C3 Capítulo 3
Brandon, mi contador, me llamó a mi móvil alarmado chillando enloquecido. -Perdimos la compra de Air Fire, señorita Bogart-, me dijo alterado y sumido en el pánico. Yo quería comprar Air Fire hacía tiempo. era una línea apetecible, contaba con una flota de aviones de primerísima calidad, gozaba de muchísima demanda mundial, era una empresa sólida y carismática, con mucha aceptación y credibilidad en todo el planeta. Me demoró mucho tiempo en convencer a Ahmed Malafal para que me venda sus acciones y convertirme en la dueña de esa compañía aérea. Mafalal sin embargo se hacía el remolón, el interesante, quería hacerme sufrir y se reía de mi insistencia. -No te llevarás mis avioncitos tan fácilmente, mujer-, me decía riéndose, haciéndome, en efecto, sufrir, disfrutando de mi desesperación por comprar Aire Fire.
Finalmente luego de un millón de almuerzos, otros tantos desayunos, encontrándonos en el palco de propietarios del hipódromo o en las carreras de Fórmula Uno donde mi escudería Bogart siempre le ganaba a los bólidos de Ahmed, logré convencerlo. -Está bien, guapa, mis aviones son tuyos.-, me dijo Malafal riéndose asintiendo con la cabeza.
Hice una gran fiesta en mi hotel, con miles de invitados, muchos tragos, comida en abundancia y la mejor orquesta del mundo. Bailé y tomé tanto que dormí tres días seguidos en mi suite, rendida pero feliz y dichosa de al fin haber podido comprar esa dichosa línea aérea.
Ahora Brandon me decía que habíamos perdido la compra de Air Fire. Primero pensé que era una broma. -No estoy de humor para reírme, Brandon-, me molesté con mi contador.
-Air Fire fue comprado por Betty Taylor-, me insistió Brandon sin dejar de chillar idéntico a un adolescente.
No les miento. Mi sangre se congeló por completo en los tubos de mis venas, mi quijada se cayó de la cara, desorbité los ojos, empalidecí y mis pelos se erizaron igual que las púas de un puerco espín. Mi corazón dejó de latir y en esos instantes me sentí muy tonta, la más boba del mundo.
Enfurecida llamé a Malafal. -Me has traicionado, malnacido, vendiste Air Fire a Taylor-, le increpé indignada.
-No pude resistirme, Heather ¿sabías que Betty tiene el tatuaje de una mariposa en una nalga? Eso me rindió definitivamente-, me contó él muy orondo, igual como si hubiera consumado una gran hazaña sin parangón en el mundo.
-¡¡¡Mariposas vas a ver cuando se rompa la cabeza, malnacido!!!-, le grité furiosa y lo colgué, luego indignada y presa de la furia lancé mi celular a la pared, haciéndolo reventar en un millón de pedazos. Cristina, mi secretaria, entró alarmada a mi oficina. -¿Está bien, señorita Bogart?-, estaba ella pálida y lívida a la vez por el escándalo.
-No, no estoy bien, Malafal me traicionó, ese malnacido vendió Air Fire a Taylor-, arrugué mi naricita.
Cristina sabía de mi interés por Air Fire. -¿Betty Taylor?-, balbuceó desconcertada.
-Esa perra está obstinada en arruinarme-, me quejé muy furiosa. Nunca me gustó perder en los negocios, menos contra esa mujer que siempre se alucinó la más bella del mundo.
Mi rivalidad con Taylor es de muchos años atrás, cuando estábamos en la universidad y competíamos por ser la reina de la facultad de medicina. Betty no tenía reparos en flirtear coquetear y acostarse con los jueces para conseguir la mayor puntuación sobre mí. En realidad no lo necesitaba porque ella es muy hermosa, curvilínea, de grandes pechos y nalgas enormes, pero Betty siempre me temía. Yo sacaba las mejores notas, era una alumna aplicada y también súper bella y bien pincelada, con muchas curvas y redondeces para deleite de los hombres. Betty eternamente tuvo ese complejo de inferioridad conmigo, me sabía más capaz y linda que ella y por eso no dudaba en usar sus encantos para ganar y derrotarme.
Betty no toleraba que yo no le ganara en nada. Yo era la mejor en atletismo pero ella me superaba en gimnasia y en el fútbol, pero yo la superaba siempre en las notas. Taylor no era ducha en las materias, tenía déficit de atención y era muy propensa a los juegos, los coqueteos y las fiestas antes que los libros. A mí me encantaba estudiar y por eso sacaba buenas notas y eso le hacía revolver el hígado a Betty atragantada por la ira, la cólera y la envidia.
Yo me iba a recibir de pediatra y ella de neumóloga. Allí empezó la guerra entre nosotras. Mi papá me compró la clínica Harrison para que pudiera desarrollarme en esa área de la medicina y el padre de Betty, para no ser menos y complacer los caprichos de su hijita, adquirió el hospital Ferguson y así, comenzamos a rivalizar por ser mejor, arranchándonos, literalmente, a los médicos más cotizados y con mayores pergaminos del país, pagando contratos millonarios en nuestros afanes de contar con los mejores cuadros del mundo. Pero de la misma forma que competíamos, hacíamos verdaderas fortunas, tanto que de pronto nos volvimos en súper millonarias, casi en un abrir y cerrar de ojos. Yo heredé, luego, el imperio de papá y Betty se hizo cargo de los negocios de su padre. Entonces la competencia se hizo tal que si yo compraba un astillero, Taylor hacía contratos para hacer submarinos, si yo inauguraba centros comerciales, ella abría restaurantes y locales de comida rápida en todo el país y si yo tenía mi propio estadio de fútbol, ella compraba a los dos mejores equipos del país prohibiéndoles jugar en mi cancha. La guerra entre nosotras era literalmente a muerte.