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"Olvida lo que dije, no quiero para siempre", suspira con los ojos permanentemente cerrados, "quiero un rapidito para el resto de mi vida".
Me río a pesar de que su erección me llena hasta las pelotas con la alarma de la nevera que por fin ha dejado de sonar; probablemente harta de su dueño por no darle importancia a la conservación de la energía o de los alimentos
