Guerra de millonarias/C1 Capítulo 1
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C1 Capítulo 1

-¡¡¡Muere Heather, muere!!!-

Las balas disparadas por Larry Rouss tenían como destino mi cabeza. Los proyectiles atronaron el silencio igual a truenos y relámpagos quebrando la quietud y zumbaron en forma mortífera alzando vuelo con destino a mi cráneo.

Rouss reía con estrépito, enloquecido, con sus ojos inyectados en furia, la cara transformada en un dibujo tétrico y horripilante y lo único que hice fue gritar y gritar con todas muis fuerzas, viendo las balas surcando el espacio, marchando a tropel hacia mi cabeza, para acabar con mi vida.

Entonces desperté aterrada, sudando a borbotones, angustiada, despeinada, con mis ojos desorbitados y mi corazón bombeando de prisa dentro de mi busto. Aún tenía la mirada enloquecida de Rouss claveteada en mis pensamientos y eso me hacía desesperarme aún más y enloquecerme, deseando estallar igual que un gran petardo de dinamita.

Esa imagen me perseguiría por siempre, sufrí un millón de pesadillas ahogándome y provocándome un sin fin de martirios, sin embargo era el precio que debía pagar por mi propia ambición y mis deseos de convertirme en la mujer más poderosa del planeta.

*****

No solo Rouss pretendía matarme. Mi vida estaba en forma sempiterna comprometida en el peligro. Escuchaba voces en el silencio, veía sombras ocultas en la oscuridad, reventaban bombas en mi cráneo y presentía que alguien me perseguía queriendo hacerme daño.

No entendía cómo Betty Taylor podía reír sin importarle los riesgos de tener un gran imperio financiero, enfrentar a hombres ruines y malévolos y lucir radiante, hecha un cometa luminoso.

Taylor es mi enconada rival en mis sueños de ser la más poderosa del globo terráqueo. La odio y ella me aborrece, competimos en todo y queremos ganarnos hasta en minucias como comprar un barco, construir una bolichera o invertir en la bolsa de acciones.

-Enfrentar riesgos es parte de sentirse viva-, suele decir ella. No le creo. Yo pienso que arriesgarse a morir es propio de querer alcanzar metas imposibles como ser la mujer más poderosa del universo.

*****

Pero no solo tendría la vida en constante peligro, también sufriría terribles decepciones y me convencería que enamorarse era jugar con fuego y que el amor, finalmente es una caja de Pandora.

Johnson me gustaba muchísimo. Guapísimo, alto, fornido, la mirada avasalladora, el vozarrón que me despeinaba igual a un ciclón y el cuerpo bien cincelado, perfecto, con sus bíceps enormes y el pecho enorme, más grande que un tractor. Él era dueño de una súper millonaria cadena de centros comerciales y un alazán excitante y dominante que prendía los fuegos de mis entrañas. Yo ansiaba que me domine, que me haga el amor y me haga sumisa con sus besos y caricias hasta enloquecer en el delirio. Quería con afán que sus manos vayan y vengan por mis curvas, recorriera mis amplias carreteras y se deleite con la lozanía de mi piel suave y deliciosa como un velo de novia.

Yo suspiraba por él, en realidad. Lo soñaba en forma insistente y en mi mente afiebrada aparecía siempre Johnson hermoso, desnudo, en su máxima virilidad, con su cuerpo alfombrado en vellos, mirándome e hipnotizándome con esos ojos encendidos igual a grandes llamaradas que me desquiciaban, sometiéndome y volviéndome una gatita a sus pies, suspirando, gimiendo y sollozando, deseando que conquiste lo más profundo de mis entrañas y alcance los máximos límites de mi sensualidad.

Johnson hacía posible que yo disfrutara de mi intensa feminidad y que me sintiera la mujer más sexy del mundo. Él desataba mis cristalinas cascadas con esas pupilas de lobo hambriento queriendo devorar a su presa sin miramientos ni compasión. Y yo lo que ansiaba ser su presa y que me devore por completo, hasta el último rincón de mi apetecible anatomía.

Me encantaba verlo bailar con esa cadencia tan suya que me volvía frenética y fuera de sí. Johnson me sacaba de mis cabales y hacía que me mordiera con furia los labios, me jalara los pelos con tanta ira que me quedaban los mechones de mis cabellos enredados en mis dedos y que mi corazón se volviera una pelota rebotando, insistente y febril, en las paredes de mi busto. Mis senos se inflaban como globos apenas al verlo, las llamas de la pasión incineraban de inmediato mis intimidades y tan solo de mirarlo y admirarlo, yo me transformaba en una gran bola de fuego, calcinándome entera, volviéndome cenizas, chamuscando hasta lo más profundo de mi sensualidad.

No me atrevía hablarle tampoco, tan solo lo deseaba y lo ansiaba, lo quería para mí y soñaba en que me haga suya. Yo estaba equivocada, en realidad. Yo debía ser más agresiva con Johnson tal igual lo era en mis negocios y empresas que me transformaba en una tigresa y me tornaba en una amazona combatiendo puño a puño con hombres más duchos, curtidos, ávaros y malévolos, tercos y traicioneros que pululan en el mundo de las inversiones. Yo era dueña de un imperio financiero tan grande, poderoso y multimillonario que ni tenía idea de cuánto dinero tenía en mis bóvedas y bancos. Al igual que mis contrincantes yo también era déspota, tiránica e intrépida para todo, arriesgada y cruel y muchas veces ruin

Sin embarco con Johnson era todo lo contrario. Sucumbía de miedo al verlo, me vencía el temor de hablarle y no podía enfrentar al pavor de seducirlo con mis muchísimos encantos que tanto idolatraban y veneraban miles y miles de hombres, y me escondía en mi caparazón como una cobarde.

Esa noche, decidí que había llegado el momento en que debía enfrentar mis miedos, vencer mi pánico, olvidarme del temor y hablarle a Johnson y decirle que me gustaba mucho, que estaba enamorada de él, que lo deseaba como una loca y que ansiaba que me llevara a la cama, que hiciéramos el amor en una velada romántica y poética y que él ponga bandera en mis adorables redondeces, en mis curvas tan sinuosas, se deleite con mis atributos y tesoros y alcance todos los límites de mi belleza y en el clímax de tanto fervor y emoción, me lleve a la estrellas con sus besos y quede eclipsada, obnubilada e inconsciente cuando él avance decidido por mis profundidades, hasta lo más hondo de mi ser.

Era la fiesta de cumpleaños del embajador de Hungría. Yo sabía que Johnson ya estaba allí. Tengo contactos en todo el mundo, mis fisgones que me informan de todo, hasta del más mínimo detalle y por eso soy exitosa y triunfadora en todos los mercados. Porque tengo ojos y oídos hasta el último rincón del planeta. Johnson estaba en la fiesta y era el momento de declararme y decirle que enloquecía por él.

Me puse un vestido entallado violeta, muy corto, revelando mis senos grandes y las nalgas tan exuberantes y adorables que me han hecho famosa, con un escote pronunciado evidenciando el canalillo de mis pechos. Calcé zapatos con taco catorce, pantimedias y alhajas por doquier. Me solté los pelos para lucir hecha una muñeca y por supuesto me maquillé adecuadamente, igual a una princesa de cuentos de hadas.

Y, en efecto, allí estaba Johnson, tan lindo, guapo, cautivante, adorable y majestuoso como un general romano en su carruaje dorado, su armadora brillante y la barbita tan deliciosa y masculina adornando su rostro pétreo y hercúleo, que me catapultaba al delirio. Todo estaba lindo. La música, el ambiente romántico, las luces a medio encender, la elegancia de todos, las risas y la alegría contagiosa, excepto por una cosa: ¡¡¡ Johnson estaba besándose con Betty Taylor!!!, esa arpía, miserable, inescrupulosa, caza hombres y oportunista a quien odio con todas las fuerzas de mi vida.

Ya imaginarán mi decepción y furia a la vez. Sentí que la sangre me revoloteaba en los tubos de mis venas, mi corazón bombeaba más de prisa que nunca y los rayos invadían mi cabeza martillándome sin compasión. Apreté los puños y la ira se tornó en un géiser haciendo que sople humo de las orejas y hasta de las narices. Mi mirada se tornó entonces en relámpagos y chirrié los dientes dominada por la cólera de ver a mi enemiga mortal, besándose con el hombre que soñaba para mí.

-Heather Bogart, qué sorpresa, pensaba que no vendrías-, fue muy hipócrita Betty. La miré despectiva, insultada en realidad tras sorprenderla besándose impunemente con Johnson.

-Veo que estás de compras-, le dije juntando los dientes. Johnson se puso rojo como un tomate, movió su corbata y se confundió con la multitud que colmaba el salón principal de la residencia del embajador húngaro, huyendo de mi furia y de la hipocresía e ironía de Betty.

-Johnson es mío, Bogart-, me desafió Betty alzando su naricita. En condiciones normales yo le hubiera metido un puñete en la boca a Taylor y le hubiera volado todos los dientes, pero me contuve. No quería un escándalo, tampoco. Había mucha prensa y estaban los paparazzi humeando entre la concurrencia.

-Johnson será de la primera que lo lleve a la cama, o sea yo-, le dije haciéndole un gesto de menosprecio y la dejé con la palabra en la boca. Me alejé moviendo las caderas como un barco a la deriva haciendo eles con mis manitas. Betty se quedó refunfuñando, masticando su enfado por mi horrible desplante.

Con Betty somos enemigas de siempre, desde la universidad. Las dos estudiamos derecho en el afán de convertirnos en abogadas y desde entonces nos peleábamos por los chicos lindos de la carrera, con uñas y dientes. Competíamos para ser la jefa de porristas y también la reina de la facultad en una lucha fratricida y sin cuartel. Lo chistoso que ninguna de las dos ejerció la abogacía y ambas heredamos los imperios de nuestros padres, casi en simultáneo. Primero Betty y luego yo y entonces se agravó la guerra. Ya no era un chico lindo, una tiara de reina de belleza o comandar a las porristas, ahora era por ser la más lista en el mundo de los negocios, las inversiones, las licitaciones y las financieras.

-Betty es una perra malnacida-, chirrié los dientes, sabiéndome desplazada por Taylor en mis afanas de acostarme con Johnson. El embajador de Hungría me escuchó. -No debería renegar, Heather-, me pidió, alcanzándome una copa de brandi, pero yo no estaba de humor para hablar de mis desencantos e iras, simplemente me di vuelta y lo dejé al embajador desairado con la copa en la mano. Me marché alzando mi naricita, muy enojada y malhumorada de haber perdido la pulseada con Betty por el amor de Johnson.

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