El Imperio del Orco/C3 Capitulo 3
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C3 Capitulo 3

Capítulo 3.

«Protocolo de enseñanza completado. El anfitrión está en proceso de aprendizaje de la Lengua Simple de los Orcos. Cada palabra en este idioma que sea percibida será procesada y aprendida automáticamente». volvió a sonar una voz que parecía venir de su mente. Mientras trataba de entender lo que sucedía, fue interrumpido por la bestia.

—¡Señor de la Muerte! —vociferó a modo de burla— jajaja. Esto, cachorro, es lo que llamamos estofado pútrido, y a los pequeños orcos les gusta mucho. Come, come, aquí está tu porción —explicó mientras se levantaba para colocar el tazón en el piso junto al agua.

A pesar del shock que tenía por toda la información que estaba recibiendo, Joel no pudo resistir el hambre y se inclinó a cuatro patas para comer, ya que no era capaz de mantenerse erguido.

«Huele terrible, pero sabe genial» era todo lo que ocupaba su mente mientras seguía comiendo la ración que era enorme para su pequeño tamaño.

El Orco deforme terminó de comer y tiró el tazón de manera casual hacia una esquina en la pared: frotando uno de sus colmillos con sus dedos, dejó ver una sonrisa aterradora mientras observaba comer con pasión a Joel.

—Por ahora tendrás mucha comida, tú eres el único cachorro vivo —comentó mientras reía— Tú sobreviviste a la peste, ja, el Señor de la Muerte. Ahora eres el único cachorro de cazador jajaja. — luego de reír, se puso de pie y volvió a salir de la habitación.

Tras saciar su apetito, Joel se sintió pleno y una leve somnolencia lo envolvió, por lo que se recostó nuevamente en la pila de paja. Su mente era un torbellino al procesar la avalancha de información que acababa de recibir. Cada pensamiento se mezclaba con el aroma del estofado pútrido que aún perduraba en el aire.

«Entonces no estoy en el infierno, morí y reencarné como un Orco. Además, fui el único que sobrevivió a la enfermedad. Lo extraño es que aún conservo mis recuerdos pasados y algunos recuerdos del pequeño orco...» Un estudiante de artes con una mente pragmática y escéptica, siempre había preferido buscar explicaciones científicas y razonables para todo. Sin embargo, lo que estaba viviendo en ese momento iba más allá de su comprensión. A pesar de su agnosticismo, se encontraba ahora en un mundo desconocido, enfrentando una realidad que desafiaba todas las creencias que había sostenido hasta entonces.

«Como soy un bebé... un cachorro, como dijo el orco deforme, es lógico que no pueda ponerme de pie, es lógico que tenga hambre y es lógico que no pueda hablar. Ahora la pregunta crucial es ¿qué debo hacer para parecer un Orco?... Debo tratar de pasar desapercibido mientras sigo aprendiendo.»

Mientras pensaba, recordó algo importante: «¿Qué es esa voz en mi cabeza que me ayuda a entender el idioma?» Trató de comunicarse nuevamente: «Hola, eh... voz, conciencia o lo que seas, responde por favor.»

«El anfitrión carece de suficiente poder mental para mantener una comunicación continua. Notificaré únicamente eventos relevantes para preservar la energía restante.» Respondió la voz por última vez sin importar qué dijo Joel.

«Poder mental... ¿qué es eso?, ¿inteligencia?... ¿acaso tengo un IQ bajo?»

Antes de ir a la universidad, Joel había crecido en un pequeño pueblo rural donde todos se conocían. La vida allí transcurría con calma y las principales preocupaciones eran las cosechas, el ganado y los asuntos políticos locales. De estas cosas aprendió hasta que se fue a estudiar cuando cumplió 17 años. Al llegar a la ciudad, Joel se vio inmerso en un ambiente universitario donde, entre los estudiantes de arte, la política era una pasión compartida. Todos pretendían ser cultos y versados en el tema, debatiendo sobre los derechos universales y las injusticias con fervor. Aunque él siempre había sido pragmático y escéptico, no pudo evitar observar con ligero desdén la intensidad con la que algunos abrazaban estas discusiones, sumergidos en su mundo de teorías y filosofías. Sin embargo, a medida que se adaptaba a la atmósfera intelectual, comenzó a encontrar cierto atractivo en la diversidad de opiniones y perspectivas que florecían en cada rincón de la ciudad.

A pesar de haber nacido a finales del siglo XX, Joel era un individuo con un conocimiento variado y curioso, aunque en ciertos aspectos, permanecía ignorante. Durante más de una década, su vida en la bulliciosa capital estuvo absorbida por la mera supervivencia y el arduo esfuerzo de ahorrar para enviar dinero a sus padres. En cuanto al cine, su experiencia se limitaba a las películas comerciales que llegaban a sus ojos, sin explorar más allá de esa oferta cinematográfica. En el campo de la informática, se desenvolvía con soltura en programas de diseño, modelado 3D y la búsqueda de información en la vasta red de internet. Sin embargo, la falta de recursos económicos le privaba de cualquier pasatiempo, relegando su entretenimiento al refugio de la literatura. Los libros de filosofía, arte y diseño ocupaban un lugar especial en su corazón, junto con aquellos obligatorios para su formación académica y el hábito de devorar las páginas del periódico, manteniéndose siempre al tanto de las noticias y las oportunidades laborales. No obstante, la fantasía y los mundos de orcos le eran completamente ajenos, apenas sostenía nociones básicas provenientes de películas famosas como "El Señor de los Anillos" o algunas partidas casuales de videojuegos con sus compañeros. Al encontrarse en un nuevo mundo, enfrentaba una realidad desconocida y desafiante, sus conocimientos prácticamente en cero.

«Está decidido, debo aprender todo lo que pueda de este Orco desfigurado. Aunque no puedo hablar... ¿o si puedo?» Intentó repetir algunas de las frases que le habían dicho.

—Señor de la muerte... estofado pútrido bueno —luego de repetir estas pocas frases se sorprendió— es extraño —murmuró, luego reaccionó sorprendido nuevamente— también puedo hablar en mi antiguo idioma, pero ¿por qué no pude hacerlo antes?

Como de costumbre, cuando algo le interesaba o lo desconcertaba, se volvió a refugiar en sus pensamientos. «Es mejor que no hable de momento o podrían sorprenderse. Ser diferente no debe ser bueno en un sitio como este.» reflexionó cautelosamente mientras recordaba cómo él y los otros cachorros fueron golpeados solo por llorar. «¿Cómo voy a aprender de este lugar si no puedo preguntar?... Observaré de momento y en unos meses voy a decir mi primera palabra. Un bebé de varios meses debería poder balbucear algo sin ser demasiado extraño.» Pensó mientras se iba quedando dormido.

Después de un rato, el hambre lo sacudió y Joel despertó en su lecho de paja, desorientado por el débil resplandor de las tenues llamas que bailaban en la chimenea. Sin tener una noción clara del tiempo transcurrido, se incorporó con torpeza, frotándose los ojos mientras se preguntaba si el orco había regresado. Aún medio adormilado, se tambaleó hasta el cuenco lleno de agua, donde sumergió sus manos y bebió ansiosamente.

Luego de saciar su sed, se lavó la cara con la misma agua, sintiendo cómo se despertaba lentamente del letargo de su sueño. Entonces, con cierta premura, buscó un lugar apartado para satisfacer su necesidad fisiológica. Gateó trabajosamente hacia una esquina de la habitación, intentó cavar un pequeño agujero en el duro suelo, pero sus esfuerzos fueron en vano.

En ese preciso instante, la puerta crujió y se abrió de par en par, dejando paso al imponente orco que regresaba. Sus ojos se cruzaron con los del pequeño, pero el gigante apenas pareció prestarle atención. Con pasos pesados, el orco se encaminó hacia la cama y se dejó caer en ella sin ceremonias, dejando escapar un estruendoso ronquido que llenó la pequeña habitación con su resonante eco. Ahora Joel estaba solo de nuevo, solo con el fuerte rugido del orco dormido como compañía.

Aun así, el estruendoso ronquido del orco no llegó a sus oídos, su mente estaba absorta en otra cosa más importante. ¡La puerta estaba abierta! Un rayo de curiosidad y necesidad se apoderó de Joel mientras sus pensamientos se debatían. «¿Debería salir? Tengo que ir al baño... Pero, si me orino encima, dudo que me laven, y es probable que se enoje si ensucio el piso.» Tras sopesar las consecuencias, una resuelta determinación se apoderó de él y decidió explorar el otro lado de la puerta por primera vez.

Gateó lo más rápido que pudo y se volteó justo antes de salir. Al ver que el Orco no se movía, se acercó y sacó su cabeza por la puerta. A su izquierda, un muro robusto de piedra se alzaba majestuoso, alcanzando la altura del techo y delatando la antigüedad de la morada. Enfrente, una puerta de madera envejecida cerrada con firmeza, hacia la derecha, un pasillo se extendía en penumbra, apenas iluminado por la chispeante luz de una solitaria antorcha, que creaba intrincadas sombras en las paredes. Se aventuró a avanzar en su posición gateante y sus ojos se encontraron con la perspectiva del largo pasaje. A ambos lados, diversas habitaciones se desplegaban, separadas por varios metros y todas enigmáticamente con sus puertas cerradas. Un recuento mental reveló la presencia de seis puertas al costado derecho, incluida la suya, y cinco al costado izquierdo. Sin embargo, una curiosidad inquieta surgió al percatarse de que, al final del lado izquierdo, el pasillo continuaba sin llegar a la esperada sexta habitación.

El pasillo se extendía en oscuridad total, sin antorchas ni indicio de habitaciones a la vista. Era como adentrarse en la boca de un lobo hambriento, donde la negrura devoraba la luz y la esperanza. Una súbita brisa gélida acarició su rostro, erizando su piel como si las sombras susurraran su presencia.

Quizás por la extraña mezcla de emociones, la repulsión del estofado pútrido o el palpable miedo en el ambiente, una urgente necesidad lo tomó por sorpresa. Gateó con desesperación hasta encontrar un rincón en la pared, donde alivió su estómago y vejiga al mismo tiempo. Sus ojos continuaban fijos en el agujero negro, como si una presencia desconocida acechara desde las profundidades del corredor, esperando el momento propicio para manifestarse. La tensión se mezclaba con el alivio momentáneo, creando una atmósfera cargada de inquietud y misterio en aquel lugar tenebroso.

«Debería volver, no hay nadie esperándome ahí fuera.» Se repetía en su mente, buscando razones para justificar su decisión de no avanzar por el oscuro pasillo. Aunque el temor se escondía tras sus palabras, intentaba convencerse de que el Orco era una buena persona y que debía seguir aprendiendo de él. Además, la necesidad de buscar agua para limpiarse se sumaba a sus argumentos. Sin embargo, las pequeñas gotas de sudor en su frente rebelaban la lucha interna que estaba experimentando. Finalmente, se convenció a sí mismo y, con determinación, gateó de regreso a su habitación, cerrando la puerta tras de sí.

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