C5 4
Agarré un mom jean, junto con camisa básica blanca y unas zapatillas blancas. De accesorios un reloj blanco y un collar dorado. Justo cuando salía de mi habitación, él ya venía.
Se detuvo abruptamente al verme y por varios segundos, sentí que solo éramos nosotros dos, en una pequeña burbuja.
— ¿Y ahora?
—Ahora nos vamos —respondió, con su voz un poco más ronca de lo habitual.
El sonido de la puerta sonando insistentemente llamó mi atención.
¿Quién era ahora?
Pude ver de reojo como su cuerpo se tensaba y rápidamente fue hasta la puerta abrir.
¿Qué le sucedía?
Por lo ancho que era su espalda y su altura, no podía ver quién estaba detrás de la puerta, así que me acerqué, llevándome una gran sorpresa. El administrador del edificio en persona se encontraba del otro lado de ella.
Oh Alá, ayúdame a salir de esta —pensé para mis adentros.
—Buscamos a la Srta. Aslanbey.
—¿Quién es usted? —preguntó en un tono sofrío.
—El Sr. Franco, el administrador del edificio. He venido aquí para desalojar a la Srta. Aslanbey.
—¿Por qué?
—Falta de pago —le hizo una seña a un par de hombres y fue donde me di cuenta que no estaba solo, esos hombres, sacarían todas mis cosas a la calle.
Estaba por acercarme, pero el brazo de Leonardo me lo impidió.
—¿La sacará, así como así?
—Se retrasó con el pago, es mi trabajo.
¿Qué haría ahora?
—Aun no encuentro un lugar donde vivir, por favor deme un plazo de unos días para irme —rogué, sintiendo como mis ojos ardían debido a las lágrimas que querían salir.
—Zeynep. —Advirtió Leonardo—. Cállate.
—Lo siento, se acabó el plazo. Saquen todo.
— ¡No! —Grité, queriendo ir hasta ellos, pero el brazo de Leonardo me lo impedía.
Antes de que siquiera, se acercaran a nosotros, su profunda voz los detuvo.
—Entran y será el peor error de sus vidas.
—Leonardo —susurré sorprendida.
— ¿Quién te crees que eres para venir a ordenarles a mis hombres? —Le preguntó el Sr. Stuars—. Entren y saquen todas sus pertenencias… ¡Que entren les digo!
Leonardo agarró al Sr. Stuars de la camisa y lo estampó contra la pared. Ahogué un gemido al verlos.
La mirada de Leonardo estaba completamente oscura, me daba terror verlo así.
—Jamás en tu perra vida volverás a desautorizarme. —Indicó entre dientes—. ¿Quién me creó? —lo soltó bruscamente y goleó su mandíbula—. Tu jodido jefe, eso soy maldito estúpido.
— ¿Sr. Di Santi? ¿Leonardo Di Santi? —Preguntó atónito, volteó a ver a los hombres que asintieron con miedo—. N-No sabía…No lo sabía Sr. Di Santi. Solo habíamos tenido la oportunidad de hablar por teléfono…lo siento.
—Me importa una mierda tus disculpas. Quiero te largues y ojalá por tu bien, jamás vuelva a verte, porque si lo hago, será tu maldito fin, porquería.
De repente, varios hombres salieron del ascensor, los conocía, eran sus hombres, así que no me asusté.
—Sáquenlo de mi edificio. —Ordenó. Se acercó al hombre que estaba a su lado y le susurró un par de cosas—. A ellos también.
Todos se fueron y quedamos solamente los dos.
— ¿Por qué compraste este edificio? —fue lo primero que pregunté. No sabía que él era el dueño.
¿Acaso tenia tanto dinero para hacerlo?
Era el rey de la mafia italiana, idiota.
—No tengo porque darte explicaciones de mi vida.
— ¿Por qué comprar un edificio? ¿Por qué comprar el edificio en el que vivo?
—Deja tus cuestionamientos, no te creas importante porque no lo eres —Una forma es saberlo y otra cosa es escucharlo de sus labios, dolía y mucho—. Porque quise, punto.
Asentí entendiendo.
—Muchas gracias, que Alá te prospere siempre —asintió, mordiendo su labio inferior, ese pequeño gesto llamó totalmente mi atención.
Debería de ser un delito aquel gesto, Leonardo Lambert era pura tentación.
Líbrame de pensar cosas indebidas, Alá.
—Sobre el apartamen..
—Dame una semana para buscar un nuevo por favor, solo una semana —me apresuré en decir, no había cambiado nada, tenía que irme.
—No, Zeyn..
— ¿No? Entonces tres días, solo tres días.
—Tampoco, tú…
—No quiero aprovechar que conozco a tu familia, Por Alá nunca lo haría —lo interrumpí nuevamente.
— ¿Me dejaras hablar? —cuestionó enojado, asentí como una niña regañada.
No hacía falta que Leonardo gritara para darte miedo, intimidarte o incluso ponerte nerviosa, con su mirada y su voz era suficiente.
—Lo que quería decir, es que puedes quedarte en este apartamento, no te preocupes por la renta y por los servicios, solo preocúpate por estudiar y ya.
—No puedo aceptarlo.
—Claro que puedes y lo harás —expresó firme.
—No.
—Sí.
—Es que…no entiendo, ¿Por qué lo haces? —miré directamente sus ojos intentando encontrar alguna respuesta, pero como siempre, no demostraban nada, su mirada era neutra.
— ¿No puedes agradecer y ya? —Negué lentamente—. ¿Por qué?, ¿por qué quieres saber todo?
—Porque quiero confirmar algo, deseo hacerlo.
—¿El qué?
—Algo dentro de mí quiere confirmar algo tan imposible, pero que, a su vez puede ser tan posible como que Alá existe.
—Dime —susurró.
—Que soy importante para ti Leonardo, que, aunque siempre me ignoraste, siempre estuviste al pendiente de mí.
Por un momento pude ver algo en sus ojos, pude ver aquella puerta abierta, por un solo momento observé el tesoro que Leonardo guardaba entre candados, por un momento pude verlo sin ninguna restricción y por primera vez, pude ver cariño en sus ojos, pero solo fue eso. Un solo momento. Un instante donde pude ver su verdadero yo.