C5 Capitulo 5
Caminó a su habitación ahora vacía con tres sirvientes por detrás, su consejero principal que era el beta anteriormente mencionado y dos sirvientes comunes. Salió en dirección a las escaleras, llegando al piso de abajo alejándose del hall llegando al pasillo del frente, encontrando a dos elegantes hombres robustos esperando por él, quienes lucían complacidos al verle, girándose a él para hacer una profunda reverencia de 40°.
—Buenas tardes príncipe, luce muy bien el día de hoy —le comentó uno de ellos con una sonrisa ensayada y la cabeza un poco inclinada, nunca viéndolo a los ojos.
—Muchas gracias, ¿Esperaron mucho? —preguntó intercambiando miradas entre ambos.
—Para nada, su alteza siempre es muy puntual, muchas gracias por recibirnos.
Dio una mirada de soslayo a su consejero junto a él, intercambiando miradas y dándole una sonrisa socarrona.
—Entonces pasemos, señores —levantó su mano con la palma hacia arriba en dirección a la puerta.
Pero el fue el primero en pasar ya que nadie que no tuviera un rango superior al suyo podía caminar delante de él, dándole la espalda.
Se adentraron a la habitación, los hombres sentándose en un mismo sillón y él en el contrario.
—Muy bien, comencemos.
«—»
Con la luz de la hora dorada que venía de las ventanas, iluminando la habitación, el príncipe dio un sorbo a su taza de té, no apartando la mirada del horizonte.
Podía escuchar a los embajadores del reino de la magia negra tener una conversación trivial, ambos bebiendo té y comiendo dulces por montón, ya podía hacerse una idea del porque sus ostentosas ropas quedaban ceñidas pese a ser tan grandes.
—Mi príncipe —le llamó uno de los hombres, dejando su taza en la mesa de café en el medio —, bien sabe que nuestros reinos siempre han tenido una buena relación, y esa relación quedó sellada con la unión y el matrimonio de sus padres hace ya más de veinte años.
"Claro, entregar al heredero, como moneda de cambio para relaciones políticas, suena a una manera honorable de hacer negocios" pensó en sus adentros, pero solo se dedicó a escuchar atentamente al otro, con una ceja arriba y la boca presionada en una línea, en estado de alerta por el rumbo que estaba tomando la conversación. Dejó su taza en la mesa.
—Nuestros reinos son uno solo, alteza, así que las acciones políticas y militares de uno afectan al otro, por ende, hay que estar unidos, y debemos tener previo conocimiento y consentimiento de lo que vaya a hacer el otro —el hombre enserió la expresión y frunció un poco las cejas —. Queríamos hablar con usted sobre esto ya que es el representante de su reino y el príncipe. Gozan de buenos tiempos, su reino es conocido como el mejor para vivir, casi no existe la pobreza y la que hay es de foráneos que con el tiempo se acoplan a su estilo de vida; son ricos en minerales, ganadería y siembra, poseen el ejército más poderoso.
—¿A dónde quiere llegar con todo esto? —inquirió de forma algo brusca por las vueltas que daba el hombre en vez de decir lo que quería de manera clara, tenían horas sentados hablando de cosas que pudieron resumir en una, pero el decoro y protocolo lo obligaban a aguantar estas reuniones innecesariamente largas.
—Pensábamos que es momento de expandirse y compartir esa riqueza con el mundo.
Un pesado silencio se hizo presente, sintió sus hombros tensarse, su ceño fruncirse.
Casi podía cortar la tensión que se formó en la habitación por las palabras recién pronunciadas de parte del hombre.
—¿Qué está diciendo? —le preguntó en un murmuro apenas audible gracias a su mandíbula tensa.
— Estamos proponiendo construir un imperio, alteza —el otro hombre a su lado que pasó la mayor parte de la reunión callado, solo haciendo pequeñas acotaciones y soltando risas fue el que habló.
—¿Sabes lo que estás diciendo? ¿Sabes lo que conlleva tomar tierras ajenas de esa forma, como si fuéramos unos bárbaros? —cuestionó con un firme tono de voz que dejaba en evidencia su descontento con lo comentado por los otros.
—Por supuesto que sí, alteza, y por ello creemos que es lo correcto; sabemos que la mayoría de reinos se unirían a ustedes de forma voluntaria por lo poderosos que son y para evitar que lo tomen por la fuerza, por ende, no habría heridos —el hombre respondía con la mirada fija en el pecho del alfa.
—Entonces sugieres que utilicemos el miedo para formar ese imperio, fascinante —dijo con un deje sarcástico y una sonrisa falsa en su rostro, se levantó de su asiento —. No quiero volver a escuchar esto, son libres de presentar su propuesta a los reyes, pero les sugeriría que no lo hicieran si quieren mantener sus cabezas unidas al resto de su cuerpo y la buena relación que llevamos, con permiso.
Se retiró de la habitación a paso apresurado, con todo el cuerpo tenso y su olor dejando en evidencia su mal humor para aquellos que circulaban por el palacio, haciendo que sus sirvientes y consejero se alejaran de él en vez de seguirlo.
Si tan solo su padre escuchara lo que esos hombres dijeron, enloquecería, quemaría sus palacios y exhibiría sus cabezas en la entrada como advertencia para cualquiera que osara mencionar tal blasfemia.
Bajó hasta el primer piso y caminó por los pasillos hasta llegar a los jardines traseros, todo cubierto por césped bajo, arbustos, rosales y flores por montón.
Caminó varios kilómetros hasta salir de los jardines y llegar a los grandes establos, pidió al capataz que alistara su caballo, el cual estuvo listo unos minutos después.
Se subió sobre el hermoso caballo negro, sujetándose y afianzando bien los pies para comenzar a correr.
Estuvo cabalgando por una hora más o menos, olvidando su mal humor y lo que aconteció durante el día al conectar con la naturaleza. Se detuvo un momento en la colina de una montaña, para observar el paisaje.
El cielo se encontraba de un profundo azul con unos tonos más claros en el horizonte. Justo cuando el último rayo de sol brilló emprendió el camino de vuelta al palacio.
Al llegar, su fiel consejero esperaba por él en la entrada del amplio establo.
Bajó de su caballo y lo guío hacía el interior del establo, dejándolo en manos del capataz ya que no llevaba a ropa adecuada para desmontarlo y atenderlo.
—¿Por qué salió de esa manera de la reunión, mi príncipe? —le preguntó el beta que caminaba tranquilamente a su lado en dirección al palacio.
—Los embajadores sugirieron que nos expandiéramos —le respondió tranquilamente con ambas manos tras su espalda.
El beta solo subió las cejas y mantuvo la mirada en el camino.
—Por supuesto me alteré y les dije que olvidaran esa idea. Mi madre declinaría calmadamente pero mi padre se alteraría mucho, y si proponen aquello ante su majestad por más que les dijera que no, se encargará de regañarme por no tomar medidas extremas, sabes como es.
Al llegar a los jardines se acercó a un rosal a observar las blancas rosas en él.
—Debería hacer lo que sabe que harían los reyes entonces, recuerde que tomará el trono en muy poco tiempo —dijo el hombre mientras lo observaba delinear el contorno de un pétalo.
—Tal vez, pero me vería demasiado extremista a ojos del pueblo y la opinión pública ya que no he asumido.
—Pero si no, será visto como débil por sus padres, entiendo.
—Solo puedo esperar a que olviden todo este tema, no quiero verme envuelto en este tipo de cosas por ahora.
Se adentraron al palacio, subieron las escaleras, llegando al tercer piso, cruzaron pasillos y llegaron a la habitación del príncipe.
—Estoy muy estresado, pide que me preparen un té para relajarme, por favor —pidió mientras se sentaba en el escritorio junto al balcón y masajeaba su nuca.
—Como desee, alteza— el hombre en vez de retirarse se acercó a él —. Hoy es viernes, por lo que, traeré un omega para usted, ayer llegaron nuevos omegas.
—Perfecto, justo lo que necesito para relajarme —una sonrisa pícara se extendió por su rostro y se recostó en el espaldar de la silla.
—¿Ya ha pensado a quien desposará, alteza? —le preguntó el beta.
Perdió la sonrisa y su rostro se enserió.
—Ya sabes que no quiero darle mi marca a un omega, si tengo que casarme lo haré, no me interesa quien sea, pero no pienso marcarlo.
—Pero son las tradiciones, príncipe. Debería hacerlo ya que ese omega tendrá su descendencia y estar encinta sin una marca es peligroso. Además, debería dejar sus aventuras con bailarinas y guardias, para algo tiene a su harem para complacerlo.
—Haz lo que te dije, no menciones de nuevo ese tema, ya veré qué hacer.