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C2 1

La luz hoy parecía más brillante de lo normal.

Apoyada en su bastón, Samantha Jones se desplazaba a paso lento por una calle cualquiera rumbo a su pequeño apartamento, donde vivía hacía ya incontables años.

Sí, la luz estaba más brillante de lo normal, a pesar de que el sol ya se estaba poniendo al fin, luego de una larga tarde de verano… O tal vez era que sus ojos ancianos ya no resistían tanta luz. Samantha ya tenía setenta y nueve años.

Miró hacia el cielo las escasas nubes con una media sonrisa pintada en el rostro. Amaba los días soleados, y afortunadamente, de esos había muchos en San Francisco.

Siguió andando por la empinada calle, con las pocas fuerzas que ya le quedaban a sus piernas, aunque siempre se ufanaba de decir que aún era muy vital para su edad. En el camino, la saludó Higgs, el anciano vendedor de libros que tenía su negocio casi sobre la calzada y vendía enciclopedias. No faltó la queja por las malas ventas.

—El internet lo arruinó todo –le dijo—. Los jóvenes de hoy en día ya no quieren leer en libros.

—Ya pronto volverán –lo animó Samantha, con voz tranquila, y encaminándose a la puerta de entrada de su edificio.

—Se quedarán todos ciegos –vaticinó Higgs—. Por estar pegados a esas pantallas, se van a quedar todos ciegos.

Con una sonrisa, y sin agregar nada más, Samantha se alejó. Las cosas no mejorarían, y ella ya lo sabía; el mundo era cada vez más extraño e incomprensible. Los jóvenes cada vez más indistintos, y a la vez, tan diferentes entre sí. Las modas corrían de manera más rápida, los hallazgos, los descubrimientos, las tecnologías… ella tenía un teléfono celular que apenas servía para el propósito de hacer y recibir llamadas, y estaba obsoleta, pues habían salido los llamados SmartPhones que al parecer le solucionaban la vida al que lo poseyera, y no se diga del internet, la televisión, la música…

El mundo se movía a velocidades cada vez más vertiginosas y se hacía más y más incomprensible. Lo que no entendía era por qué, si todo aquello le facilitaba la vida al hombre, cada vez había más niños abandonados, más familias rotas, más mujeres solas…

Bueno, ya en su época las había, y ella era una, si tenía que ser sincera.

—Hola, Sam –saludó Brenda al salir del viejo ascensor. Era una mujer de pasados cuarenta, de piel oscura y labios rojos, con ojos almendrados característicos de su raza y una sonrisa que ella sabía era sincera. Eran vecinas desde hacía mucho tiempo.

—Hola, Brenda. ¿Mucho trabajo hoy?

—Ah, lo de siempre –contestó Brenda, que trabajaba de dependienta en un autoservicio, y con su sueldo ayudaba en los gastos de su casa, que su marido ebrio no alcanzaba a cubrir—. ¿Vienes de la escuela?

—Sí, como todas las tardes—. Respondió Sam internándose ella en el ascensor y presionando el botón que la llevaría al piso cuatro.

—Siempre me pregunto de dónde sacas tanta energía –se admiró Brenda, y la misma pregunta se hacían todos. ¿Cómo una anciana de su edad podía hacer tantas cosas en un solo día?; se levantaba a las cinco de la mañana, se preparaba su desayuno, y a eso de las seis salía rumbo al Hospital General de San Francisco, donde hacía de voluntaria en el pabellón de los niños con cáncer. Allí les leía cuentos, les contaba historias, les ayudaba o convencía para que se tomaran sus medicinas, y en algunas ocasiones, se hacía pasar por la abuela que aquel niño ya no tenía.

Hacia el mediodía, luego de un magro almuerzo ofrecido por el mismo hospital, se encaminaba a las clases donde enseñaba inglés a inmigrantes, teniendo muchas veces que hacer doble turno y quedarse también en la noche para, al final del día, volver a casa, alzar un poco sus cansados pies, escuchar a Edith Piaf en su pequeño y anticuado equipo de sonido y continuar con la lectura de la novela que en el momento estuviera llevando.

Y así se pasaban los días uno a uno.

No podía decir qué era lo que normalmente hacía una mujer de su edad, pues no conocía muchas. Sus amigas eran mucho más jóvenes, mujeres de sesenta, o que apenas si rozaban los setenta, y la mayoría tenían sus familias numerosas a las que dedicarles su tiempo o, aquellas que tenían menos suerte, estaban recluidas en asilos y centros geriátricos. Por eso acercarse tanto a los ochenta la hacía sentir a veces solitaria, egoísta, como si le estuviera robando los años de vida a otra persona.

Pero esa era y había sido su vida desde siempre.

Llegó al piso cuatro, y antes de entrar a su pequeño apartamento, escuchó el llanto de Nicolle, la bebé de apenas un año que vivía en la puerta de al frente. Se giró y tocó un par de veces en la de su vecina. Nicolle ahora berreaba con toda su garganta.

—Ay, Dios, Sam. Gracias al cielo que eres tú –fue lo primero que dijo Tess, una mujer joven, pero con aspecto cansado, muy delgada, con la ropa un poco sucia y muy poco arreglada; la madre de Nicolle. Samantha no dijo nada, simplemente extendió los brazos en los que se precipitó la niña, se aferró a su cuello y, milagrosamente, se quedó callada. Ahora sólo hipaba y gimoteaba lastimeramente, así que sin mirar mucho a Tess, Samantha empezó a masajear su espalda y a cantarle:

En las calles de San Juan

dicen que hay un callejón

y un caballo de cristal

que te lleva a donde Dios

—¿Señor caballo podría usted

llevarme a donde Dios?

—Un buen niño has de ser

Y orar de corazón.

Tess sonrió maravillada cuando vio que Nicolle se había quedado dormida casi inmediatamente, aunque no era ni por asomo la primera vez que aquello sucedía. Desde que naciera, había desarrollado el vicio de llorar y llorar hasta que venía Samantha, la tomaba en sus brazos y le cantaba aquella canción que al parecer había compuesto ella misma. Se la había aprendido para cantársela a la niña en esas noches que simplemente le daba vergüenza importunar a la anciana, pero no daba resultado; Nicolle simplemente comprendía que ella no era Sam y no dejaba de llorar.

—Dios te bendiga, Sam… eres…

—Nah, me encanta dormirla.

—Sólo espero que crezca y deje sus malos hábitos –le dijo sonriendo y disculpándose al tiempo.

— ¿Para qué? –le reprochó Samantha con ojos chispeantes—. ¿Para que, cuando sea una adolescente, desees que vuelva a ser una bebé, cuando todo era más fácil?

—Seguro que yo no diré eso… no hay época fácil para una madre soltera.

Samantha la miró y respiró profundo. Era verdad. Tess podía llamarse a sí misma madre soltera, dado que August se había largado mucho antes del nacimiento de Nicolle, y la había dejado con dos niños y un embarazo avanzado para que se las arreglara como pudiera. En muchas ocasiones Sam le había dado parte de su pensión para que lograra llegar a fin de mes, sobre todo cuando uno de los niños enfermaba y había que hospitalizarlo y comprar drogas. Tess la compensaba siendo su amiga, cuidándola cuando se enfermaba ella, y siendo el ser humano más próximo.

Caminó por la estrecha sala, idéntica a la suya, con la niña sobre su pecho, que ya se iba quedando dormida. De repente, sintió un leve dolor en el brazo, pero se lo achacó al peso de Nicolle.

— ¿Y cómo fue tu día? –Le preguntó Tess internándose en la cocina. Samantha se sentó en uno de los desgastados sofás. Kyle y Rori, dos niños entre los cinco y tres años, se le sentaron a cada lado muy tranquilamente y le hablaban de su día, indiferentes a si ella les contestaba o no.

—Un poco difícil –le contestó Samantha a Tess—. Hoy… —miró a los niños, como pensándose si decir o no lo que había sucedido en el hospital, así que recurrió al lenguaje clave que habían desarrollado al ver que era inevitable hablar de ciertas cosas delante de ellos—. Bueno, despedimos a uno.

Tess salió de la cocina y la miró con rostro pesaroso.

—Qué pena –cuando notó que Nicolle ya estaba dormida, se apresuró a terminar lo que había empezado en la cocina, pues quería brindarle algo de cenar, y si no le ponía el plato en la mano antes de quitarle a la niña, se escabulliría, como solía hacer. Siempre le preocupaba la alimentación de la anciana, que vivía sola desde que la conoció.

Samantha sonrió sabiendo lo que pensaba Tess, y se recostó en el sofá masajeando aún la espalda de la niña. Ah… cuánto le hubiese gustado a ella haber tenido hijos. Había vivido la maternidad a través de muchas otras mujeres a lo largo de su vida, pero nunca había sido suficiente. Si hubiese tenido hijos, tal vez ahora tendría nietos, y hasta bisnietos; tenía la edad para ello.

Dejó salir el aire intentando sacudir sus pensamientos, que eran el camino perfecto para la depresión, y no quería caer en ella. Por eso mantenía la mente ocupada, por eso no dejaba espacio a la vagancia.

Tess hizo lo que siempre hacía, le puso un plato en una mano, y le quitó a Nicolle de los brazos. La niña apenas protestó un poco y volvió a quedar dormida. Samantha empezó a comer, y a ayudar a los niños con su cena mientras ellos hablaban sin parar, luego, conversó un rato con Tess acerca de mil cosas. A pesar de ser tan distantes en la edad, se podía decir que eran amigas; Tess la trataba no como a una madre, o a una abuela, sino como a una igual. Reían, contaban historias, se preocupaban la una por la otra, y lo esencial: se hacían compañía. Tess no desaprovechaba la oportunidad de hablar con otra adulta cuando tenía oportunidad, y Samantha realmente había desarrollado cariño por ella. Eran amigas.

—Ya me voy a acostar –le dijo, despidiéndose.

—Descansa, Sam. Hoy te veo más agotada que de costumbre.

—La verdad, sí me siento un poco cansada –admitió ella, masajeándose el brazo, que le volvía a doler.

—Sería raro si no, con todo lo que haces a diario –sonrió Tess. Se inclinó a ella y le besó las canas—. Duerme, preciosa.

—Nunca te quitaré el vicio de llamarme preciosa, ¿verdad?

—Para mí lo eres.

—Sí, sí. No te dejaré una gran herencia cuando me muera, lo sabes.

—No lo hago por eso, mujer tonta. Y tú no te vas a morir aún—. Samantha sonrió saliendo de la pequeña sala hacia el pasillo común. En un par de pasos, ya estaba frente a su puerta.

—Aunque, siendo serias –sonrió Samantha—, ya que no tengo herederos, te lego a ti todos mis bienes…

—Sam, cállate ya o me enojaré.

—Mi música y mis libros –insistió Samantha—, que es todo lo que tengo…

—Estás horrible hoy –murmuró Tess y desapareció tras su puerta. Samantha volvió a sonreír meneando su cabeza. Esa era su reacción siempre que le hablaba de la muerte. Pero para una mujer de setenta y nueve años, hablar de la muerte no era tan metafórico. La muerte no estaba lejana. La muerte estaba aquí.

Miró en derredor su pequeña sala, llena de estantes con libros de todo tipo, desde los clásicos universales hasta las novelas de bolsillo más baratas. Siempre le habían dicho que no tenía paladar para la literatura, pues leía de todo, y no se limitaba sólo a la llamada “buena literatura”; en su estantería había libros hasta de Corín Tellado.

Tuvo la tentación de hacer sonar “Non, Je Ne Regrette Rien ” de Edith Piaf, pero ya no era hora de escuchar música, a pesar de que apenas eran las nueve de la noche. No quería estorbar a los vecinos, así que se encaminó a la estrecha habitación donde se hallaba su pequeña cama, y se sentó en ella.

Exactamente en un mes cumpliría los ochenta años, y sabía que en el edificio sus vecinos se unirían para celebrárselos. Se reunirían en la casa de alguno y comprarían una tarta entre todos. No habría mucho jaleo, y seguramente tardara poco más de una hora mientras todos bebían alguna copa de vino barato y su porción de tarta para luego ir a sus casas como siempre; pero lo habrían hecho con cariño, sabiendo que eran la única familia de la anciana. Ella tendría que sonreírles, y fingir que había sido una vida larga y productiva, llena de aventuras y amores.

Había sido larga, pero nada más.

Quería escuchar “Non, Je Ne Regrette Rien ”.

Aunque aquello era falso; la canción decía: “No, no me arrepiento de nada”, pero ella se arrepentía de muchas cosas. Se arrepentía de haber amado tanto a un solo hombre que quedó incapacitada para amar a ninguno más, y en este preciso instante, se arrepentía de haber sido tan cobarde como para dejarlo ir, sin luchar hasta la muerte por él.

Se levantó y caminó hacia una cómoda de madera, de donde sacó una pequeña caja sombrerera que contenía fotografías, recortes de periódicos, y cartas, muchas cartas.

Entre las fotografías, buscó una que ya sus dedos tenían memorizada: la de Ralph.

Lo había conocido cuando era casi una niña y se enamoró de él inmediatamente. Habían sido los mejores amigos, jugaron juntos, hicieron juntos travesuras, y se habían dado el uno al otro su primer beso. Cuando adulto, él era realmente guapo; alto, de cabellos negros, cejas pobladas, y piel cetrina. Le quedaba bien todo lo que se pusiera, fuera una vieja camiseta de algodón que usaba para trabajar, o el uniforme de la fuerza aérea.

Habían sido los mejores amigos, y ella creyó que él también se había enamorado, hasta que llegó Cynthia y lo había encandilado con su rubia belleza.

Ahora recordó cuando, la noche antes de su boda, él fue a verla a casa de sus padres. Parecía indeciso acerca de la boda al día siguiente.

Samantha cerró sus ojos, y una lágrima rodó por sus arrugadas mejillas.

Si pudiera devolver el tiempo, le habría tomado la mano y metido en su cama. Habrían huido a alguna parte, no importa cuál. Pero no, ella había sido la niña buena que todos esperaban que fuera, y le aconsejó lo que era lo correcto: que se casara, que no la dejara plantada.

Así, entonces, había perdido a Ralph, y ella se había quedado sola para siempre.

Intentó enamorarse de nuevo, claro que sí, pero ninguno logró llegar al fondo, donde aún tenía metido los pocos besos que se había dado con él, las tardes tranquilas hablando del futuro a su lado.

A los veinte había pensado que aún tenía tiempo para sanar su corazón. A los treinta, se convenció de que aún no era demasiado tarde. A los cuarenta, miró atrás y se dio cuenta de que se había quedado solterona, y a los cincuenta, simplemente se olvidó de sí misma, de su feminidad, y perdió la batalla contra la soledad.

Lo más curioso e irrisorio de todo, lo que le avergonzaba admitir aun delante de cualquier sacerdote, es que era virgen. La mirarían con extrema compasión, y odiaba eso. Ser una solterona ya era bastante triste ante la sociedad como para además encimarle que ningún hombre había tocado su cuerpo, que la vez que vio uno desnudo, fue en el hospital, y el hombre estaba en los huesos y fuera de sus cabales.

El dolor en su brazo pareció cobrar vida propia, y se trasladó a su pecho.

¿Qué era aquello? Se puso la mano sobre su corazón, intentando hallar sus propios latidos.

¿Moriría aquí? ¿Al fin?

Aquello le hizo reír.

“Non, Je Ne Regrette Rien ”

Pero no, se arrepentía de todo.

El dolor se agudizó, y cayó sobre su cama. No tenía forma de llamar a Tess; no quería morir sola. Encontrarían su cuerpo frío y tieso al día siguiente, el edificio se conmocionaría, llegarían las autoridades a hacer preguntas, y todos sabrían que la solitaria Sam había muerto al fin, sola en su apartamento, porque ni gatos tenía, y sabrían que había fracasado en la vida.

—Por favor –murmuró, aunque no supo a quién. ¿Y para qué? ¿Qué era un día más, un día menos en su patética vida? ¿Para hacer lo mismo de siempre, subsistir?

La vida es como el agua de un río, pensó, que corre presurosa hacia el mar, y jamás volverá a su cauce…

¿Qué sabes tú? –Dijo una voz—. Existe la lluvia. ¿Sabes lo que es la lluvia? El agua del mar, que tiene la posibilidad de volver a la montaña, allá donde nació…

Los ojos de Samantha se cerraron, y un cálido aliento se escapó de entre sus labios.

—Heather, por favor, ¡¡no!! –gritó Georgina desde la puerta de la enorme mansión, corriendo a pesar de sus tacones detrás de su hija, quien se internó en el deportivo haciendo oídos sordos a los llamados de su madre—. ¡Por favor, escúchame!

— ¡Púdrete! –gritó Heather, enseñándole el dedo medio de su mano. Soltó los frenos casi al tiempo que pisaba el acelerador, y en el enorme jardín sólo se escuchó el chirrido de las llantas y la risa de Keith, el actual novio de Heather.

Georgina se detuvo en medio de la calzada del car lobby frente a su mansión y se llevó una mano a sus labios, intentando contener el llanto desesperado que pugnaba por salir. ¿Qué iba a hacer con esa muchacha? Acababan de entregarle un pequeño sobre con un polvo blanco que le habían encontrado entre sus cosas. El servicio estaba entrenado y tenía orden de denunciar cualquier comportamiento de este tipo en su hija, pero eso a ella no le importaba; siempre, de algún modo, lograba meter de contrabando las porquerías que desde adolescente consumía.

Esta noche no volvería a casa, estaba segura, y aquello empeoraba las cosas. Habían organizado una cena con Raphael Branagan, el prometido de Heather, y ella no iba a estar.

—Ay, Dios, ¿qué voy a hacer? –y lo peor era que Phillip, su esposo, le echaría toda la culpa a ella, como solía hacer. Si la relación entre Heather y Raphael no se consolidaba con el matrimonio; si por cosas de la vida Raphael decidía que Heather no era la esposa adecuada para él; si Heather no cambiaba pronto, si no enderezaba su camino y decidía por una vez en la vida hacer lo que sus padres le pedían, ella estaría en serios problemas.

Una lágrima recorrió el pálido rostro de Georgina, e inmediatamente buscó un pañuelo para secarla. Su esposo no debía ver lo atribulada que estaba, ni Raphael, cuando llegara. Tendría que hacer ella sola de anfitriona, y excusar con mil mentiras la ausencia de su hija.

— ¿Y ahora qué quería? –preguntó Keith, mirando fijamente el cabello de Heather, de un rojo encendido, y largo hasta la cintura.

—La muy maldita acabó con mis reservas. No sé cómo hizo, pero lo encontró. Mi casa no es un lugar seguro, nunca lo ha sido.

— ¿Y ahora?

—Ahora… —rezongó Heather—. Ahora busca a tu contacto y pide una nueva dosis. La necesito.

—Heather, no es tan fácil.

— Ah, ¿no? Años haciéndolo, ¿y ahora me vas a decir que no es una cosa fácil de hacer? –gritó ella con sus ojos grises más pálidos que de costumbre por la cólera. Keith hizo girar sus ojos en sus cuencas. Heather no era muy popular por su paciencia, tenía la mala costumbre de exasperarse con facilidad, y a la menor provocación, gritar y putear.

— ¡Está bien! ¡Pero ten cuidado! Has doblado la dosis, y…

— ¡Maldita, sea! ¡No eres mi puto padre! ¡Ni la puta hermana de la caridad! A buena hora vienes a hablarme de tener cuidado cuando fuiste tú mismo quien me dio la primera dosis…

— ¡Ya! Está bien, ¡te la conseguiré!

Heather aceleró el deportivo internándose en la autopista.

Aquella fue una noche como las que le gustaban. Licor, drogas, sexo, mucho sexo, y otra vez licor, y otra vez drogas.

—Ah, Oh, dioses, ¡Keith! –murmuró Heather, no desnuda del todo; llevaba las bragas de encaje negro enredada en uno de sus tacones puntilla, y Keith la penetraba con fuerza y rapidez. Heather apretaba los dientes sintiéndolo en lo profundo, pero, aun así, anhelando mucho más.

—¡¡Waaaahh!! ¡¡¡Qué escena más putamente sexy!!! –gritó Justin, entrando de repente a la habitación en la que copulaban Heather y Keith. Estos ni se inmutaron.

Detrás de Justin entró Craig, con su teléfono móvil en la mano y buscando la aplicación para hacer un video.

— ¿Un trío? –propuso Craig, y antes de terminar la pregunta, ya Justin se había desnudado. Heather extendió la mano hacia el miembro de Justin, ya erecto, mientras Keith no paraba en sus embates. De alguna manera, verla con el miembro del otro en su mano, y luego en su boca, lo excitaba más.

— ¿Por qué estás tan contenta, Heather? –preguntó Craig, sintiendo en sus pantalones una erección y tocándose. Heather era extremadamente hermosa, con su piel blanca, el cabello rojo encendido, los ojos grises, sus facciones perfectas y delicadas, y unos senos totalmente apetecibles.

—Hoy tuvo su ración de coca, a que sí –rio Justin, y los tres hombres le hicieron coro.

Heather no escuchaba nada, no entendía, no quería saber. Se sentía sublime, adorada, llena.

Luego de la sesión, a la que pasados unos minutos se unió Craig, volvió a tomar su deportivo, a deambular por la ciudad. Iba ebria de poder, dueña del mundo, y de los tres hombres que iban con ella en el coche. ¿Y si probaba a conducir de pie?

— ¡Hey!, ¿qué haces? –gritó Keith.

—Estoy… tan…

— ¿Feliz? —Ayudó Justin.

Heather lanzó un grito jubiloso y pisó el acelerador. En casa, seguramente estaba su madre inventándose mil excusas ante el estúpido de Raphael Branagan, y luego de la cena, su padre discutiría con ella por ser una pésima madre, por no haber cumplido con su labor, la única que tenía: cuidar a su hija.

Se echó a reír al imaginar el rostro compungido de Georgina, y la pose tiesa, como si tuviera un palo metido en el culo, de Phillip.

Pero cuando pensó en Raphael casi se desternilla de la risa. ¿De verdad creía ese nuevo rico que podía casarse con alguien como ella, domarla, montarla y aguantar la cabalgata? Realmente, daba asco.

Lo había visto un par de veces, la vez que le anunciaron que se casaría con él, y una vez en una fiesta a la que se vio obligada a ir. Era guapo, no lo podía negar, pero de hombres guapos estaba ella constantemente rodeada; él la miraba de arriba abajo con desprecio, odiando el convenio entre sus padres tanto como ella. Iba siempre de punta en blanco, bien peinado, bien vestido… era el hijo de un pobre diablo que se había hecho asquerosamente rico de un momento a otro y ahora dominaba el mundo financiero. Su padre estaba en un apuro burocrático, así que la mejor solución había sido unir la fortuna Calahan con la Branagan a través de un matrimonio.

Iba a ser el infierno.

Se iba a casar, claro que sí. Si no, le cortarían todos sus ingresos, las tarjetas, y demás entradas. Pero ah, cómo se divertiría haciéndole la vida imposible a ese malnacido.

El deportivo iba a más de ciento veinte, violando las normas de tránsito, y el cabello parecía querer quedarse atrás. Los ojos le lagrimeaban, los dientes se le secaban por estar sonriendo… no vio el coche que más adelante intentaba adelantar, y el impacto se produjo.

Samantha se hallaba en ningún lugar.

Ese era el nombre que le había dado a ese espacio donde todo era niebla, y, sin embargo, tenía los pies firmes sobre suelo. No se veía sus manos, ni sus pies, pero sabía que allí estaban. No tenía un cuerpo, por lo tanto, las mil dolencias habían desaparecido.

Una cosa buena, entre tanta confusión.

De pronto, el eterno silencio fue interrumpido por una voz un tanto femenina.

¿Qué es lo que más deseas en el mundo, Samantha Jones?

Aquella era una pregunta injusta, porque deseaba demasiadas cosas. ¿Por dónde empezar?

Tic, tac. Tic, tac –apuró la voz.

Empezó a desesperarse cuando se dio cuenta de que no podía organizar sus prioridades. ¿Qué primero? ¿Volver a su juventud? ¿A esa noche en que Ralph fue a su casa? ¿O antes? ¿O después, y casarse con Robert, el hombre que le propuso matrimonio cuando tenía ya cuarenta, y así no quedarse sola? ¿Qué deseaba realmente?

¿No quieres nada? Qué aburrido. Tanto trabajo para nada…

— ¡Espera! –gritó Samantha.

Entonces, ¿sí quieres algo?

Si Samantha hubiese tenido ojos, de ellos habrían salido lágrimas.

—Volver a empezar –susurró.

¿Qué?

—Desearía volver a empezar.

— ¡Todo esto es tu culpa! –vociferaba Phillip Calahan a su mujer, en el pasillo de un hospital, paseándose de un lado a otro, impaciente.

Habían traído a Heather inmediatamente después del accidente. Sus signos vitales iban en picada cuando al fin lograron internarla en urgencias, y ahora esperaban noticias.

Raphael Branagan miró su Rolex sin saber siquiera qué desear. Habían estado compartiendo una sombría cena, debido a la ausencia de la anfitriona que se suponía él debía ver, y pasada una hora recibieron una llamada donde se les comunicaba que su prometida había chocado en su auto por exceso de velocidad, por ir ebria y drogada junto con otros tres tipos.

Era un poco embarazoso ver a Phillip gritarle a su mujer que era ella quien tenía la responsabilidad de los actos de una mujer de ya veintitrés años, cuando estaba claro que tampoco él había sido el mejor padre del mundo.

Respiró profundo y paseó sus verdes ojos por la sala de espera. No había nadie más. Irse ahora sería muy descortés, pero era lo que quería. Fue entonces que al fin salió un médico con su uniforme verde y el tapabocas aún en el rostro dando el parte médico.

Heather estaba a salvo, fuera de peligro. La habían perdido por unos minutos durante la operación, pero gracias a la rápida acción de los médicos, habían conseguido traerla de vuelta. Ahora estaría bajo observación.

Georgina sollozó de alivio, sola, pues Phillip no le dio su hombro para apoyarse. Un poco mal por eso, le ofreció el suyo.

— ¿Podemos verla? –preguntó Georgina. El médico habría querido decirle que no, pero aquellos no eran unos cualesquiera, así que les prometió que en unos minutos podrían entrar en la habitación que le habían asignado.

Ella estaba a salvo, lo que no se podía decir de uno de sus acompañantes, que había muerto en la colisión, ni del otro, que al parecer había sufrido una fractura en su columna vertebral.

Ella, la causante de todo aquel embrollo, estaba a salvo.

Raphael Branagan se preciaba de ser un hombre independiente, se había devuelto a Inglaterra cuando cumplió los veintiuno y había vuelto hacía sólo unos meses cuando su padre le pidió la única cosa que él no estaba muy dispuesto a hacer: casarse con una niña rica.

Había aceptado; su padre estaba un poco enfermo, aunque nadie lo sabía, y encima, había soltado un discurso acerca de que quería verlo establecido y con un hogar…

Tendría que hablar con su padre y decirle que, al fin y al cabo, no podía casarse con una mujer de carácter tan disoluto, una que iba y se metía en problemas poniendo en riesgo no sólo su vida, sino la de todo aquel que estuviera a su alrededor.

Aquello era simple supervivencia.

Samantha abrió sus ojos.

¡Tenía ojos!

Y la luz le hería las retinas.

Intentó mover una mano (que también tenía, eso ya no era discutible), pero no pudo. Estaba atada a alguna cosa y no le dejaba movilidad. Entró en pánico.

—No, no hagas eso. Todo está bien. Todo va a estar bien.

Trató de enfocar su vista, pero lo que vio sólo la desconcertó más: una mujer rubia, de unos cuarenta años, le pasaba el dorso de sus dedos por sus mejillas, acariciándolas. En sus pálidos ojos grises había lágrimas.

No la conocía de nada, ¿por qué estaba allí? Esperaba ver a Tess, no a esa mujer. Y de todas las cosas, ¿por qué había despertado? Diablos, ¿iba a vivir de veras hasta los ochenta?

Cerró sus ojos y una voz tronó en su cabeza:

Hazlo bien esta vez.

Abrió los ojos de nuevo. Esa voz le traía recuerdos de un extraño sueño que había tenido, pero trataba de capturar imágenes, los restos de un diálogo, y no, no podía, todo se esfumaba, como espuma entre sus dedos, como el aire que escapa de un globo, ¿por qué…?

—Tranquilízate, hija, por favor –rogó la voz de una mujer.

— ¿Hija? –Susurró Samantha.

—Soy tu madre… Oh, Dios, ¿no me recuerdas? –Samantha abrió los ojos como platos, y al fin pudo levantar una mano… una mano blanca, de piel tersa y uñas perfectas… una mano joven.

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