C4 3
Tuvo que esperar unos días para recuperarse del todo, aunque no estuvo aburrida; primero exploró toda la mansión, sus diferentes salas de juego y descanso, las habitaciones de sus padres, del servicio, de los huéspedes, y luego se entretuvo con los libros que Georgina le prestó. Cuando agotó estos, le entregó a John una lista de títulos para que fuera a alguna librería y se los trajera. Ahora tenía muchos libros y ninguna estantería donde ubicarlos, pero entonces Georgina se ocupó e hizo traer una que fuera acorde con el decorado de su habitación.
Primer cambio en la habitación de Heather.
Al menos, pensó, no era una cosa inamovible y permanente.
El día que decidió ir y visitar a Tess, rebuscó en el armario por algo decente que ponerse, pero he aquí otro problema. Toda la ropa de Heather era casi inservible, destapada hasta el descaro. Lo que seguramente pretendía ser sexy, a ella le resultaba ya de mal gusto.
Hizo una montaña en el suelo con la ropa que iba descartando hasta que encontró un par de jeans que no tenían ni rotos ni bordados llamativos, y una blusa de seda blanca sin mangas y un agujero en la espalda, pero que al menos cubría bien sus senos. Aun así, se sentía bastante descubierta, así que buscó una chaqueta que le combinara y la plegó sobre su brazo.
Los accesorios no fueron problema; Heather tenía miles, de todo material y colores. Se los quedó mirando un poco perdida, el problema estaba en que no sabía cómo y dónde usarlos.
— ¿Ya estás lista? – Preguntó Georgina entrando en la habitación—. Le dije a John que estuviese preparado, que en cualquier momento salías—. Se asomó al cuarto de baño, donde estaba el enorme guardarropa, y la encontró descalza admirando todo lo que la rodeaba: bolsos, zapatos, marroquinería de todo tipo y color, collares, pendientes, pulseras…
— ¿No sabes qué ponerte?
—Creo que necesito ayuda… —Georgina sonrió y empezó, con mano experta, a elegirle los accesorios que irían mejor con el tipo de ropa que había seleccionado. Cuando hubo terminado con ella, tenía el aspecto más chic y de buen gusto que ella jamás hubiese conseguido.
—Tengo mucho que aprender –murmuró.
—Todo es cuestión de práctica.
—Dios, eres la mejor madre del mundo—. Ante esas palabras, Georgina se quedó callada, y apretando sus labios, miró a otro lado. Tomó aire y volvió a hablar.
— ¿Ya estás lista? John te está esperando—. Heather sonrió sabiendo que sus palabras la habían perturbado un poco. Llenó su bolso con los papeles de su identificación, las tarjetas, el nuevo teléfono móvil, y salió.
Subió al auto que la esperaba a la entrada y le echó un último vistazo a la mansión. De algún modo, se estaba acostumbrando a esa vida, y no podía. Esa vida no era su vida. Ella seguía siendo Samantha Jones.
— ¿Está segura de que es aquí a donde quiere venir? –preguntó John al llegar al antiguo edificio donde antes había vivido Samantha. ¿Que si estaba segura? Había vivido allí la última década, claro que estaba segura. Pero no dijo nada, y sólo bajó pidiéndole que la esperara allí—. De ninguna manera –dijo John—. Subiré con usted. Cualquier cosa podría pasar en esos pasillos.
Ella no insistió, y encabezó la marcha hacia el apartamento de Tess.
Iban siendo las cinco de la tarde, la hora en la que volvía de su trabajo con los niños desde la guardería, la hora en que era más probable encontrarla en casa. Cuando llegó al piso cuatro, el inconfundible llanto de Nicolle la hizo sonreír. Caminó con paso decidido hasta la puerta y llamó con el nudillo de sus dedos.
A los pocos segundos abrió una Tess ojerosa, despeinada y con aspecto realmente cansado… y Nicolle, al verla, se precipitó sobre sus brazos como solía hacer.
— ¡Nicolle!, ¡espera! –pero no hubo remedio, Nicolle estaba aferrada a su cuello y lloraba y moqueaba sobre su blusa de seda. Tess intentó arrancársela, pero la niña se enroscó alrededor de ella usando piernas y brazos—. Dios, qué vergüenza con usted —se disculpó Tess—, ella nunca se porta así, lo siento tanto…
—No te preocupes, déjala—. Nicolle soltó un llanto lastimero. Aunque ya no era el de hace un momento, en donde parecía que se iba a desgarrar la garganta, este llanto partía el corazón—. Ya, ya, no llores… —Pero la niña no dejaba de llorar. Ella tenía la fórmula para que dejara de hacerlo, pero no se atrevía a usarla delante de Tess. Aquello suscitaría demasiadas preguntas.
—Siga, siga —la invitó Tess. Heather se giró para mirar a John, que parecía bastante extrañado por la situación que se desarrollaba en el umbral, así que no dijo nada y se hizo a un lado de la puerta, tal vez para vigilar desde allí. Heather entró, y los olores familiares de la casa de Tess la inundaron; el desorden de juguetes en el suelo, la luz que entraba por la ventana… tan conocido todo, tan parecido al hogar que ella jamás tuvo, que le hicieron humedecer los ojos.
Los cerró suavemente, y sin premeditarlo, sin detenerse a pensar, empezó:
En las calles de San Juan
dicen que hay un callejón
y un caballo de cristal
que te lleva a donde Dios
—¿Señor caballo podría usted
llevarme a donde Dios?
—Un buen niño has de ser
Y orar de corazón.
Tess la miró con ojos grandes como platos. No lo podía creer. No, no era posible… la única en el mundo que lograba aquel efecto sobre Nicolle con esa nana era Samantha Jones, y ella ya no estaba. Lo había pasado horrible las últimas noches porque Nicolle no se dormía si no era por ella, y de paso, tampoco Tess había podido dormir. Y ¿ahora venía esta despampanante pelirroja a calmar a su hija y a cantarle esa nana?
— ¿Quién eres? –le preguntó. La mujer no le contestó, sólo cantó de nuevo la nana, utilizando los mismos giros, las mismas ondulaciones en la voz—. ¡¿Quién eres?! –insistió. Los niños se habían quedado mirando a la invitada un poco asustados y sorprendidos. Cuando la alta mujer de ropa carísima, de cabellos de fuego y de ojos gris pálido y humedecidos la miró, Tess lo supo. No había otra persona en el universo con esa mirada.
— ¿Sam?
—Tess, yo…
— ¿Sam? ¿Samantha? –Ella simplemente meneó la cabeza.
—Ahora soy Heather.
Tess, sin detenerse a pensar en lo ilógico, loco, antinatural y extraño que aquello podía ser, se precipitó a ella y la abrazó, dejando a Nicolle atrapada entre las dos. Fue un abrazo largo, cálido y apretado, en el que las dos mujeres sollozaron emocionadas, y el universo guardó silencio observando a las dos amigas reencontrarse.
Tess se separó primero y la miró estudiándola. Ahora era tan alta como ella, sin una sola arruga sobre su rostro, con un maquillaje suave que realzaba las exquisitas formas de su cara y ropa de diseñador, pero debajo de aquel fino estuche de importación estaba su Sam, su querida y vieja amiga Sam.
— ¿Cómo es esto posible?
—Tú estás más loca que el que me hizo esto por aceptarlo tan fácil.
— ¡Es que algo aquí dentro me lo dice! –contestó Tess con la mano empuñada sobre su pecho—. ¿Qué te hicieron? ¿Quién te lo hizo?
—No lo sé. Ni siquiera sé si es algo permanente. Sólo sé que estoy aquí… y ¡ni siquiera sé qué hacer!
—Pero Sam…
—Ahora soy Heather, Tess.
— ¿Quién es esa Heather? –ella suspiró.
—Apenas lo estoy descubriendo. Pero algo te diré, no se parece en nada a mí.
—Ven, siéntate –le ofreció Tess llevándola a sus viejos muebles. Heather seguía con Nicolle en sus brazos, y los niños habían decidido que aquello no era para nada fascinante, y se fueron a su habitación a ver la televisión, pero ya Tess no le prestó mucha atención a nada de eso—. Cuéntame, ¿qué te pasó? ¡Dios, he llorado tanto por tu ausencia!
—Lo último que recuerdo es… un fuerte dolor en el pecho, y que me iba a no sé qué lugar… luego abro los ojos, y estoy en un hospital, con una mujer que asegura ser mi madre, y las consecuencias de un accidente automovilístico.
—Sufriste un paro cardíaco –le contó Tess—. Dios, Sam, ¡eres tan hermosa!
—Sólo por fuera. Lo que he oído de Heather… me para los pelos—. Tess negó con la cabeza, aun mirándola anonadada.
—Te escuché cantarle a Nicolle y algo se disparó dentro de mí, algo me lo gritaba… Dios, Sam, Heather, como sea… ¡Estoy tan feliz! –y volvió a abrazarla, sentadas en el sofá, con Nicolle en medio otra vez.
—Estaba muy preocupada por ti –le susurró Heather—. ¿Has estado bien? –Tess no contestó—. Siento mucho no haber venido antes, pero Heather tuvo un accidente, y no podía salir de casa.
Tess se separó de ella y la miró con los ojos llenos de lágrimas, pero con otro semblante.
— ¿Accidente? ¿Estás bien?
—Mi cuerpo sí… mi mente… siento que voy a enloquecer… Esto es de locos, Tess. Yo creí que había muerto.
— ¡No! ¿Por qué ibas a querer morirte?
—Porque ya es mi hora, ¿no?
— ¿Y eso a quién le importa? ¡El cielo, los ángeles, quien quiera que sea, te están dando una segunda oportunidad! ¡Y más tiempo con nosotros!
— ¿De veras crees que permaneceré… en este cuerpo?
— ¿Y por qué no?
— ¡Porque no es mío! ¡No es mi vida!
— ¡Entonces aprovecha el tiempo que tienes ahora!
— ¡Eso… sería una locura! Tengo hasta miedo de usar las cosas de Heather por temor a que cuando ella vuelva se moleste, y francamente, por lo que me han dicho…
—Vas a tener que meterte una cosa en la cabeza: tú ahora eres Heather, quienquiera que ella sea. ¡Esta ahora es tu vida!
—Y si en algún momento ella vuelve…
—Si ella llegara a volver, lo cual me parecería en extremo cruel, ¡tú entonces habrás tenido un momento para vivir! ¡Para disfrutar! –Tess miró a Heather morderse los labios, como hacía cuando estaba nerviosa, o algo no la convencía del todo, así que le tomó ambas manos, con cuidado de no hacer caer a Nicolle y la miró a los ojos— Tal vez lo que necesitas es… alocarte, olvidarte por un momento de las reglas y convenciones… ¡vivir, Heather! Una vez me dijiste que se te fue la vida y no la viviste, ¡bueno, ahora puedes!
Heather dejó salir una risita nerviosa y Tess se puso en pie y comenzó a deambular por su pequeña sala, como si lo que fuera a decir a continuación necesitara tiempo para ser digerido, y quizá un trago de licor, pero no tenía.
—Tú lo que necesitas –dijo al fin— es vivir el amor. Cometer alguna locura de amor.
—Tess, yo jamás…
—Exacto. Jamás lo hiciste, y cuando tuviste la oportunidad en tu vida como Sam, lo dejaste pasar, porque no estaba bien, porque no era lo que se esperaba de ti. Ahora la vida te ha dado una nueva oportunidad, así que más te vale cometer esa locura… Es… como una deuda que tienes con la vida. ¿No te parece?
—Una locura de amor.
—Y vivirla sin pensar en las consecuencias.
— ¿Y si me arrepiento después?
—Que se arrepienta Heather. ¿No te parece? –Heather se echó a reír, y aquella risa fue tan de Sam y de Heather al tiempo que Tess comprendió que ya empezaba a borrarse la línea que las dividía a las dos.
—Y ahora, sesión de chismes –propuso Tess corriendo a sentarse a su lado en el viejo sofá—. ¿Quién es Heather? ¿Y por qué estás vestida así?
—Una niña rica y malcriada –contestó Heather, y le siguió hablando de lo poco que sabía de su antiguo yo antes de tomar posesión de su cuerpo. Tess parecía asombrada y escandalizada a veces. Se reía diciendo que la habían mandado a habitar precisamente ese cuerpo para que cuando hiciera su locura nadie se extrañara. Heather reía negando con la cabeza, pero igualmente la escuchaba. Volvía a estar con su amiga, y esta vez, eran jóvenes las dos, ahora incluso menor que ella. Eran casi iguales.
Raphael posó la copa de vino sobre la pequeña mesa de café cuando vio a Phillip Calahan acercarse. Estaban en el club del que ambos eran miembros y habían acordado una cita para hablar. Phillip se temía que era para cancelar el compromiso entre él y Heather, así que iba entre aprensivo y dispuesto a tomar la ofensiva; aunque contra los Branagan y su poder era poco lo que cualquiera podría hacer.
—Parece que algo te tiene preocupado, Raph –saludó Phillip.
—Muchas cosas me tienen preocupado –contestó Raphael—. Entre ellas, tu hija.
—Ah, no te apures, ya está perfectamente. Hoy incluso volvió a salir de casa. Acompañada, claro. He dejado orden de no dejarla salir sola…
—No es a eso a lo que me refiero, y lo sabes perfectamente, Calahan. He hablado con mi padre, y hemos decidido cambiar drásticamente los términos de nuestra negociación—. Phillip empezó a sudar. Muchas cosas dependían del matrimonio entre su hija y este sujeto. Los Branagan no eran antiguos miembros de la alta sociedad, no tenían un rancio abolengo como ellos, pero eran demoledoramente ricos, y su poder les había abierto puertas a lo largo y ancho del mundo. La transacción era sencilla y milenaria: ellos le daban el prestigio y sobriedad de los Calahan, y a cambio recibían el dinero y los contactos de los Branagan.
—¿De qué… tipo de cambios hablas?
—No quiero casarme con una mujer tan absurdamente loca como tu hija.
—Raph…
—He investigado las causas del accidente, y no fue por simple exceso de velocidad. Tu hija traía un cóctel de muerte en la sangre. Es una adicta, y puedes tener todo el prestigio del mundo, pero si no fuiste capaz de educarla bien, no sé si serás, en el futuro, capaz de ser un buen socio también.
—Me parece injusto que midas…
—A mí lo que me parece injusto es que en esta transacción el que salga perdiendo sea yo. Tú ganarás todo el dinero del mundo… y yo una esposa adicta que me pondrá el cuerno cada fin de semana—. Phillip lo miró furioso, pero tenía que reconocer que tenía razón.
Miró a su ahora contendiente fijamente. El cielo había bendecido a los Branagan no sólo con dinero, sino también con gallardía. Los ademanes rústicos de Richard se habían pulido en Raphael, pero definitivamente este último lo sobrepasaba en apostura. Era tan alto que la mayoría de hombres tenían que alzar la cabeza para hablarle. Era consciente de que alrededor siempre las mujeres, fueran estas casadas o no, jóvenes, o ya no tanto, se giraran a él prestándole toda su atención, y delante de los otros hijos de ricos, parecía más bien un ave de presa en medio de pollitos pintados de colores, a pesar de su juventud.
— ¿Y entonces… cuáles son tus nuevos términos?
—Desafortunadamente no puedo deshacer por mi cuenta este contrato –Phillip empezó a sentirse aliviado. Era verdad, él no podía. El contrato se había hecho con Richard, no con él—. Así que papá me ha rogado que le dé a tu hija una oportunidad. Seis meses, me pidió. Si en esos seis meses yo logro reunir las pruebas suficientes que lo convenzan de que Heather Calahan no es la madre adecuada para sus futuros nietos, el contrato se disolverá digas lo que digas. Hasta entonces, me veré obligado a actuar como un novio, y espero, también tu hija.
—Me parece… razonable.
— ¿Entonces estás de acuerdo?
—De acuerdo. Seis meses. Luego del accidente… Heather ha cambiado. No hace las pataletas de siempre e incluso se tomó la disminución de su mesada con bastante aplomo…
—Perdona, pero nada de lo que dices me intriga demasiado.
—Lo entiendo –Phillip se puso en pie y le tendió una mano—. Seis meses. Nos veremos aquí de nuevo dentro de ese tiempo. Espero no te sea un suplicio, ni ocurra algo que haga romper el contrato antes.
—La verdad, yo no sé qué esperar –contestó Raphael recibiendo su mano y poniéndose en pie también—. Dejaré simplemente correr el tiempo, no tengo ninguna expectativa.
—Me imagino. ¿Vendrás a cenar este sábado?
—Sólo si me garantizas que esta vez tu hija se presentará.
—Se presentará, me encargaré de eso.
—Estaré allí una hora antes, me gustaría conversar con ella de esto. No le anticipes nada.
—Pero…
—No quiero que la amenaza la escuche de ti, sino de mí. Es hora de que Heather comprenda quién soy yo—. Phillip asintió dando una cabezada.
—Está bien. Si se va a casar contigo, tiene que ver con qué tipo de hombre va a lidiar el resto de su vida.
—Eso lo veremos.
Tess recostó su cabeza al espaldar del sofá. Habían acostado a Nicolle, se habían quitado los zapatos, le habían llevado un aperitivo y una silla a John, para que no se cansara por estar de pie afuera, y habían hablado y reído como locas.
La nueva risa de Sam, ahora Heather, era agradable y cristalina. Si bien era cierto, y se movía con mucho cuidado, como si algún movimiento brusco fuera a hacerle doler las articulaciones, la energía de la juventud la estaba colmando poco a poco, lo que la hacía querer reírse, moverse, y hablar. Sam nunca había sido tan dicharachera.
—Creo que ya es hora de irme –dijo Heather, mirando desganada su fino reloj.
—Es verdad, ya no vives frente a mi puerta—. Heather se quedó en silencio mirando el techo, pensando. Tess la observó; no se cansaba de mirarla. ¡Ahora era tan bonita! Sentía que tenía en su sala a una estrella hollywoodense.
—Quisiera entrar, y tomar algunas cosas… pero no tengo llave.
— ¿Te olvidas de que hace tiempo me diste una copia? Por si algo sucedía.
— ¿Lo hiciste cuando…?
—Sí, fui yo quien te halló en tu cama. Se te había quedado tu abrigo favorito en el sofá y fui a devolvértelo antes de que te quedaras dormida. Apenas llegué a tiempo.
— ¿A tiempo de qué? ¿De podrirme o algo así?
— ¿No te lo he dicho aún?
— ¿Qué cosa? –Tess la miró con rostro preocupado—. ¿Tess? ¿Qué no me has dicho?
—Sam… El cuerpo de Sam está vivo.
— ¿Qué?
— En estado de coma, en un hospital.
—Tess, ¿por qué no me dijiste eso desde el principio?
—Bueno, estaba tan impresionada que…
— ¡Oh, Dios, lo sabía! Algún día he de volver.
—Eso no cambia nada.
—Sí, ¡lo cambia todo!
—Aun así, tú no pediste nada de esto. ¡No es tu responsabilidad! –Heather volvió a quedarse en silencio un momento, luego suspiró.
—Tendré que ir a visitarme a mí misma.
—Yo que tú no lo haría, y si por cosas de la vida…
— ¿Vuelvo a mi cuerpo? ¿Y Heather al suyo? Es lo correcto, ¿no?
—Heather, definitivamente lo que tú necesitas es conocer a un hombre que te despeluque.
—Tess, ya no estoy para esas…
— ¿Qué? ¿Por qué insistes en decir ese tipo de cosas? Ya no eres qué, ¿joven? ¿Bonita? ¿No eres nada de eso?
—Este cuerpo lo es, pero en el fondo sigo siendo… simplemente yo: Sam.
—Eso lo dices ahora, pero la sangre es la sangre, la piel es la piel. Estoy segura de que en ese nuevo estuche que traes, alguien te moverá el piso. Sobre todo, en esa alta sociedad en la que ahora te mueves.
—Lo dudo muchísimo.
—Te acordarás de mí cuando te pase. ¿Entramos a tu apartamento?
Heather entró a la estrecha sala y miró en derredor su antiguo hogar. Era tan pequeño y lleno de cosas que inspiraba un poco de claustrofobia; luego de haberse pasado casi una semana en la mansión de los Calahan, con tanto espacio, tanta luz, tanto aire, aquello era simplemente… deprimente.
— ¿Te quieres llevar tus libros? ¿O… algo?
—Los libros no. Tengo nuevos, casi que todos los que quiera en el mundo. Además, ¿sabes? Existe una tecnología que te permite leer sin tener que comprar el libro en papel. Es más ecológico, dicen, pero no me acostumbro.
—Sí, he oído de eso. ¿Y tus discos? –Heather caminó hasta su colección de discos de Edith Piaf, tomó uno y observó la portada.
“Non, Je Ne Regrette Rien”
¿Ahora que tenía esta nueva vida, podría decir al fin esto sin tener que mentir? ¿Cómo sería vivir la vida sin arrepentirse de nada?
—Esos sí deberías llevártelos. Son difíciles de encontrar.
—Sí…
—Vengo de vez en cuando a hacer la limpieza, no he tocado tus cosas, pero me fue inevitable encontrarme… esto –Tess le señaló la pequeña caja sombrerera donde tenía sus antiguos recuerdos de Ralph, las cartas, las fotografías. Heather la recibió sin mirar a Tess, temiendo echarse a llorar de nuevo, o peor, sufrir de nuevo un paro cardíaco.
—Las estaba mirando cuando… pasó.
—Me lo imaginé—. Tess no necesitó preguntar quién era aquél hombre, había escuchado ya la historia de cómo Sam dejó pasar el amor de su vida, y cómo luego fue incapaz de volverse a enamorar.
—Sam…
—Heather –le corrigió ella.
—No, ahora eres tan Sam… Debes olvidarlo, ¿sabes? De cualquier modo, si siguiera vivo, ahora sería un ancianito de más de ochenta años, ¿de qué te serviría? –Heather se echó a reír.
—De nada.
—Pues ya ves. Es hora de dejar atrás el pasado—. Pero, aun así, Heather no soltó la caja con los recuerdos. Respiró profundo y la miró sonriente.
—Te prometo que empezaré una nueva vida.
—Eso es una buena noticia.
—Y te ayudaré.
— ¿Qué?
—Ahora me sobra el dinero, ¿sabes? Puedo ayudarte.
—Pero… ¡es tu dinero!
—Técnicamente, es el dinero de Heather. A los Calahan les sobra, y según tengo entendido, los riquillos hacen todo el tiempo obras de caridad.
—No quiero la caridad.
—No, lo que vas a tener es la ayuda de una amiga que siempre soñó con tener la posibilidad de dejarte algo a ti y a tus hijos.
—Heather, nunca debiste pensar así.
—Yo no tuve mis hijos, ni mis nietos, pero te tuve a ti, Tess. Fuiste mi amiga desde que llegaste aquí embarazada de Kyle y del brazo de August. Estuviste conmigo cuando me enfermé, incluso llegaste a cocinar para mí, ¡me cuidaste! Ahora, déjame ayudarte, déjame, como Heather Calahan, hacer algo digno en mi vida… y de paso, ofrecerle un mejor futuro a tus tres hijos. Te lo debo, y no me sentiré tranquila si no hago algo por ti.
—Sigo pensando en que…
—Si no lo aceptas, Tess, conseguiré la manera de inscribirte a uno de esos programas de televisión donde muestran a madres abandonadas.
— ¡Ni se te ocurra!
—Entonces acepta… ¡aprovéchate de mí, ahora que soy rica! –A Tess le dio la risa tonta. Echó atrás su cabello castaño oscuro y la miró meneando su cabeza.
—No te conocía esa faceta malvada.
—Quizá siempre la tuve, y la olvidé.
—Bien. Pero no quiero nada ostentoso ni llamativo. No quiero… sobresalir de ningún modo.
—No te preocupes, me encargaré que todo sea muy discreto.
—Y quiero… auto sostenerme… no depender de nadie…
—Ya veré. Por ahora, lo primero son los niños.
—Sí, por ellos lo hago—. Sorpresivamente, Heather la abrazó.
—No sé si alguna vez te lo dije, pero te quiero mucho.
—También yo a ti.
Al cabo de unos minutos se despidieron, y Heather volvió a internarse en el coche conducido por John, rumbo a su mansión, llevando consigo la caja sombrerera y los discos. La agobiaba un poco irse a dormir a una lujosa cama dejando a Tess en aquél ruinoso apartamento, pero se tranquilizó diciéndose que no sería por mucho tiempo. Tenía mucho que hacer.
Llegó a casa y lo que hizo Phillip al verla fue precipitarse a ella y olisquearla como un sabueso.
— ¿Qué…? –empezó a decir ella, pero Phillip la interrumpió.
—Qué extraño, no hueles a licor… ni a hierbas.
—No acostumbro beber, ni fumar.
—Será ahora. Antes parecías una chimenea—. Heather se llevó una mano al pecho, como lamentándose por sus pulmones.
—El sábado vendrá Raphael a cenar con nosotros. Te recomiendo que no te escapes a ningún sitio.
— ¿Quién es Raphael? –Phillip se giró a mirarla como cayendo en cuenta de la amnesia de su hija.
—Es verdad, según tú, perdiste la memoria. Raphael es tu prometido.
— ¿Tengo prometido?
—Sí, uno muy rico y que necesito tener de mi lado.
— ¿Lo amo? –Phillip se echó a reír.
—Definitivamente, no. Pero lo amarás porque te lo ordeno, y es lo que te conviene.
—Si es mi prometido, ¿por qué no fue a verme al hospital?
—Porque casualmente, te estrellaste ebria, bajo los efectos de la droga, y con tres hombres en tu coche. Está sumamente ofendido por ti. ¿Te parece razón suficiente? –Heather se mordió los labios y apretó sus dedos unos con otros.
—Lo siento.
—Pff, como si eso fuera a arreglar todo tu desastre. Vete a dormir. Quiero que vayas de compras y traigas ropa decente, que todo lo que tienes parece hecho a medida para provocarme una úlcera.
—Entiendo.
—Irás con Georgina, no me fío de ti.
— ¿No tengo amigas que me acompañen?
— ¿Amigas? No conoces ese término—. Y con esas palabras se alejó, subiendo por las escaleras curvadas que llevaban a la segunda planta, donde tenía su habitación. Había estado esperándola en la sala contigua al vestíbulo hasta que llegara.
Heather miró la espalda de su padre hasta que desapareció. No tenía amigas, su prometido la odiaba, seguramente ella odiaba a su prometido, su padre desconfiaba de ella y, además, había estado a punto de matarse en un accidente… ¿Qué tipo de vida llevaba Heather Calahan?
¿Y quién era ese Raphael? ¿Tendría que casarse con él en lugar de Heather?
Un dolor un tanto agudo se instaló en su pecho, pero aquello no se parecía al paro cardíaco que la catapultó a aquella locura, era más bien como un dolor en el alma. Había tenido de esos antes.
Conocería a su prometido el sábado. Dios quisiera que por lo menos pudiera llevarse bien con él. Estaba a punto de volverse loca.