Guerra de millonarias/C6 Capítulo 6
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C6 Capítulo 6

-¡¡¡Cómo te atreves a acostarte con esa perra!!! ¡¡¡Eres un mal nacido!!! ¡¡¡Un traidor!!!-, los alaridos de Betty retumbaban la casa de Wenceslao. Él estaba absorto, pasmado y ensimismado, sin respuestas, viendo los selfies que tomó Heather Bogart haciendo el amor juntos, muy acaramelados y excitados. Jamás Betty hubiera pensado ni imaginado tamaña traición, en cambio Wenceslao estaba desconcertado, lelo y sin reacción, parpadeando absorto.

-¡¡¡Te dejaste seducir por esa perra!!! ¡¡¡Me has traicionado!!! ¡¡¡Te entregaste a esa mujerzuela olvidándote lo mucho que te amo!!!-, Betty daba bufidos estruendosos, igual a grandes truenos haciendo tintinear ventanas y candelabros y remeciendo las puertas y aparadores de la casa.

Wenceslao intentó decir algo pero no pudo. Un furibundo puñetazo se estrelló en medio de su nariz. ¡¡¡¡Craaaaackkkkk!!!! se escuchó también igual al estallido de una granada. Wenceslao se derrumbó cuan largo era, cayendo de bruces sobre la alfombra, manando abundante sangre. Betty echaba humo de los oídos, tenía los ojos incendiados y jadeaba y soplaba su ira.

-Eres un mal nacido, eso es lo que eres-, dijo ella y se fue de la casa, meneando las caderas, con su naricita alzada, campaneando sus pelos y ¡pum! dio un portazo echando abajo los cuadros de grandes artistas que adornaban el pasadizo de la residencia Wilkins mientras Wenceslao trataba de incorporarse bañado, literalmente, en sangre.

*****

Wenceslao me llamó y me dijo -perra malnacida-, y me colgó. Era lo que yo esperaba, en realidad. Yo le había tendido una trampa, él había caído muy fácil, acostumbrado a tener siempre mujeres rendidas a sus pies, dóciles y sumisas a su encanto, desesperadas, en realidad, huérfanas de cariño, pero lo mío había sido premeditado. Yo le había tendido una trampa a mi enemiga, queriendo hacerla sufrir y usé al tonto de Wenceslao. No le presté importancia a su llamada y simplemente me reí, imaginando a Betty frustrada, sufriendo, llorando en su alcoba. Eso me bastaba para sentirme complacida y satisfecha de mi felonía.

Wenceslao dejó de aparecer en los diarios y en el internet. El tipo se hizo humo, después de la seria lesión que le produjo Betty, haciéndole añicos la nariz. Dejó de ser noticia en los portales del jet set y nadie supo más de él. Mi desquite me había resultado perfecto.

*****

Decidí comprar una línea de cruceros que estaba en quiebra. Me resultó una ganga. La empresa en ruinas contaba con una flota de seis trasatlánticos en buen estado. Mantuve a todo el personal que pensaba renunciar debido a la difícil situación de la empresa. Un mes después, y gracias a una vigorosa inversión, los cruceros eran un gran éxito con salidas al Caribe, Miami y Sudamérica. Mi idea era, sin embargo, dar la vuelta al mundo. Organizar paseos turísticos por los siete mares. Y para eso necesitábamos un nuevo barco gigantesco que colme los sueños de los turistas.

Mis astilleros echaron a trabajar de inmediato para colmar mi aspiración, laborando sin descanso día y noche. -Es una locura, jamás podremos hacer un barco tan grande-, me reclamó Brandon pero yo estaba decidida a convertirme en la reina de los mares, je je je.

Un mes después el barco ya estaba listo. Esa misma tarde fui a bautizar el nuevo crucero, el más grande del mundo, que surcaría todos los mares del planeta de un extremo a otro. Le puse, obviamente, Rey de los mares, no solo por lo que yo quería sino porque además era enorme, lujoso, de siete pisos, una verdadera ciudad sobre el agua. Fueron muchísimos periodistas al bautizo del gigante, incluso de todo el globo terráqueo, porque el barco era una maravilla, impresionante de proa a popa. También estuvieron todas las autoridades del país.

La ceremonia fue sencilla pero emotiva, hubo tragos, comida, fiesta a bordo y se estrenaron además la infinidad de tiendas que habían en los edificios, las salas de juego, los casinos, los salones de entretenimiento y las pistas de baile, me tomaron muchísimas fotos y me hicieron infinidad de videos. Yo estaba encantada con toda esa fiesta que se hizo en las instalaciones de mi nuevo crucero, incluso ya teníamos vendidos pasajes para tres años completos.

Y fue entonces que se escuché un disparo en una de las cubiertas. Yo estaba viendo las suites que se multiplicaban en cada piso, a todo lujo, alfombrados, con jacuzzi, oficinas, bar y candelabros elegantes. Casi nadie escuchó el balazo porque la bulla de la orquesta exclusiva que contratamos era tal que reventaba los tímpanos.

-¿Fue un balazo?-, le pregunté a Ronald, mi seguridad personal, pendiente de lo que habría pasado porque él estaba a cargo de mi custodia. Yo era su responsabilidad.

-Sí, señorita Bogart, parece que fue en la cubierta-, desenfundó su pistola mi seguridad.

Al rato vino a toda prisa uno de los agentes de vigilancia del barco. -Un hombre se voló la cabeza, señorita Bogart-, reveló alarmado.

Fuimos de prisa hasta la cubierta y luego de abrirnos paso entre los curiosos y la seguridad, lo vi al tipo que estaba tumbado sobre el piso, en un gran charco de sangre, con la nariz parchada, el rostro completamente vendado y la sien perforada por el disparo. En una mano tenía el revólver con la que se había volado la tapa de los sesos y en la otra una hoja de papel. El tipo estaba destrozado e irreconocible, era grandote y musculoso, igual a un boxeador y estaba vestido muy elegante, con frac.

Ronald se inclinó, se puso guantes quirúrgicos y tomó el papel con mucho cuidado. -¿Qué es lo que dice?-, me interesé abanicando mis ojos. A mí me parecía haber visto antes al finado, se me hacía bastante conocido, además.

-La nota solo dice "perra malnacida", señorita Bogart-, me dijo, entonces, Ronald sin entender el mensaje, mirándome desconcertado. Y fue entonces que reconocí al suicida que se había disparado en la cabeza. -Rayos.-, fue lo único que se me ocurrió decir.

Era Wenceslao Wilkins.

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