El Imperio del Orco/C2 Capitulo 2
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C2 Capitulo 2

Capítulo 2.

Joel trató de mantenerse consciente ante el bamboleo de la bestia que lo sostenía mientras corría por un túnel oscuro. «¿Qué está sucediendo? ¿A dónde me llevan?», gritaba, al menos en su mente, pues de sus labios seguía saliendo un extraño "Gah, Gaah!" parecido al graznido de un pato.

Poco tiempo después, entró a una habitación amplia y bien iluminada donde había otro monstruo igual de feo pero menos grande y algo delgado; con la piel de un tono oscuro casi violáceo, el rostro arrugado y unos mechones sueltos de cabello amarillento que adornaban su cabeza igualmente calva.

—Thrak Thrak —gritó la bestia mientras agitaba la mano que sostenía a Joel, y lo colocó encima de una mesa; este por fin pudo sentir cómo la sangre corría de nuevo por sus extremidades acalambradas.

—Hahhh —exhaló aliviado Joel, hasta que una cara arrugada ocupó su visión.

«No me coman por favor…» pensó Joel.

El monstruo acercó una mano violácea a su rostro y por instinto, Joel se cubrió con las suyas, que estaban cubiertas por el espeso y pútrido betún del balde. El par de bestias continuaron hablando en un idioma incomprensible para él y que sonaba a quejidos guturales. «Deben estar discutiendo sobre quién me va a comer... o me van a picar para compartir», pensó.

El monstruo violáceo balbuceó algo y levantó una mano en dirección a la puerta. Al instante, la bestia desfigurada salió corriendo nuevamente, tropezando con varias cosas a su paso; el otro observó un rato más la mesa donde estaba la pequeña muñeca cubierta de viscosidad negra y luego se ocupó en sus asuntos. Tratando de moverse, Joel resbaló, tumbando algunas cosas, lo que le hizo refunfuñar en su mente. «¡Coño!, levántate cuerpo inútil», a lo que le respondieron con un par de gruñidos que le hacían señas de quedarse tumbado.

Pronto volvió la bestia deforme, esta vez venía caminando y con la cabeza gacha, entró en la habitación, señaló hacia la mesa y luego se paró a un lado junto al monstruo violáceo. Joel miraba la situación confundido hasta que de la nada un rostro pálido y hermoso apareció ante él. Mientras era observado con escrutinio pensaba: «Un ángel… pero qué hace un ángel en el infierno... ¡Claro! fue un error, yo debo ir al cielo, es imposible que por golpear bastardos sea arrojado al infierno, Jajaja», comenzó a reír eufórico en su mente mientras, sin saberlo, su rostro dibujaba una sonrisa.

El ángel vociferó de manera seria unas palabras desconocidas y al instante un chorro de agua cayó de la nada sobre Joel, lavándolo por completo.

«Gracias, hermoso ángel», exclamaba extasiado mientras extendía sus manos temblorosas hacia el misterioso ser celestial, maravillado por la magia que lo rodeaba. Sin embargo, a medida que la realidad volvía a tomar forma, una incertidumbre aguda invadió su ser, atormentándolo con interrogantes.

«Estas manos... », pensó con perplejidad, observando con asombro sus extremidades transformadas. El ocre cubría su piel, ahora más grande y robusta que sus delgados antebrazos, dotadas de dedos enormes que recordaban a las extremidades de un poderoso gorila. Dudó por un instante, pero al mover sus dedos, confirmó con estupor que aquellas manos grotescas eran las suyas. «¿Acaso me convertí en un demonio al llegar al infierno? »

De pronto, como un torbellino, su mente se inundó de recuerdos pasados. Los vestigios de una vida que parecía lejana, una existencia lamentable en una granja siniestra, emergieron en su memoria. Recordó cómo había sido arrojado a un establo junto a otros desdichados recién nacidos, tratado como un mero animal. La rutina inhumana de su vida, alimentado por hombres humanos solo una vez al día, y luego abandonado a su suerte entre los otros seres monstruosos.

Las lágrimas asomaron a sus ojos al evocar aquel oscuro viaje en jaulas, compartiendo angustia y desesperación con otros pequeños seres condenados. El hambre y el frío los atormentaban, y la crueldad humana los silenciaba con brutales latigazos y aterradores gritos. Varios de sus compañeros murieron en ese tortuoso trayecto, dejando atrás un rastro de desolación.

Y así continuó su existencia, preso en otra granja donde la esperanza se desvanecía día tras día. La enfermedad se apoderó de ellos, y uno a uno, los pequeños seres se despedían de la vida, sumiéndose en una tristeza insondable.

«¿Es este mi destino ahora? ¿Renací como un demonio, condenado a cargar con esta existencia de pesar y desolación? Una especie de ganado en este infierno» pensó con una mezcla de tristeza e ira. La incertidumbre y el tormento de su pasado se fusionaron con su nueva realidad, y el desconcierto cedió paso a una ola de emociones tumultuosas que amenazaban con desbordarse.

Tocó su rostro con manos temblorosas y sintió una nariz gruesa y prominente, unas orejas puntiagudas provocaron una extraña sensación de desconcierto y sorpresa, su boca llena de dientes afilados de donde sobresalían unos pequeños colmillos en la parte de abajo lo sumieron en una mezcla de fascinación y perturbación, Tenía el cabello corto pero en abundancia. Por curiosidad, estiró un mechón: si no hubiese visto primero sus manos, sin duda estaría atónito pues su cabello era blanco como el de un anciano, pero no plateado ni amarillento, era blanco, puro y reluciente, generando una amalgama de emociones. Una sensación de curiosidad y alegría lo invadió al darse cuenta de que al menos no era calvo como los otros dos.

El ángel susurró algo incomprensible mientras lo miraba y luego le dio indicaciones a la pareja de bestias antes de marcharse de la habitación. Convencido aún de estar en el infierno, Joel lloró en un torbellino de emociones. «No, por favor, hermoso ángel, no me abandones», suplicó en su desesperación, aferrándose a la esperanza de un milagro que lo salvara de la condena eterna. «Aún puedo ir al cielo, no, suéltenme», clamó desesperadamente, luchando por liberarse del agarre implacable de la bestia. El miedo y la angustia lo consumieron mientras imaginaba un inminente tormento en el infierno. «No quiero arder en el infierno, auxilio ángel…», gritó en su impotencia, anhelando una intervención divina que le concediera una segunda oportunidad. Pero la desilusión inundó su ser y la ira se apoderó de sus pensamientos. «Bastardo, ojalá te pudras en el estúpido cielo, santurrón de mierda», maldijo con rabia, dejando salir su frustración y resentimiento hacia el ser que consideraba responsable de su desgracia.

Sintiéndose como una marioneta en manos de fuerzas oscuras, fue llevado nuevamente por el pasillo oscuro, su mente un remolino de incertidumbre y desesperanza. Después de otra larga sesión de bamboleo, llegó a una habitación oscura y más pequeña que las anteriores. Fue arrojado sobre algo suave que amortiguó su caída. pero su cuerpo aún temblaba por la mezcla de emociones. La bestia desfigurada lo observó un rato y le hizo señas para que se quedara tumbado, luego se retiró y cerró la puerta tras de sí. La soledad y la oscuridad lo rodearon, sumándose a la montaña rusa emocional que estaba experimentando.

Joel exploró la habitación en medio de la oscuridad, apenas iluminado por la tenue luz de la luna que se filtraba a través de una ventana en lo alto del muro. Sus ojos recorrieron cada rincón del lugar, absorbiendo los detalles con una mezcla de curiosidad y aprensión. Una mesa en un rincón, una cama de madera desprovista de colchón, una chimenea apagada con un pequeño caldero colgando de ella, baldes apilados descuidadamente en una esquina y una pila de paja que servía como su improvisado lecho. A parte de la chimenea, todo parecía familiar, evocando recuerdos de su precaria vida anterior en el mundo humano.

«Al menos no me van a quemar, o no por el momento. No creo que me vayan a comer o lo habrían hecho sin necesidad de traerme a esta habitación», reflexionó tratando de consolarse.

Con determinación, hizo un esfuerzo por levantarse nuevamente, pero sus piernas temblaron y cedieron bajo su peso una vez más. La frustración se apoderó de él, y la ira comenzó a burbujear en lo más profundo de su ser. «¿Por qué estoy tan débil? Soy un demonio, ahora debería ser fuerte», pensó con impotencia mientras finalmente lograba ponerse de pie apoyándose en la pared para mantener el equilibrio. Sus ojos se desviaron hacia sus manos, aún desconcertado por su nuevo color de piel y tamaño descomunal. Rápidamente, llevó su mirada hacia su entrepierna, sintiendo una mezcla de ansiedad y alivio al constatar que, al menos en ese aspecto, todo seguía igual.

Al ver la puerta cerrada, sus ojos recorrieron la habitación hasta posarse en la ventana, la idea de escapar cruzo su mente por unos instantes pero lo descartó igual de rápido. La ventana estaba en lo alto, a más de cinco metros del suelo. Igual a donde podría escapar en el infierno... Un hombre sigue siendo un prisionero mientras esté en la cárcel, incluso si no tiene una celda; peor aún, si no tienes celda, estás a merced de otros presos. Y de donde vengo, eso podría ser peor que la prisión en sí misma.

Mientras sus pensamientos divagaban, la frustración lo invadía y el hambre y el cansancio se hacían sentir con fuerza. Se dejó caer sobre la pila de paja, sumido en un mar de arrepentimiento, tristeza, y nostalgia. «Coño, si hubiera sabido que me esperaba morir así, víctima de una maldita bala perdida bajo el ardiente sol del mediodía... habría gastado mis pocos ahorros en un buen plato de pasta con pollo, un trago de ron, y con lo que quedara... habría buscado compañía en algún burdel barato. Ay, si tan solo hubiera fumado aquel último cigarrillo», suspiró con amargura. «Mis padres deben estar desolados al ver mi cuerpo flaco dentro de ese maldito ataúd, y mi amigo Isaac debe haberse quedado de piedra al enterarse... pero, ¿a quién diablos le importa mi partida? Nadie más llorará por mí, solo mis padres me extrañarán», lamentó con profunda tristeza mientras se dejaba arrastrar por el sueño. Pronto, sus pensamientos se vieron sumidos en un sueño espantoso, en el que era arrojado al fuego y él gritaba y maldecía al ángel por abandonarlo, hasta que se despertó sobresaltado al oír el chirriar de la puerta. La bestia desfigurada acababa de entrar en la habitación.

La bestia se sentó en la cama de madera, levantó una botella de la que bebió mientras observaba de manera curiosa a Joel. Recogió un cuenco de la mesa, lo llenó con el agua de un barril que estaba a un lado de la chimenea y lo colocó a un lado de Joel, como se haría con un perro, después comenzó a encender la chimenea. Balbuceaba palabras que eran incomprensibles y volteaba de vez en cuando para verlo, después de encender el fuego, vertió agua en el caldero y arrojó unos trozos de carne que sacó de un balde. El ambiente se impregnó de un hedor repugnante y nauseabundo cuando destapó aquel depósito de carne podrida. Siguió hablando mientras cocinaba la carne nauseabunda. Joel, por su parte, estaba inquieto por la extraña sensación de hambre que recorría su cuerpo, como si jamás hubiese comido. Aunque le resultaba asqueroso el olor, no podía evitar salivar ante la expectativa de lo que se estaba cociendo en el caldero.

Al poco tiempo, la bestia se sirvió un cuenco agarrando la olla directo del fuego sin siquiera fruncir el ceño ante el calor; luego comenzó a beber y engullir mientras veía cómo el pequeño frente a él salivaba al verlo comer. Una sonrisa espeluznante se extendió por el rostro desfigurado de la criatura mientras le hablaba a Joel.

Observando al horrendo ser e incapaz de contener los gruñidos de su estómago ante aquel apetitoso plato de comida putrefacta, pensó: «Seguro que eres el mejor chef. De un montón de basura podrida hiciste algo que despierta mi apetito... ¡Oh, gran demonio! Por favor, apiádate de mí, dame un poco de tu sopa podrida».

Como si pudiese leer su mente, la bestia tomó otro cuenco y sirvió más sopa, llenando el ambiente con el hedor a podredumbre. Luego, señaló el cuenco y pronunció unas extrañas palabras: —Dra₭'Oɡar. —Joel estaba confundido, su mirada inquieta recorría la habitación, como si buscara algo oculto entre las sombras.

«¿Desea iniciar el proceso de aprendizaje del idioma que se le está impartiendo? », resonó la voz nuevamente, repitiendo su consulta sin un ápice de emoción.

«¿Estoy oyendo voces en mi cabeza... o el hambre y los gases pútridos de la sopa me están haciendo alucinar?», pensó Joel.

«¿Desea iniciar el proceso de aprendizaje del idioma que se le está impartiendo?», repitió la misma voz.

La incógnita se alzó ante Joel: ¿sería posible aprender el idioma del infierno? La curiosidad se mezclaba con el miedo, pero en su interior, algo se encendía, una chispa de determinación ante lo desconocido. Y con un brillo en los ojos, pronunció sin saber sus primeras palabras que en este mundo: «¡Sí! ¡Quiero aprender!»

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