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Vicente estaba absolutamente asombrado.
¡Era ella!
¡Tenía que ser ella!
Parecía que había nacido dominante y arrogante.
¡Era justo la heroína que estaba buscando!
Estaba sin espíritu hace un momento, pero de repente se llenó de alubias.
Sujetó el ordenador con mucho ánimo, paseó por la habitación y se quedó mirando la imagen de la pantalla
