Guerra de millonarias/C2 Capítulo 2
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C2 Capítulo 2

Ahmed Malafal gozaba y deliraba entre los brazos de Betty, disfrutando de sus besos y caricias, incendiándose en el delicioso fuego que brotaba de la piel lozana, tersa y divina además de la de su infinidad de encantos de ella, que la hacían maravillosa y pletórica de sensualidad, provocativa y sugestiva. Betty era demasiado hermosa y sexy a la vez, derrochando mucha feminidad en sus curvas perfectas, en su sonrisa tan dulce y larga, su naricita pequeña y sus ojitos radiantes y divertidos, tiernos y mágicos, hipnóticos y en todos los rincones de su maravilloso, apetecible y provocativo ser.

Malafal besaba apasionado a Betty Taylor, transformado en una enorme antorcha que la calcinaba a ella y lo volvía cenizas a él, entregados a la pasión y a la emoción en esos delirantes momentos de intimidad bajo los edredones, devorando sus carnes desnudas. El fuego chisporroteaba en los poros de los dos, vueltos en lanzallamas quemándose, mutuamente entre tantos besos que se prodigaban encantados y entregados, rendidos por completo, queriendo hacer eterno el momento.

Malafal navegaba en ese oasis mágico que era el cuerpo de Betty, de aguas cristalinas que lo embriagaban y lo sumían en un repentino delirio. Ella y sus curvas, su proverbial magia, sus divinidades, sus divinos encantos, lo hacían a él más y más viril y vehemente queriendo llegar y conquistar los abismos más profundos de Betty y colonizar hasta el último rincón de sus intensas fronteras.

Él estaba enamorado de Betty, la idolatraba, la veneraba y la tenía en el más alto pedestal de sus deseos. Ella era perfecta. La soñaba, la ansiaba y pensaba, incluso en vivir eternamente a su lado aunque era imposible, pero a él no le importaba. Para Malafal el momento no tenía fin.

Betty en realidad era un juguete en los brazos de Malafal. Ella se dejaba acariciar, besar, explorar y conquistar porque se sentía demasiado sensible al fuego intenso de su ocasional amante, sujeta a sus deseos y estremecida, gozosa, por el afán tan sutil pero varonil de Ahmed avasallándola y dejándola inerme, a merced de las ansias y afanes de ese hombre. A Betty, sin embargo, le encantaba que él fuera así, arriesgado, aventurado y muy viril marchando presto por sus campos de montañas empinadas y valles intrínsecos, llegando hasta sus íntimas profundidades, donde estaban los tesoros más preciados de ella,, estremeciéndola y provocándole toda suerte de descargas eléctricas remeciendo su apetitoso ser.

Malafal la hizo suya muchas veces, después de conquistar toda la exuberancia de su cuerpo repleto de fantasías, de grandes curvas, pronunciados acantilados y valles y desiertos y la devoró como un lobo hambriento, mordisqueando con afán y encono su piel tersa, Siempre quedaba maravillado después de arribar a esos recónditos rincones de la sensualidad de Betty, con mucho romance, cautivado de ella y de sus encantos. Betty suspiraba agradecida y conmovida, rendida a él, entregada en realidad, luego de encender e incendiar sus deseos profundos, cuando Malafal alcanzaba sus vacíos inundando sus entrañas con sus torrentes de pasión, igual a tórridas cascadas que invadían todo el ser de Betty, haciéndola sentir más sexy y sensual que nunca.

Malafal se apoderó de toda la feminidad de Betty, de sus encantos, de su gemidos, sus sollozos y sus gritos, de la locura que le produjo cuando llegó hasta esas profundidades ignotas pero deliciosas de su feminidad. Ella parpadeaba extasiada, estremecida y conmovida, sintiéndolo llegar hasta sus interiores más preciados, y navegaba en las nubes junto a las estrellas, eclipsada por completo. Al final Betty quedó rendida, extasiada, exánime tendida en la cama, con sus crines alborotados. Él ya había dejado las huellas de su pasión en sus muslos, sus nalgas, sus senos, en todo su ser y también había sucumbido al éxtasis, duchado en sudor, jadeando y respirando con dificultad.

-¿Cerramos trato? ¿Air Fire ahora es mío?-, preguntó entonces Betty, echando humo de las narices, paladeando aún la candela que incendiaba sus entrañas.

-Tú sí que sabes convencer, Betty-, dijo Malafal sin fuerzas, riendo y atronando en esa noche callada que había hecho suya a Betty Taylor.

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