C7 Capítulo 7. Factor de incoherencia
Los aparatosos y sanguinarios ataques de los skarbers lograron finalmente el cometido de poner en crisis la confianza y seguridad ciudadana en todo el Orbe. La gente veía ese estado de cosas como un grave indicio de la debilidad del sistema, responsable natural de capturar y neutralizar a los disidentes.
La filosofía anti–punitiva gerita estipulaba que, por cuanto la mente humana concebía ideas malignas de continuo, no debían dejarse brechas al mal y si las había, no eran culpables lo que las aprovechaban, ellos solo llenaban un vacío. El verdadero culpable era el Estado napocrático, que tenía la obligación de anteponerse a los males y evitar el daño. Porque el terrorismo no era más que una expresión extrema de miedo social. Los criminales solo eran víctimas del temor residual que persistía en la especie. Ese era el principio social predominante.
Gormu se revolvía por dentro ante la absurda realidad del terrorismo, que tanto contrastaba con el ideal de paz eterna aprendido en toda su existencia. ¿Cómo era posible que una súper civilización con poder sobre la vida y la muerte, con capacidad tecnológica para trastornar de raíz la estructura del Sistema Solar y de la Galaxia, capaz de enviar naves de salto híper lumínico -sin tripulación- a los confines del universo, quedara paralizada de miedo por las acciones de un puñado de dementes?
Consideraba incauta la actuación del Estado, que no previó la germinación de la maldad y al cabo trató con demasiados remilgos a los delincuentes. Por otra parte, empero, Gormu comprendía que las reglas de vida en Geera resultaban razonables: no condenaban el homicidio porque el homicidio no era posible en esencia, al no ser posible la muerte. Y un mundo donde la muerte no tiene cabida, el hecho de que algunos intentaran matar a otros resultaba un sinsentido.
Así y todo, ese fue el modo irracional en que la población comenzó a temer que la muerte entrara de regreso al mundo. Y que no bastaran las pirámides ni las factorías de clones para restablecer la vida mediante la reencarnación del égom. Tal vez por ello sucedió como reza el proverbio: de tanto temer al final vino lo que se temía.
Un día martes de labor se saturó la transvisión con la noticia de que habría una sesión urgente del Senado. La convocaba una senadora llamada Ahm, quien había puesto una nota de alarma a oídos del presidente del Senado, sobre un asunto de extrema gravedad que se estaba suscitando. Viendo esto los ciudadanos se preguntaban qué asunto, que no conociera Síbil ni se pudiera sintonizar en transvisión, se proponía dilucidar la senadora ante el mundo. No se tenía la menor sospecha de lo que estaba por suceder.
De modo que en pocas horas todos los convocados, príncipes y senadores, volaron a nivel gisg, a la sede del Senado y uno tras otro tomaron asiento en sus curules y allí quedaron a la espera de lo que seguiría.
Cuando la senadora Ahm subió al estrado con paso vacilante, el mundo estaba con la respiración en suspenso, completamente predispuestos a lo peor, como en efecto sucedió. En rigor, la senadora anunció que las estructuras de hidrometal que conformaban el Orbe se estaban debilitando y que toda la macro estructura planetaria estaba por colapsar.
Así lo dijo, de sopetón y enseguida se detuvo, en espera de que todos asimilaran sus palabras. Palabras que, como era de esperar fueron tomadas como un mal chiste, o un síntoma de desorden mental en la señora. Y como cada quien por su lado le preguntaba a Síbil y Síbil estaba en ascuas con respecto a tan grave proclama, no había manera de tomar en serio la situación. No obstante, la senadora esperó paciente a que el barullo se calmara y pidió a todos una cuidadosa atención.
Dijo que algunos habitantes de nivel fam habían detectado, mientras volaban cerca del cielo, una sorprendente anomalía en algunos sitios de su cubierta: el hidrometal se estaba licuando. De modo lento, pero constante. Los ciudadanos que notaron el fenómeno prefirieron ir donde la senadora, que era su representante, con los detalles del suceso antes que comunicarlo al público, para que no cundiera el pánico.
– ¿Por qué Síbil no lo sabe? – preguntó Ahm y se respondió ella misma– Porque está programada para no cuestionar jamás la condición inexpugnable del Orbe. No se registró en su programa la posibilidad de tal peligro. Y Síbil no es más que una máquina. –la senadora dijo esto último con algo de embarazo como si en verdad temiera herir los sentimientos de Síbil– puede equivocarse.
Y aclaró que si el príncipe Vocero, en su calidad de gobernante, le pedía a Síbil hacer la revisión, seguramente se confirmaría la veracidad del hecho.
El príncipe Vocero, sin dudarlo ni un segundo, procedió según el pedido de la representante y le indicó a Síbil que se adecuara al asunto. Tras una breve pausa comenzaron a fluir las imágenes, confirmando el hecho. Los senadores y príncipes, de conjunto con los ciudadanos, apreciaron estupefactos la pormenorizada filmación del suceso, expandida en las pantallas holográficas. Era para muchos como mirar dentro de una pesadilla.
Los paneles que conformaban las cubiertas del Orbe, hechos de hidrometal, el material más resistente jamás conocido, estaban colapsando. Se escurrían realmente, por alguna misteriosa causa, en varios lugares, de manera lenta e inexorable, como hielo que se funde al calor del día.
Cuando Síbil terminó las verificaciones y cálculos, emitió su propio veredicto, dando por cierto el fenómeno y añadiendo que se extendía a todos los niveles. La transvisión del cónclave se saturó con el cacareo de los que pedían, ya mejores explicaciones, ya soluciones inmediatas al problema. Muchos simplemente balbuceaban su incomprensión. Si el ritmo de licuefacción del hidrometal no se detenía en pocas horas, sucedería lo inconcebible. El Orbe y sus niveles comenzarían a desmoronarse. Era la sentencia conclusiva que afloraba.
Mirando en la distancia aquellos minutos, Gormu cavila sobre la compleja naturaleza de los miedos humanos. El temor de aquellos instantes, que no era mero instinto de supervivencia ni la simple aprensión de ver destruido el mundo. Tampoco nadie temía perder la vida inmortal y sus prerrogativas.
Un espanto mayor se imponía: el horror de ver deshecha la simbiosis que articulaba a todos los humanos como un solo ente espiritual y biológico. De ver disueltos los enlaces sempiternos en los cuales la sociedad humana comulgaba y se realizaba. Comunión que solo podía formarse en siglos de convivencia y que, de destruirse el mundo, ni aun reconstruyéndose luego, se podría recuperar. Porque los hombres resucitan, pero cuando una civilización muere, ya no vuelve a renacer nunca más.
Nunca en la historia los seres humanos se vieron sumidos en semejante angustia. Gormu indagó con Síbil sobre el particular y Síbil le mostro referencias de lo sucedido centurias antes, las escenas previas a la Última Guerra Mundial. Ninguna de las situaciones se acercaba siquiera a lo que sucedía en aquel instante.
A los augures del fin de la civilización, sin embargo, todo ello les parecía un cumplimiento de las «Escrituras Bíblicas». Cierto es que para la mayoría de los geritas tales escritos no eran más que curiosidades arqueológicas; solo fueron útiles en la prehistoria, cuando la Muerte campeaba en el mundo y las religiones eran el único consuelo para superar el miedo de los hombres a enfrentarla.
Y será tiempo de angustia cual nunca hubo desde que están los hombres sobre la faz del mundo, ni lo habrá después, citaban los augures. Y contra toda lógica, siempre hallaban quien los escuchara.
También recuerda Gormu como en medio de la desesperación resonaban las más insensatas acusaciones por parte de algunos ciudadanos en contra del Senado, principalmente. Por no haber visto venir el peligro. Pero igual hubo peticiones de juzgar a los legadores del hidrometal y a los diseñadores de Síbil por negligencia y engaño al mundo. Y otras necedades por el estilo. Todo ello mientras las sentencias fatalistas de los profetas de la desgracia, –quienes sabían que esto iba a pasar–alcanzaban su cima.
Sin embargo, según recuerda Gormu, la mayoría de ciudadanos ecuánimes solo pedían un pronóstico inmediato de tiempo y posibilidades de salvación. Entonces Síbil invitaba a cada uno a que examinara y comprobara por sí mismo los vectores físico–matemáticos. No había error en los cómputos, ni salvación posible.
En esos momentos Gormu, lo mismo que la mayoría, sopesaba las fórmulas y temblaba como hoja de álamo en otoño. No era concebible un desastre mayor. Los basamentos del conglomerado se desleían a ojos vista y el pronóstico más reservado declaraba que si el proceso permanecía a ese ritmo antes de completarse una semana los niveles comenzarían a fracturarse y acabarían precipitándose unos sobre otros. Luego se haría pedazos todo el Orbe, viniéndose abajo los diseños geográficos, océanos y valles, desiertos, cordilleras montañosas, las enormes ciudades y sus billones de habitantes, ello en medio de un holocausto de fuego.
El impacto de las partes fracturadas del Orbe contra el Planeta Madre sería millones de veces más violento que el causado por el meteorito que extinguió a los dinosaurios. Haría explotar el núcleo terrestre, partiéndose el planeta mismo en grandes fragmentos, que al dispersarse acabarían golpeando a la Luna y la pondrían, probablemente, en una órbita errática de caída hacia el Sol.
Todas las propuestas de solución resultaban descabelladas. La menos delirante de las variantes analizadas, escapar en naves hacia la órbita, perdía sentido cuando se analizaba sobriamente: sería solo alargar la agonía de unos pocos. Porque si Síbil, el cerebro al mando del ingeverso y del mundo se quebraba, nada funcionaría afuera en medio del cosmos. Igual los pocos que escaparan estaban destinados a una muerte segura, sin sitio alguno donde aterrizar, teniendo como muro infranqueable la Frontera del Sueño.
El escenario, de cara a las horas subsiguientes, era sobrecogedor. La civilización gerita, la única existente en el universo conocido, estaba absurdamente condenada a sucumbir. Un estallido que liberaría billones de égoms, repentina y brutalmente, hacia la dimensión etérea, sin otra posibilidad que esperar un nuevo ciclo de creación cósmica, para, con buena suerte, volver a habitar en un mundo material.
La imaginación se abría a un torrente de consecuencias pavorosas. Entretanto alguien aseguró que se trataba de otro ataque de los skarbers. Y se vertieron supuestas evidencias de la implicación de los guerrilleros de Libertad Completa en la tragedia. Compulsados por la singular declaración, los senadores tomaron a los defensores de LC dentro del Senado, para someterlos a interrogatorio inmediato. El examen, obviamente, sirvió de poco. Fue más un barullo de gente amedrentada que un acto razonable. Los que apoyaban a LC confesaron bajo juramento que los skarbers no tenían nada que ver en este hecho.
La verdad es que tampoco era para creer que aquel minúsculo grupo de inconformes pudiera provocar un daño de esa magnitud. Aun así, mientras transcurría el interrogatorio grupos de ciudadanos movilizados de manera espontánea capturaron a algunos de los implicados en las conspiraciones que ya habían sido reprendidos antes y los arrastraron a las pirámides. Allí les separaron sus égoms del cuerpo para ponerlos en hibernación, indefinidamente. Síbil no intervino para impedir estos desatinos, esto porque, con el apocalipsis a las puertas, aún para el Cerebro del mundo, ya ninguna acción tenía sentido.
Se habló, no obstante, de juntar los troles que vagaban por el cosmos cercano para que sacaran las estructuras inestables y construyeran plataformas alternativas. Pero eran palabras huecas. Llevaría un tiempo con el cual no se contaba traer suficientes troles y montar de nuevo toda la infraestructura del Orbe. Un senador propuso fabricar paneles y cubiertas de otro material, pero Vocero y Ahm sonrieron con sarcasmo. Ningún otro material se equiparaba al hidrometal ni había tiempo ya de pensar tonterías, dijeron.
Al cabo de unas doce horas transcurridas, seguía firme la conclusión: no había manera humana de resolver la emergencia. Para hacer peor el momento Síbil anunció que según sus detectores, la velocidad de licuefacción de las cubiertas se estaba incrementando.
Entonces cesaron los comentarios en transvisión y entre los presentes en el senado. El mundo se sumió en un pesaroso silencio. El fin muchas veces anunciado, la hora del Juicio Final, estaba llegando, era inminente.
Entretanto el resignado silencio de las pantallas fue roto por la voz de un ciudadano que pedía, o más bien rogaba hacer uso de la palabra ante la audiencia senatorial. Y dado que no había nadie en turno ni con ganas de hablar, se le concedió en el acto. El ciudadano, oculto bajo cláusula de privacidad y por tanto con el rostro velado, se identificó como habitante de Selenia, sin dar más señas. Luego comenzó a rebatir los anuncios de Ahm y las conclusiones de Síbil y declaró, bajo todos los juramentos posibles, que lo que acontecía no era más que una enorme confusión.
Un millón de denuestos sarcásticos y hasta gritos ofensivos llovieron sobre el sujeto anónimo durante largos minutos. Le preguntaban si estaba ciego. Pero este continuó en sus trece, afirmando las mismas palabras. Solamente pedía una moción de receso para tener tiempo de llegar hasta nivel gisg y entrevistarse en privado con la senadora Ahm, sin la intervención de Síbil, aclaró.
–Por supuesto. –autorizó Vocero en tono jocoso– Aceptada la moción. Ya estamos en receso y quizá lo estaremos por mucho tiempo…
Sonrió, lo cual para algunos fue una burla inoportuna. Pues cierto tono de convicción había en la voz del selenita.
Una hora después tuvo comienzo la tal entrevista, que se extendió por otra media hora interminable, con la ciudadanía atenta a los resultados.
Fue a la propia senadora Amh quien, al término de la extraña reunión, salió del camerino con paso resuelto y pidió licencia a Vocero para hablar desde el estrado. Tosió varias veces antes de emitir sus palabras. Se le veía un tanto desconcertada.
–Quiero disculparme con los ciudadanos de Geera y con esta Asamblea, –dijo por fin afirmando la voz–porque aprecié mal los hechos que están aconteciendo. Me retracto de todo lo que dije y retiro la voz de alarma.
Otra vez las audiencias comenzaban a rugir su disgusto, pero Ahm hizo un gesto impreciso y se impuso el silencio.
– ¡No importa lo que vean en las imágenes! –exclamó– Ni importa lo que les muestre Síbil, ni lo que palpen los testigos en cada lugar: no hay peligro real de destrucción de las cubiertas ni de los paneles. No se están derritiendo, ni es real la licuefacción. Lo que observan son procesos normales del hidrometal, lo cual puedo demostrar y de seguro lo haré en los próximos minutos.
Ahm estaba inclinada sobre el estrado en una pose que remarcaba la autoridad de sus palabras.
–Insisto, no hay nada que temer. Ahora les ruego que todos respiremos tranquilamente y agradezcamos a la vida…o a quien sea, por esto. Y que nunca más volvamos a sentirnos angustiados. Porque no ha sucedido, ni nunca sucederá un desastre de esa naturaleza en nuestra amada Geera. ¡Crean esto con todas sus fuerzas! Gracias.
Y sucedió que, en inmediata obediencia a la súplica de la senadora, –que no le mentiría jamás a sus representados–, los pueblos del conglomerado respiraron tranquilamente, o al menos lo intentaron. Y la esperanza se instaló en cada rostro, pese a tener en retina las imágenes directas de la desintegración de los paneles. La gente simplemente le creyó a Ahm, quien, además, había prometido dar sin tardanza evidencias palpables de lo que decía. Cada uno esperó con serena paciencia.
Pronto llegaron nuevas imágenes desde nivel fam: extrañamente, el hidrometal de su cielo había parado de derretirse. Los testigos directos se hallaban revisando prolijamente cada resquicio, para constatar no solo el detenimiento del fenómeno sino su reversión positiva. Los socavones y las grietas que ya se habían formado se restauraban por si solos.
En los dos días subsiguientes llegaron continuas confirmaciones de la reversión, hasta que amaneció el tercer día y ya no había residuos de hidrometal licuado en ninguna de las cubiertas, ni en ninguna parte del Orbe. El fenómeno, fuera lo que fuese que había sucedido, no solo se había detenido, sino que se había vuelto atrás completamente.
Por transvisión se escuchó la palabra milagro, que comenzó a correr de boca en boca.
Gormu trae a su memoria como al escuchar la nota positiva de Síbil, declarando de nuevo la normalidad, saltó de su curul para meterse en el tumulto de senadores, abrazados entre sí. Lo mismo hacía la gente en las calles, por todo el conglomerado: se abrazaban y se besaban, en raptos de súbita alegría. Los profetas del fin, por su parte, intentaron colar a Dios en el asunto e incluso declararon al selenita anónimo como su «Salvador enviado». Por suerte la ecuánime mayoría de ciudadanos declinó entrometer al formidable personaje en la cómoda libertad del conglomerado.
Y no demoraron en exigirle al Senado que hiciera público de inmediato lo conversado entre la senadora Ahm y el misterioso ciudadano luniense.
–Factor de incoherencia. –refirió la senadora cuando estuvo de nuevo en el estrado. –Así se denomina al fenómeno acontecido. –Las cubiertas de hidrometal en realidad sí estuvieron licuándose.
Hubo un murmullo general de asombro. Pero Ahm prosiguió imperturbable.
– A pesar de su fama de material indestructible, el hidrometal tiene una debilidad que desconocíamos: es sensible al flujo de psicones que emiten nuestras mentes.
Las ondas psi de un solo ser humano o de un puñado de ellos son tan débiles que apenas influyen en el entorno, se pueden considerar inocuas. Pero si se suman billones de mentes pensando en el fin del mundo y esperando resignadamente la destrucción de todo, entonces el efecto destructivo de los psicones se amplifica hasta volverse una fuerza colosal.
–La posibilidad de un fin catastrófico de la vida– siguió diciendo la senadora –anunciada por los augures y creída por muchos, nos pre–condicionó para sentir miedo. Más tarde la aparición de los skarbers de LC y sus atrocidades concretó ese miedo, que creció con cada atrocidad cometida. Instintivamente comenzamos a temer por los fundamentos mismos de la civilización. Si por acción del ingeverso maligno creado por ellos se dañaban los basamentos del Orbe o se quebraban las cubiertas, nuestra inmortalidad no valdría de nada. Sería el fin real de nuestro mundo.
–Fue este miedo incrementado exponencialmente lo que provocó el flujo masivo de ondas psi que influyeron de modo funesto en el hidrometal, en su composición cuántica. Permítanme extenderme en este detalle.
Todos aguzaron el oído a las palabras de Ahm. Gormu sabía de hecho que existían las ondas psi, o psicones. Pero no más.
–Existe un principio cardinal de la Física, que algunos aprendimos en la escuela, el de mutabilidad cuántica de la materia, cuyo lema reza: «Al final de TODO no hay NADA». Significa que la materia tiene un umbral a partir del cual desaparece, o muta. Y ese umbral lo constituye una partícula muy peculiar, el kart, que es indivisible, que no puede ser «dos», sino solo «uno». Y tan tozuda es esta partícula en su empeño de ser solo «uno», que, si se intenta dividirla, según la fórmula de masa dividida por infinito es igual a cero, esta partícula desaparece. La muy rebelde simple y llanamente deja de existir.
– Ahora bien, broma aparte, –continúa la senadora– el meollo de esta cuestión es que el psicón, una partícula que se genera en nuestras mentes por la interacción entre el égom y la red neuronal, a medio camino entre el mundo real y el de las hipótesis, posee energía suficiente para dividir estos karts y hacer que desaparezcan y con ello desestabiliza la materia. O puede suceder a la inversa. Los psicones pueden crear materia, directamente de la nada.
Y si el psicón desintegra la materia y puede integrarla otra vez, directamente y a partir de la nada, significa que la base de nuestro mundo es la Idea. Que el origen mismo de la materia está en la nada y para construir cualquier realidad basta con la nada como materia prima. Es todavía, por cierto, muy enconado el debate en nuestras academias sobre si la Idea es la base de lo existente o la materia lo es.
Pero, en conclusión, lo que quiero que entiendan es que toda nuestra realidad se encuentra bajo la influencia directa de las ondas mentales. Un potente flujo de psicones, una idea poderosamente entronizada, puede formar objetos antes inexistentes o disipar de la realidad cosas que antes eran reales. Aunque en la práctica ello no tiene una incidencia relevante. Sin embargo, sucedió algo extraordinario en estos días: la confluencia negativa de las ondas mentales de billones de personas, incitadas por los agoreros del mal, a imaginar y a temer la destrucción posible del Orbe. Fue esto lo que produjo la licuefacción del hidrometal.
En cuanto al término «Factor de incoherencia», proviene de la era primitiva. Cuando cierto investigador de lo paranormal comprobó que el pensamiento podía influir en la realidad de las cosas, ya de manera positiva, o ya de manera trastornadora. Pero este precursor no tuvo buena acogida entre los hombres de ciencia de entonces y al exponer frente a los académicos el resultado de sus experimentos, solo obtuvo que sus palabras fueran calificadas como «un montón de ideas incoherentes». Y amargado por su fracaso, el pobre hombre bautizó el fenómeno observado en su laboratorio como «Factor de Incoherencia».
–Nuestro amigo selenita tuvo una corazonada maravillosa. Mientras me escuchaba hablar aquí y veía como el mundo se sumía en la desesperanza por causa de mis palabras, percibió que en los medidores la velocidad de licuefacción del hidrometal aumentaba dramáticamente. Y con sólo esa chispa de intuición decidió arriesgarse. Intervino de la manera que vimos y ya a solas conmigo me expuso su teoría y me convidó a retractarme y a declarar la buenaventura. Ese fue el contenido de nuestra conversación secreta.
–Mi primera reacción fue negarme de plano. No iba a mentirle al pueblo. Jamás lo he hecho. Pero el selenita me apremió, preguntándome si tenía una solución mejor a mano, o si mi moral y mi prestigio eran más importantes que los destinos del conglomerado. Ante tamaña disyuntiva decidí secundarlo. Y así sucedió que al término de mi segundo discurso cesó de golpe el proceso de licuefacción y la teoría del selenita se confirmó.
Otra vez un mar de murmullos llenó los espacios del anfiteatro. Mil preguntas más se juntaron en una sola. Y Ahm respondió con seguridad.
–No hay peligro de que el proceso se reinicie. Pues la causa del percance fue una inusual acumulación de miedo en demasiada gente. Porque el pueblo acaba de escuchar la verdad y recién aprendemos que no es conveniente estar pesimistas ni asustados. No existen razones para ello. Ya vieron por si mismos que estar medrosos le hace daño al mundo y a las cosas que están en él. Nadie volverá a asustarnos, nadie podrá generar un pesimismo suficiente, aunque así lo quisiera, para dañar de nuevo las estructuras planetarias…
Las audiencias interna y externa se juntaron en una larga ovación. Otra vez hubo abrazos y frases de mutua congratulación.
– Todo está dicho. –concluyó el príncipe Vocero, dando cierre a la más prolongada y turbulenta sesión del Senado gerita en toda su historia.
Antes, invitó a los ciudadanos a estar tranquilos y a evocar los mejores pensamientos posibles.