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Discutimos mucho durante las siguientes cuarenta horas. Eso, y mucho sexo también.
Es curioso lo agresivo que fui, debatiendo cada uno de los puntos que planteaba cuando se trataba de sus argumentos por los que deberíamos volver a intentarlo, y parecía que ganaba con mis refutaciones.
Pero cuando me hacía doblar los dedos de los pies con la lengua, o con los dedos, o con la aguja
