana.

«Lo dejaré para más tarde, oler a sudor y a tabaco no es precisamente encantador», pensó, mientras divagaba sobre las posibles elecciones que le aguardaban.

Justo cuando decidió encender el cigarrillo, un estruendo ensordecedor rompió el aire.

¡Bang! ¡Bang!

Sonaron unos disparos. El cigarro cayó de sus dedos y rodó por el suelo. La adrenalina inundó su cuerpo cuando la gasolinera se convirtió en un caos total.

Los gritos y el sonido de las balas resonaban a su alrededor, mientras Joel buscaba desesperadamente un lugar seguro. Intentó levantarse y correr, pero algo extraño sucedía. Su cuerpo no respondía. La confusión y el miedo lo embargaban mientras yacía en el suelo sin poder moverse.

El tiempo parecía detenerse mientras su mirada se dirigía hacia abajo. Un charco carmesí se formaba lentamente debajo de él, tiñendo su camisa con un tono siniestro. La realidad se desvanecía mientras el dolor se apoderaba de él. Intentó hablar, pedir ayuda, pero solo pudo emitir un débil gemido.

La vida se escapaba de él, y en esos últimos momentos, se dio cuenta de la brutalidad del destino. No había tiempo para arrepentimientos o deseos incumplidos. Su mente se nublaba mientras sus pensamientos se desvanecían en la oscuridad.

El charco carmesí se expandía cada vez más, absorbiendo la luz del sol que había sido testigo de su tragedia. Las voces y los sonidos de la balacera se desvanecieron, y Joel se sumió en un silencio profundo mientras dejaba este mundo con el sabor amargo del cigarro que ya no tenía entre sus dedos, y un último pensamiento.

«Odio este sol, ojalá hubiese quedado en un café»...

En la penumbra de la inconsciencia, Joel experimentó una extraña sensación de ingravidez. Flotaba en un limbo oscuro y desconocido, sin poder distinguir la realidad de la fantasía. El tiempo parecía detenido, y cada pensamiento era como un eco distante en su mente.

Una inmensa presión en el pecho despertó la conciencia de Joel. No podía abrir los ojos y sintió una pesadez que invadía sus sentidos. Quería gritar, quería levantarse, pero su cuerpo no respondía. La presión en su pecho era lo único que existía hasta que una repentina sensación de ingravidez lo sorprendió y luego su cuerpo chocó contra algo.

Recordando su situación anterior, pensó: «Debo haber llegado al hospital y esos enfermeros inhumanos me tratan como si fuese una bolsa de basura». Hizo su mayor esfuerzo y consiguió abrir los ojos, pero estaba oscuro y no podía ver nada a su alrededor. Seguía sin poder hablar y su cuerpo se sentía débil y fatigado. Consiguió voltear la cabeza para tratar de ver dónde estaba y se topó con un bulto que no pudo distinguir en la oscuridad.

«¿Me... me dieron por muerto y me arrojaron a la morgue?», pensó aterrado.

Escuchó unos pasos que se acercaban y volteó para pedirle ayuda al doctor, pero su mente se paralizó ante un enorme ser que se acercaba y cuyos ojos emitían un brillo dorado que resaltaba en la oscuridad. «¿Dónde coño estoy? », fue su único pensamiento.

La aterradora figura se aproximaba de manera lenta hacia donde se encontraba Joel, se detuvo a pocos metros de él y pudo verla mejor entre la oscuridad: era de aspecto humanoide, enorme, iba con el torso desnudo y caminaba algo encorvado. Se acercó a una esquina de la habitación y comenzó a encender una chimenea. Entre las chispas del pedernal que iban alumbrando de a poco, Joel quedó aterrado por el enorme físico, debía de medir más de tres metros, parecía un fisicoculturista. Su piel era pálida, casi azul, pero nada de eso se comparaba con su cara: era una deformidad con dos enormes colmillos en la parte inferior de su boca, uno de los cuales traspasaba su mejilla que estaba rota y revelaba parte de su dentadura. Tenía un mechón de cabello negro que colgaba en una trenza desde la parte delantera de su cabeza calva.

En medio del caos y la oscuridad, Joel se aferraba a su cordura mientras una sensación abrumadora de desesperación e incredulidad se apoderaba de su atribulada mente. ¿Estaba sumido acaso en un sueño macabro, o tal vez había cruzado los límites de la realidad, hacia algún abismo infernal?

Las sombras danzaban ominosamente a su alrededor, mientras siniestros susurros llenaban el aire, nutriendo su terror e incertidumbre. Se debatía entre lo que consideraba real y lo que bien podría ser una pesadilla impía. ¿Habría trascendido hacia el más allá, a un lugar donde moran las almas culpables y condenadas?

La duda y la culpa se entrelazaban en su mente, recordándole tanto sus actos virtuosos y altruistas, como las sombras ocultas de su ser, donde la ira y la violencia encontraron lugar. «He sido un hombre de bien, ayudé a los necesitados y protegí a los míos... pero también he herido y me he regocijado con furia contra aquellos que me provocaron».

Un escalofrío recorrió su espina dorsal mientras enfrentaba la complejidad de su naturaleza humana, dividido entre la virtud y la venganza. Se debatía en la encrucijada entre la luz y la oscuridad, sin comprender del todo la situación en la que se encontraba.

En medio de la penumbra, una lucha interna se desataba, sumiéndolo en una danza vertiginosa de emociones insondables. La incertidumbre y el miedo se amalgamaban en un enigma inquietante, revelándole una verdad turbadora más allá de lo imaginable.

Joel se hallaba en un viaje desconcertante hacia lo más profundo de su ser, enfrentando la dualidad que todos llevamos dentro. La desesperación y el cuestionamiento lo envolvían, como si se encontrara en una dimensión en la que los límites de la realidad y la fantasía se fundían en una realidad alterada y perturbadora.

A pesar de reconocer que la violencia nunca fue la respuesta, en su corazón emergía una firme convicción: si alguien osara lastimarlo a él o a los suyos, él respondería con la misma determinación, sin importar las consecuencias. Era una verdad incómoda, pero se aferraba a ella con convicción.

Luego de encender la chimenea, la bestia se acercó y recogió algo de una pila al lado de donde yacía Joel, lo remojó en un balde lleno de líquido viscoso y lo arrojó a las llamas donde se creó una bola de fuego cuando empezó a arder. Un momento después, la bestia recogió otro bulto e hizo lo mismo una y otra vez hasta que las llamas iluminaron toda la habitación. Entonces, Joel pudo ver que aquello que estaba siendo incinerado eran cuerpos deformes parecidos al demonio, solo que eran pequeños, como bebés de varios colores. La bestia continuó con su faena hasta que la pila se acabó y luego volteó hacia él.

Al volver en sí, Joel se dio cuenta de que él formaba parte de otra pila y que no podía moverse porque estaba enterrado entre varios cuerpos. Buscó la manera de escapar pero no fue capaz por el peso que tenía encima. Solo pudo observar cómo su pila de cuerpos iba disminuyendo mientras pensaba: «Entonces era verdad lo de arder en el infierno».

Un repentino apretón lo sacó del letargo y se dio cuenta de que estaba en las manos de la bestia, rodeado entre sus dedos como una muñeca. Sentía los brazos entumecidos, también las piernas, trató de soltarse pero fue en vano, no podía moverse y por más que movía la cabeza la bestia lo ignoraba. «Este bastardo debe ser ciego, por eso no me ve mover la cabeza», pensaba Joel. «Maldito animal, no estoy muerto», gritaba en su mente, quería decir algo pero ni una palabra salía de su boca.

Fue hundido en el balde del líquido asqueroso y pegajoso.

«Voy a ser quemado... ¡No! », gritó en lo más profundo de su mente, trató de gritar de verdad hasta que un sonido agudo salió de sus labios —Gaah, Gaaah, Gaaah! —gritó Joel sin darse cuenta de las palabras que decía, angustiado ante la incertidumbre de que la bestia fuese sorda también. Sin embargo, la montaña de músculos se detuvo y volvió la vista inexpresiva hacia él, su rostro comenzó a cambiar y a tornarse más terrorífico, sus dientes se revelaron por completo en una sonrisa siniestra.

«No me comas», pensaba Joel cuando ¡Pum! la bestia saltó de improviso y salió corriendo por la puerta con Joel en la mano, como una pobre muñeca.

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