C5 4
Aquello era, realmente, hacer compras.
Como iba con Georgina, no tenía límites en cuanto a los gastos, y Heather sintió que entre las dos vaciaron las tiendas de aquél centro comercial.
Debido a que la mayoría de almacenes tenían el servicio de entrega a domicilio, no tenían que andar con bolsas para arriba y para abajo. Georgina realmente tenía buen gusto y la asesoraba muy bien cada vez que señalaba algo que le llamaba la atención.
—Cariño, me temo que para ti están vedados los tonos naranja y amarillo. ¡Eres pelirroja! –le dijo Georgina cuando se quedó mirando una chaqueta en un tono naranja pálido.
—Tienes razón, a veces lo olvido. Pero… en mi guardarropa había de todo esto.
—Porque eras una rebelde sin causa, y nadie, sin excepción, podía decirte algo al respecto.
—Cada vez me gusto menos.
—No digas tonterías, ahora eres un espectáculo de mujer, bella no sólo por fuera, sino también por dentro—. Heather sonrió. Aquello se parecía mucho a lo que Tess solía decir. La miró y encontró que estaba mirando una chaqueta color marfil de botones grandes y negros considerando si llevarla o no.
— ¿Tú no vas a comprar nada?
—Estamos aquí por ti.
—Pero mira… hay lencería bonita.
— ¿Lencería? ¿Para qué?
— ¿Cómo que para qué? Estás casada, ¿no? –Georgina torció el gesto.
—No te preocupes. No necesito nada de eso –Heather frunció el ceño, dejó la ropa que estaba mirando y se acercó a su madre.
—Tú y papá no…
— ¿Es bastante extraño hablar de esto contigo, sabes?
— ¿No tienen intimidad? –Georgina dejó salir el aire.
—Hace milenios tu padre no me toca.
— ¡Qué estúpido! –Georgina la miró de repente, como sorprendido de que alguien se atreviera a llamar estúpido a Phillip, pero claro, era Heather—. ¡Mírate! ¡Eres tan joven, y tan hermosa! ¡Quisiera tener tu cuerpo a tu edad! ¿Cómo puede él ignorarte? –Georgina se alzó de hombros, aunque sus mejillas se habían sonrojado un poco, tanto por el tema de conversación, como por el cumplido de su hija—. No me digas que tiene a otra—. Georgina se volvió a encoger de hombros.
—Tal vez.
— ¿Tal vez?
—Nuestro matrimonio no fue por amor, de todos modos. Fue casi como será el tuyo. Ya te acostumbrarás.
— ¿Y en todo este tiempo no conseguiste que se enamorara de ti?
— ¿Por qué me atacas de esa manera?
—Porque también veo que tú eres tonta.
—No me parece justo que me trates así, ¿sabes? Tú definitivamente no conoces a tu padre.
— ¿Y tú sí? –Heather resopló de manera poco femenina y se fue de nuevo a admirar la ropa que se compraría. Georgina miró la roja cabellera de su hija haciéndose mil preguntas. Realmente nunca había intentado seducir a Phillip, y en el fondo, creía que ya era un poco tarde para ponerse con esas tonterías.
Aunque… había veces que lo miraba y anhelaba algo más.
Heather tenía razón, era tonta, porque al contrario que Phillip, ella sí se había enamorado de su marido.
Llegó la noche del sábado y Heather se estrenó uno de sus tantos trajes nuevos; un vestido de falda volada y sin mangas color verde botella bastante oscuro que contrastaba perfectamente con su piel pálida y color de cabello. Éste lo llevaba más o menos recogido en un moño alto, dejando que se escaparan mechones rojos por algunos lados del peinado.
Estaba un poco nerviosa. Su prometido iba a llegar y ella no sabía cómo actuar frente a él.
Lo que todos le habían dicho era que se odiaban el uno al otro, pero y si… ¿y si él quería darle un beso? ¡O peor! Si decidía que, ya que eran pareja, él tenía todo el derecho de llevársela a la cama. ¡No sabría qué hacer! No sabía si Heather había tenido relaciones antes, aunque era muy probable, la juventud de hoy en día no era para nada como la de su época.
¿Qué hacer?
Georgina entró en la sala donde se hallaba dando vueltas y le sonrió sentándose en un mueble.
— ¿Estás nerviosa?
—No conozco a… mi prometido. No sé cómo he de reaccionar.
—Sé tú misma. Igual, en el pasado apenas se vieron un par de veces.
— ¿De verdad? ¿Ni siquiera somos amigos?
—No. He de decirte que no le caíste muy bien… pero bueno, tú tampoco fuiste muy amable… —agregó Georgina, recordando que en esa ocasión Heather no sólo lo insultó, sino también a su madre, a su padre, a su abuela y abuelo—. Pero no sé, tengo el presentimiento que la tú de ahora le va a gustar.
—No me digas. Estoy hecha un manojo de nervios.
En el momento se escuchó el ruido de un auto aparcar al frente de la casa, y Georgina se puso en pie para salir de la sala.
—No… no te vayas –le pidió Heather—. No quisiera verme a solas con él.
—Lo siento, pero él pidió hablar contigo antes de la cena.
— ¿Qué? ¿Para qué?
—Eso lo sabrás tú en un momento—. Se escucharon las voces de Phillip y el recién llegado en el vestíbulo, y que se iban acercando. Georgina se los encontró en la puerta, y los dos hombres entraron.
Raphael conocía a Heather. La había visto antes, claro, y sabía que era guapa, por eso no esperó que la belleza pelirroja que la esperaba al fondo de la sala con actitud nerviosa lo afectara como lo hizo. Fue como un golpe directo a la entrepierna.
¿Por qué? Era esa la misma niña rica malcriada que él había conocido antes, ¿no? En ese entonces no le inspiró ninguna emoción, ni siquiera un mal pensamiento, a pesar de lo hermosa que era.
Pero esta mujer de aquí, de pie, apretándose una mano con la otra, en ese vestido que apenas le llegaba a las rodillas, y que sin embargo era bastante recatado, era preciosa, simplemente exquisita.
Ella alzó la mirada y…
— ¡Ralph! –exclamó, antes de caer desmayada al suelo.
Alrededor todo fue conmoción. Georgina lanzó un grito asustado, Raphael corrió a ella y la alzó en sus brazos para acomodarla suavemente en el sofá más próximo. Phillip ya estaba planeando llamar un médico o una ambulancia hasta que Raphael le dijo que era un simple desmayo, que no era para tanto.
¿Por qué lo había llamado Ralph? Se preguntó.
Empezó a darle leves golpecitos en sus mejillas que estaban más pálidas de lo normal.
— ¿Heather? –la llamó—. Heather, ¡despierta!
Heather escuchó la voz, mientras estaba allá abajo, como en lo profundo de un pozo.
El destino era malo. El destino era cruel. Le había hecho ver una alucinación. Era Ralph, ¡era su Ralph! El mismo cabello, los mismos ojos verdes y expresivos, la misma apostura, era él. ¿Por qué le hacían esto? ¡No podría con la tortura!
—Ralph… —volvió a balbucear.
—No soy Ralph. Soy Raphael.
—No… —susurró ella, abriendo de nuevo sus ojos para encontrarse con el rostro del hombre que la había perseguido en sueños por más de sesenta años. Los ojos se le inundaron de lágrimas, y le fue inevitable elevar ambas manos y tocarlo, por si no era real. Tenía que tocarlo, tenía que sentirlo, y su tacto no la engañó. Eran las mismas mejillas enjutas y ásperas de Ralph, sus mismas cejas, la misma nariz recta, los ojos verdes tan expresivos.
Y los labios, ¡los labios de Ralph!
Elevó también su rostro a él y lo besó.
En el pasado, había besado un par de veces a Ralph, pero ninguno de sus besos se pareció a este de ahora.
Él retiró la cabeza y la miró entre sorprendido y expectante, como esperando que ella de un momento a otro le saltara encima desnuda. Phillip carraspeó rompiendo la magia del momento y Heather cayó en cuenta de dos cosas: que se había besado con un hombre delante de sus padres, y que este no podía, de ninguna manera, ser Ralph. Su Ralph, si seguía vivo, debía tener ochenta y tres años cumplidos.
—Debe ser… la conmoción –la excusó Georgina—. Recuerda que hace poco tuvo un accidente. Creímos que el único efecto secundario era la amnesia, pero…
—Estoy bien, mamá. Perdonen el espectáculo.
—Bien, entonces los dejamos solos –anunció Phillip, y tomó a Georgina del brazo para llevarla afuera.
El hombre con el rostro de Ralph seguía mirándola claramente esperando una explicación.
—Yo… lo siento, de verdad… Tal vez como dice mamá…
— ¿Por qué me llamaste Ralph? –ella guardó silencio por un instante, buscando en su mente confundida la respuesta.
—Es… el nombre de un viejo conocido.
— ¿Qué tan viejo?
— ¿Qué?
—Ralph es mi abuelo—. Heather sintió que de nuevo le faltaba el aire.
— ¿Qué?
—Ralph Branagan. Mi abuelo.
Se iba a desmayar otra vez. Intentó enderezarse, pero el aire no entraba a sus pulmones. Ralph Branagan, Ralph Branagan, se repitió en su mente. Era un nombre que había susurrado para sí todas las noches desde su adolescencia, a veces con una sonrisa, a veces entre lágrimas… la mayor parte de su vida, entre lágrimas.
Se sentó, y él masajeaba su espalda cuando vio que no era fingido aquél ataque.
— ¿Sufres de asma?
—No que yo sepa.
— ¿Entonces es real tu amnesia? –Heather cerró sus ojos. El timbre de voz de este hombre era levemente parecido al de Ralph, pero encontró algunas diferencias en el acento—. ¿De qué conoces a mi abuelo?
—No… no lo conozco.
—Acabas de… confundirme con él, ¿no?
— ¿Confundirte? –Raphael la miró entornando sus ojos, como pensándose si decir o no lo que se le venía a la mente ahora mismo.
—Todos dicen que soy idéntico a mi abuelo. Las ancianas que lo conocieron en su juventud así lo dicen—. Dejó salir el aire sonriendo—. Qué curioso, todas las personas que me llamaron Ralph alguna vez tenían más o menos su edad. ¿De qué lo conociste tú?
—No conocí a tu abuelo. Y yo simplemente… sufrí un accidente, me hicieron un TAC cerebral para descartar algún daño, y al no existir, los médicos pensaron que la amnesia era la única consecuencia, pero ya veo que se equivocaron—. Intentó ponerse de pie, pero no pudo, y Raphael tuvo que volverla a ayudar a sentarse. Él no se quitó de su lado, la miraba como estudiándola.
—Está bien, guárdate tus secretos –dijo al fin, aunque tenía que reconocer que era muy descabellado que alguien de la edad y la posición social de Heather lo conociera. Además, en la época que él estuvo vivo, Heather era aún una niña. Si en verdad lo había conocido, no había manera de que lo confundiera con él.
Heather dejó salir el aire aliviada, pues al fin la dejaría en paz con el tema, y no se atrevió a mirarlo
—De todos modos –siguió él—, tienes que conocer el propósito de esta reunión.
— ¿Qué reunión?
—Esta que estamos teniendo ahora. Es sólo para advertirte una cosa. Luego de tu infortunado accidente, he resuelto que no eres la mujer adecuada para ser mi esposa. Es decir, que, por mi parte, el compromiso entre los dos quedaría anulado.
— ¿Qué? ¡No!
—Pero no fui yo quien dio su palabra, fue papá, y él insiste en que te dé otra oportunidad—. Heather lo miró con ojos grandes. No sabía por qué, pero de un momento a otro quería ser Heather, quería serlo con toda el alma y conservar a este hombre aquí a su lado, aunque no fuese Ralph, sólo su nieto.
Pero él estaba hablando de romper el compromiso.
— ¿Otra oportunidad? –preguntó.
—Seis meses –continuó Raphael—. El compromiso durará seis meses, al cabo del cual, si tú llegases a portarte como sueles hacer, cometiendo otra locura como salir ebria y drogada a conducir con exceso de velocidad, o a serme infiel, el contrato se disolverá.
— ¿Y si no?
—Al cabo de los seis meses, nos casaremos—. El aire le faltó de nuevo.
—En otras palabras –logró decir—, ¿tengo seis meses para que te enamores de mí? —Él frunció el ceño.
—Yo no diría tanto. Sólo demuestra quién eres, realmente—. Eso le produjo risa. ¿Quién era ella? Si tenía que demostrarlo, tendría que ir por su ropa de anciana y hacer lo que hacía antes. Ella ya no era ni Sam ni Heather, se hallaba perdida entre dos identidades en las que no encajaba. Este Raphael le estaba pidiendo un imposible.
Alzó su mirada hacia él y otra vez sintió en su vientre las volteretas que produjeron su desmayo. ¿Qué le estaba queriendo decir el destino? ¿De esto se trataba todo? ¿Para esto había aterrizado aquí?
—Perdóname otra vez por… lo ocurrido.
— ¿Te disculpas por besarme? No estuvo mal –ella lo miró fijo a los ojos verdes; los de él sonreían.
Ay, Dios, si él hacía ademán de besarla ahora, ella no encontraría las fuerzas para negarse.
— ¿No dices nada?
— ¿Qué quieres… que te diga?
—No lo sé, la última vez que nos vimos no estuviste tan callada –ella apretó los labios, pero él siguió—. En verdad me di cuenta de que hay en el idioma mil formas de insultar a toda la familia de un ser humano sin repetir palabras por más de quince minutos—. Heather ahora tenía los ojos cerrados.
—Esa era… la yo de antes.
—No me esperaba esto de ti. ¿Te excusas tras un cambio de personalidad que milagrosamente ocurrió luego del accidente?
—Ese tipo de experiencias cambia a las personas.
—La verdad, nunca lo he creído.
— ¿Y tú qué hiciste? ¿Te dejaste insultar, a ti y a tu familia, sin decir nada?
—No me diste tiempo de contraatacar, porque inmediatamente después de enseñarme tu bonito dedo medio y recomendarme que me lo metiera por mis partes, te fuiste—. Ella meneaba la cabeza.
—No fue un buen comienzo.
— ¿Eso crees? Fue idea tuya—. Ella alzó la mirada, pero era tan parecido a Ralph, que le dolían los ojos. Se recostó en el mueble y miró al techo, deseando que quienquiera que la pusiera en esta encrucijada le diera una explicación, una directriz, un consejo. Estaba en una situación que nunca imaginó, ni había leído en sus novelas más locas y estrafalarias.
—Ya sé lo que debo hacer si quiero romper este compromiso… pero… ¿qué debo hacer si quiero que se mantenga? –Raphael la miró confundido, sin saber qué decir. No esperó que ella quisiera mantener el compromiso. Lo que esperó, de hecho, fue una pataleta de colección y la cancelación inmediata de todos los proyectos. ¿De verdad quería ella quedarse a su lado?
La Heather de antes habría hecho la pataleta, se dijo. Esta Heather era totalmente distinta. No sólo vestía y se peinaba distinto, la fuerza, o la energía, o lo que fuese que brotaba de ella ahora era totalmente diferente. Quizá y era cierto que los grandes acontecimientos, como regresar de la muerte, cambiaban a las personas.
La miró, recostada en el sofá, con las piernas extendidas y el cuello expuesto por mirar hacia arriba. Su cuerpo reaccionó de inmediato. No le molestaría tener a esta mujer en su cama. Ella era preciosa. Pero siempre había sido preciosa, la misma por fuera; ¿por qué era ahora que a su mente acudían mil fantasías?
—Si te soy sincero –contestó él al fin—, no es mucho lo que tienes que hacer.
Ella lo miró, y como si hubiese logrado atisbar a través de una rendija lo que pasaba por su mente, se sonrojó. Él la deseaba, eso estaba claro, y se sintió tan halagada que no supo qué decir. En su mente no encontró ni una sola vez en que un hombre la hubiese emocionado de aquella manera. Ni siquiera Ralph.
Un momento.
¿Qué estaba sucediendo?
La sangre es la sangre, había dicho Tess. La piel es la piel.
Fuera lo que fuera, ella deseaba tocar la de él.
Soy una anciana de ochenta años que habita temporalmente el cuerpo de una joven de veintitrés, se dijo, reprendiéndose a sí misma. Si mi cuerpo llegara a alborotarse como el de una quinceañera, tengo todo el aplomo mental para controlarme.
Y, sin embargo, la piel era la piel.
La cena transcurrió tranquilamente. De alguna manera Heather sabía cómo actuar en una mesa exquisitamente dispuesta, con todos los tenedores. Era como si a su mente acudieran los conocimientos que necesitaba para estar allí, en esa posición. Como si fuera la Heather que fue criada entre paños y manteles.
Sentía la mirada constante de Raphael, aunque ella lo esquivaba. Phillip dominaba la conversación, y todo lo que hacía era hablar de trabajo y de personas desconocidas para ella. Georgina la miraba como si por el simple hecho de haberse presentado, y haber conseguido mantener la compostura, se mereciera el cielo.
— ¿Cómo se llama tu empresa? —Le preguntó a Raphael.
—Branagan Enterprises—. Contestó él dejando su copa de vino sobre la mesa.
— ¿Eres muy rico?
—Algo, sí.
—Cariño –susurró Georgina—, recuerda que no es de buena educación preguntar ese tipo de cosas directamente.
—Si no pregunto directamente, nunca sabré la verdad. Es más rico que tú, ¿papá? –Phillip carraspeó.
—Tú deberías saberlo. Supuestamente estudiaste para trabajar en las empresas Calahan, pero no, te dedicaste a otras cosas.
—Entonces, si los dos aquí son muy ricos, entre los dos son más ricos aún. ¿Qué estrategias tienen para la labor social?
— ¿Perdón? –preguntó Phillip, exasperado.
—Todas las grandes empresas apoyan a fundaciones para ayudar a los menos favorecidos –miró a Raphael, que sonreía con la mirada—. ¿Lo hace tu empresa?
—Claro que sí. Como tú dices, es obligación. Casi exigido por el gobierno.
—Entonces puedes ayudarme.
—En lo que necesites, aunque no pareces una persona poco favorecida.
—Obviamente la ayuda no es para mí –contestó Heather molesta, dándose cuenta de que intentaban burlarse de ella, o peor, tratarla como a una niña que no debía meter su naricita en sus grandes asuntos—. Antes de irte, me gustaría que me dejaras la dirección de tu oficina, o la de la persona encargada en esa área.
—Sí, señora –contestó Raphael.
— ¿Qué planeas hacer? –preguntó Georgina, otra vez en un susurro. Era como si temiera que su voz se escuchara claramente.
—Ayudar a personas menos favorecidas, claro.
— ¡Muy loable! –exclamó Phillip, y aquello dijo claramente que pensaba que todo era un farol de su hija para echarse al bolsillo a su prometido, y él la apoyaba. Heather lo miró severa, como el niño que no sabe comportarse en la mesa. Tenía ochenta años, después de todo.
—No, no es para nada loable. Es triste. Tres personas aquí se pudren en dinero mientras que otros cientos allá afuera luchan para conseguir el pan diario.
—Querrás decir cuatro –la corrigió Raphael. Cuando ella lo miró confundida él se explicó—. Tú también te pudres en dinero. No sólo eres la única heredera de los Calahan, sino que, si todo sale bien, serás también la señora Branagan. Y tú precisamente no has hecho nada por los menos favorecidos—. Heather se mordió los labios. Él tenía un punto.
—Bueno, no es como si pudiera disponer de ese dinero –se defendió—. Más bien, acaban de reducir a la mitad mi mesada—. Fue turno de Phillip para explicarse.
—De alguna manera tenía que castigarte por tus locuras…
—Estamos cenando… —volvió a susurrar Georgina.
—Un castigo muy leve –dijo Raphael, ignorando a Georgina—. Yo habría sido más severo.
—Ah, eso es fácil de imaginar –rezongó Heather y esto provocó una sonrisa en Raphael. Heather, esta Heather, tenía chispa, una mente aguda y una lengua rápida. Miró sus labios con deseo de besarla, y al darse cuenta de la intensidad de su anhelo dejó de mirarla. Estaban cenando, y lo que él quería era ponerla sobre la mesa y subirle la falda. Tenía que controlarse, no podía dejar ver su debilidad. Esta Heather podía ser una fantástica actriz, y no quería pasar por tonto de nuevo por culpa de ella.
Cuando la cena hubo concluido, Heather hizo lo que sus padres esperaban de ella y acompañó a Raphael a subir a su auto. No sabía nada de marcas de coches, pero aquél parecía uno muy lujoso. Él sacó la llave de su bolsillo, pero en vez de encaminarse al coche, se giró a mirarla a ella.
—Estas muy guapa esta noche—. Aquello la tomó fuera de lugar.
—Eh… gracias –Él sonrió.
—Cualquiera diría que estás muy poco acostumbrada a los cumplidos—. Ella no dijo nada—. Si de verdad quieres jugar a la niña buena –dijo él buscando algo en el bolsillo de su chaqueta—, esta es la dirección de mi oficina. Allí puedes ir para hablar de tu proyecto de ayudar a los menos favorecidos.
Heather recibió la tarjeta, estampada en letras negras, simples, sin adornos.
— ¿Cómo se hizo rica tu familia?
— ¿Perdón? –preguntó él extrañado.
—Disculpa. Fue muy impertinente de mi parte.
—Bueno, es que, como dijo tu madre, esas preguntas no se hacen directamente.
—Dar rodeos sólo es perder el tiempo. Ir directo al grano te facilita bastante las cosas.
—Hablas como una abuela –sonrió él, y eso la hizo quedarse callada—. Pero contestando a tu pregunta, no fue tan espectacular. El abuelo se casó con una mujer cuyos padres tenían algo de capital, y montó un pequeño negocio con el que pudo darle una buena a educación a mi padre. Después él pudo hacer crecer ese negocio, hizo buenos amigos y buenos contactos, y entonces, con su matrimonio con mi madre aumentó su capital. Ya luego todo fue un camino ascendente hasta donde estamos ahora.
—Buenos matrimonios, buenos negocios –susurró Heather, con algo de rencor. Aquello era cierto. Los padres de la rubia y hermosa Cinthya tenían más o menos dinero; los de ella, en cambio, siempre habían sido unos pobres diablos que vivían de su trabajo, y apenas si pudieron pagarle la facultad de educación, y le tocó a ella trabajar duro para ganarse becas y mantenerse.
—Tal como haremos tú y yo, tal vez.
— ¿Por qué aceptas este matrimonio? ¿No podrías tú elegir a cualquier mujer en el mundo?
—Sí, podría –aceptó él—. Pero los negocios son los negocios, y si esto, de paso, hace feliz a mi padre, ¿por qué no?
—No hablas de tu abuelo.
—Él murió hace diez años –Heather alzó su mirada hasta él un poco impactada.
No supo qué pensar. Ralph había muerto hacía diez años y ella ni se había enterado. Tampoco sintió nada. Al no estar él en el mismo mundo que ella, si era su alma gemela, ella debió sentir algo, ¿no?
—Murió viejo y achacoso –siguió él—, pero había llevado una buena vida. Sólo tuvo a mi padre, así que también fui su único nieto, y, por ende, su favorito. Le encantaba ver que me parecía mucho a él—. Heather no lo pudo evitar y sonrió. Ella le habría dado diez hijos y cuarenta nietos. Pero bueno, eso ya no lo sabría nunca—. ¿Por qué sonríes así?
— ¿Así como? –preguntó ella, alarmada.
—Así como papá cuando le recuerdan los viejos tiempos.
—No sé de qué hablas. Me estás hablando de tu vida.
—Exacto. Aún estoy intrigado. Me llamaste “Ralph” y te desmayaste.
—Ni yo misma lo sé.
—No mientes tan bien como pensé.
— ¿Qué?
—Que al ser como eres pensé que eras también una mentirosa consumada, pero ahora mientes y yo lo puedo ver.
—Es tu problema si me crees o no –intentó girarse para internarse en la mansión, pero entonces él la tomó del brazo y la pegó a su cuerpo. Todas las terminaciones nerviosas del cuerpo de Heather se activaron, expectantes.
Alzó su mirada hasta sus ojos y encontró que él estudiaba sus labios, tenía la respiración agitada… y ella también, notó.
—Eres tan hermosa Heather –susurró él casi sobre sus labios. Como si se mandaran solas, sus manos rodearon su rostro, le acarició una de las cejas, y pasó la punta del dedo índice por la nariz. Lo sentía a lo largo de todo su cuerpo, del cuerpo de Heather, pero era Sam la que quería besarlo.
Una imagen de sí misma, anciana y fea, la espantó; como si en vez de la esbelta pelirroja, la que lo fuera a besar fuera la abuela, y dio un par de pasos alejándose. Aquello debía ser incesto.
Él la miró con una pregunta en los ojos. Había estado a punto de besarlo, lo sabía. ¿Por qué de un momento a otro se había arrepentido? Dejó salir el aire en un suspiro de decepción y se encaminó a su auto.
—Buenas noches –le dijo, y se sentó en el asiento del piloto, puso el auto en marcha y desapareció en la noche.
Heather masajeó su cuello con una mano y miró al cielo despejado. ¿Qué había estado a punto de hacer? ¡Iba a besar al novio de Heather!
Pero ahora era su novio, pensó.
Se iba a volver loca, definitiva y absolutamente.
Si la verdadera Heather volvía, pensó mientras atravesaba el umbral de la puerta, echaría todo a perder, con su forma de ser lo haría un infeliz para siempre, y no quería. Él era no sólo guapo y atractivo; era listo, educado, y sabía, buen chico. Buen hombre, se corrigió, aunque no sabía su edad.
—No importa su edad –se reprendió—. Tú ahora tienes veintitrés.
Pero se sentía de cien.