Guerra de millonarias/C5 Capítulo 5
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C5 Capítulo 5

Wenceslao cayó muy fácil en mis redes. Él en realidad era un mujeriego y eso no lo sabía Betty. Su enamorado se acostaba con mujeres casadas hartadas de sus esposos o decepcionadas de ellos, actrices renombradas queriendo desquitarse de malas rachas y empresarias necesitadas de pasión y de cariño, de amor y calor. Wenceslao se aprovechaba de esas féminas para sus pasiones y él pensaba que yo era una de ellas. No me conocía, no sabía quién era, no le interesaba saber si yo era una de las mujeres más millonarias del mundo porque él estaba seguro que yo lo buscaba a él porque quería reivindicar mi orgullo en la cama por alguna decepción o frustración o la falta de cariño de un hombre.

Wenceslao, en realidad, estaba entusiasmado de tenerme a su merced. Hicimos el amor casi de inmediato en un hotel escondido al oeste de la ciudad. Él se convirtió en un ciclón que arrasó conmigo sin darme ocasión ni siquiera de respirar. Apenas entramos a la suite de ese hospedaje, me jaló del brazo y empezó a besarme con pasión y embeleso, haciéndome suspirar eclipsada por su vehemencia. Mis pechos se irguieron como montañas y sentí los fuegos desatarse en mis entrañas. Alcé la rodilla excitada mientras él llevaba sus manos hacia mis posaderas que tanto le habían gustado desde que me vio. Él comprobó no solo sus redondeces tan exquisitas sino también su lozanía y firmeza que lo maravillaban e hipnotizaban.

Él no lo sabía, pero yo estaba grabando las imágenes de lo que hacíamos con mi móvil prendida y escondida en mi cartera, en especial todos los momentos que él me hacía suya y que yo camuflaba con gemidos, sollozos, intensos jadeos que él ni siquiera reparaba en nada porque estaba demasiado enfervorizado conquistando mis entrañas.

Wenceslao me arranchó la ropa, haciéndolo volar por los aires, dejándome en sostén, calzón, pantimedias y mis zapatos puestos. Quedé, entonces, completamente inerme, entregada, sin defensa alguna.

Wenceslao me cargó y sin dejar de besarme me llevó hasta la cama donde dimos rienda suelta a toda nuestra emoción. Yo empecé a acariciar su magnífico pecho, repleto de vellos y eso prendió más fuegos en mis intimidades hasta convertirme en una gran antorcha, incendiándome por completo.

Con mucho apuro y desenfreno, él se quitó la ropa. Ufff Wenceslao estaba delicioso, con sus bíceps enormes, la infinidad de músculos que adornaban su bien pincelado cuerpo, sus brazos grandes y enormes y sus piernas fuertes y macizas como troncos de árboles. Quedé extasiada mirando y admirando la estupenda anatomía del amante de Betty, un verdadero macho cavernícola, queriendo hacerme suya.

Wenceslao me arrancó mis prendas íntimas y desgarró con mucha furia y descontrol mis pantimedias. El tipo ese estaba demasiado impetuoso e iracundo lo único que quería era besarme, acariciarme y disfrutar de mis encantos que aparecían frente a sus ojos, como un manjar exquisito, sensual y erótico. Toda mi costosa lencería estaba ya desperdigada en el suelo, hecha trizas, producto de la irrefrenable vehemencia de Wenceslao.

Cuando él invadió mis profundidades, hecho una locomotora avanzando a todo vapor hacia lo más profundo de mi ser, grité estremecida y hundí mis uñas en su espalda, aferrándome a él enloquecida de tanta emoción y pasión. No podía contenerme, en realidad, incluso le abrí surcos en su espalda y garabateé su cuerpo con mis uñotas, dejándome llevar por el descontrol del momento, sintiendo la virilidad de Wenceslao avanzando sin frenos hacia lo más lejano de mis profundidades, deslizándose a parajes que yo ni siquiera conocía y que me producían más y más placer.

Wenceslao estaba iracundo ya les digo porque yo derrochaba sensualidad por doquier, dejando desbordar mi feminidad y eso lo había vuelto un lobo hambriento degustando a su presa con deleite y placer.

Wenceslao me dominó por completo, me eclipsó tanto que lo único que yo hacía era gemir y sollozar, mientras el fuego chisporroteaba por todos mis poros y exhalaba muchísimo humo, víctima del desenfreno que él me provocaba, estremecida, sufriendo continuas descargas de electricidad mientras él conquistaba mis entrañas, arribando hasta los límites más distantes de mi ser.

Cuando Wenceslao llegó a la frontera final de mi feminidad, aullé extasiada y excitada, parpadeando muchas veces y mi corazón se hizo una fiesta rebotando impetuoso en mi busto, disfrutando también del inmenso placer de ser enteramente suya de Wenceslao. En ese instante me sentí la mujer más sexy del mundo entero.

Rendida, entregada, hecha suya, quedé sin fuerzas, extenuada, exánime y sudorosa, con mi cabeza colgando en mis hombros, parpadeando sin cesar, con mis pelos arranchados por la emoción del momento, mordiendo impetuosa mis labios, vencida por la excitación de esa inolvidable faena romántica. Quedé en el limbo, extraviada en el delirio total.

Caí y quedé regada en la cama como una piltrafa, completamente vencida, dibujando una equis sobre los edredones, exhalando fuego, convertida en un montón de carbón humeante, después de haber quedado chamuscada por mis propias llamas.

Wenceslao siguió taladrando mis entrañas, pero todo era inútil, porque yo ya no tenía fuerzas para nada, siquiera para gemir o sollozar, simplemente estaba a su merced hecha una títere, desparramada en la cama, con mis pelos desechos y mi corazón alborotado, duchada en sudor.

Los dos quedamos dormidos, no sé cuántas horas. Al levantarme vi a Wenceslao roncando igual a un paquidermo. Después de ducharme y cambiarme, le envié a Betty todos los videos que hice soterradamente con mi móvil entregada a Wenceslao, todas las escenas sin excepción, incluso las más atrevidas donde se me veía con los ojos desorbitados, sucumbida en el limbo. Luego tomé mis botas y me fui de puntitas, sin despertar a Wenceslao.

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