C8 Capítulo 8 El lugar secreto
Dwila ha permanecido por una hora sumergida en la bañera, dormitando dentro del gel opalino. Al salir, su aspecto es radicalmente opuesto al verde del día anterior. Ahora luce un fenotipo camítico, con tonos como de chocolate derretido en la piel. Sus pupilas amarillas se complementan con unas largas y negras pestañas y en las manos uñas igual de largas que le confieren un aire provocador.
La mañana comienza con la imagen de Síbil recorriendo las estancias del palacio, en función de despertador.
–Aprende algo nuevo hoy. No dejes que pase el miércoles sin aprender–repite cada cierto lapso de tiempo.
Dwila ha formado una nube blanca del ingeverso, en forma de sillón y se sube a ella, desnuda y con las largas y sensuales piernas cruzadas. Así, montada en su nube entra al cuarto de desayuno. Gormu ya está allí, masticando hollejos de naranja, distraídamente. Sucede lo que Dwila astutamente ha previsto. Cuando se vuelve a verla, Gormu sencillamente se queda paralizado.
–Al menos debes decir ¡wow!, cuando ves una mujer así–le recrimina sonriente, mientras su nube gira en torno a él.
–Sherezada. –balbucea Gormu–El mundo al revés.
– ¿Qué dices? No entiendo tus murmullos…
–Que pones mi mundo de cabeza–suspira el Almirante.
–Es intencional.
Gormu cambia su mirada lujuriosa y se instala otra, indiferente. Reprime sus apetitos, pese a que el corazón se le encoge dentro del pecho, por el esfuerzo.
– ¿Cuál es el plan para hoy? –pregunta –Supongo que no te has acicalado tanto solo para seguir oyendo mis historias.
–Aprende algo nuevo hoy. No dejes que pase un miércoles sin aprender.
La estela fantasmal de Síbil se detiene delante de ellos y hace una leve reverencia. Esa mañana se muestra en la apariencia de una campesina del medioevo.
–Es miércoles, mis queridísimos. ¿Qué se les ocurre aprender hoy, alguna petición particular? Tengo ofertas interesantes, puedo contarles sobre los druidas, un pueblo muy peculiar…
–Síbil…
Síbil se detiene y su boca queda abierta, con una sílaba a mitad de recorrido. Su ceño, ligeramente fruncido, indica incomodidad.
–No sé si te has percatado, querida, –le requiere Dwila, picada–pero estamos desayunando.
–Oh. –Síbil redondea la boca–Me he percatado.
–Es una lástima que no puedas comerte un bocadillo con nosotros. –Dwila insiste en fastidiarla –Aunque bien podías intentarlo.
Síbil hace un gesto turbio. Su cara enrojece de vergüenza. O de cólera. Aplaude a Dwila.
–Muy bueno el chiste. Pero no está lejos el día en que lo haré.
–Huy. Parece una amenaza.
–Basta. –Gormu interviene para separar a las «contendientes» y aclara: –Síbil, ya tenemos un plan para hoy. Le contaré a esta jovencita sobre los viajes virtuales en el tiempo y sobre mi madre.
–No entiendo la relación, pero…adelante. ¿Y qué aprenderás tú? –sondea Síbil.
–Le daré una clase práctica–irrumpe Dwila, adelantando los turgentes pechos–…de sexo egómico.
–Oh. –Síbil cubre su boca con la mano y parece que se aguanta la risa, luego hace un gesto de despedida–Suerte con eso.
Y desaparece.
Dwila se baja de la nube y extiende los brazos en cruz. El ingeverso le cubre rápidamente el cuerpo con un tejido grueso de edredón. Se acerca luego al Almirante y le agarra del brazo.
–Seamos buenos y responsables –aconseja burlona mientras le arrastra hacia el patio interior del palacio.
Bandadas de palomas multicolores alzan el vuelo cuando entran al patio. Unos loros parlantes se dan a lanzarles cómicos improperios, con voz carrasposa. Hay un par de hamacas de algodón, colgadas entre manzanos a orillas del estanque central esperando por ellos. Allí se tienden, al aire de la tarde nublada y calurosa.
Dwila tiene una pregunta en prioridad.
– ¿Por qué es tan engorroso el asunto de la renovación y siempre hay que ir a las pirámides? ¿No sería mejor cambiar de cuerpo sin necesidad de salir de casa?
Gormu comprende su ingenuidad. Es demasiado joven para conocer todo. Va a responderle lo que cualquiera diría, lo que todos saben, pero en un momento se detiene a cavilar, acariciándose la barbilla con la mano.
–Cierto. ¿Por qué no hacerlo en casa? ¿Por qué el Estado debe centralizar una cosa tan…personal como la renovación? ¿No pudiéramos encargar un clon a domicilio y renovar en nuestra cámara privada?
–También es molesto eso de encargar un clon. –lo corrige Dwila, haciendo un mohín de pesadumbre. –Nunca sabes en realidad qué es lo que te venden. ¿No sería mejor hacer el clon en casa?
Gormu queda desconcertado ante la pregunta. Pero el leve parpadeo intermitente en el ojo derecho de Dwila indica que está sinceramente preocupada por aquel asunto.
–En verdad…pensándolo bien…
– ¿Ahora balbuceas? ¿No debieras mejor ocuparte del problema? Pues para eso eres príncipe y Almirante y todo eso…
Gormu se acomoda los brazos tras la nuca, sin dejar de mirarla.
– ¿Por qué has dicho a Síbil que me enseñarías sobre los viajes virtuales? –pregunta Dwila– Tengo entendido que aborreces viajar en el tiempo. Que solo probaste una vez y no te fue bien. Cuéntame, ¿qué encontraste allá en tu pasado que te hizo desistir de volver?
–Es un buen tema. –Gormu sonríe. Luego se mece un poco en la hamaca. –Resulta que en los tiempos primeros no había mucha demanda de este servicio. Era extremadamente costoso, además poco confiable. Tener que gastarse una fortuna solo para ir a tontear en medio de realidades incomprensibles y tal vez imprecisas. No parecía muy sensato. Con todo, hice mi viaje al pasado. Tenía comezón por asomarme al momento de mi nacimiento.
Aterricé en una sala de hospital. Suspendido en el aire, frente a una mujer que yacía sobre una mesa, rodeada por personas en batas blancas. A la mujer la reconocí de inmediato. Era mi madre, Baola. Le hacían el trabajo de «parto», (en aquella sociedad primitiva era así como se traían hijos a la vida, de una manera dolorosa y cruel). En ese preciso instante Baola me daba a luz a mí. Mi pequeña cabeza ya se asomaba por la apertura vaginal. Así que me vi saliendo envuelto en fluidos viscosos y casi entré en pánico de pensar que aquel ser pavorosamente estrujado era yo.
Esa visión desagradable no fue lo peor. Peor era el ambiente opresivo en el lugar y algo ominoso en el entorno me impulsaba a dejar de mirar y escapar. Supe, por lo que conversaban los médicos, que mi madre acababa de romper relaciones con mi progenitor. Y su resentimiento hacia él por haberla abandonado la tenía en un limbo de amargura, resentida por compartir un hijo con el hombre a quien ahora odiaba con todo su ser. Su furia agostaba casi completamente su instinto maternal. Y sus manos crispadas, su faz retorcida y luego los ojos fijos en la nada mientras yo, su hijo primogénito pegaba mi horrible grito de entrada al mundo, fue una imagen que no hubiese querido ver jamás.
Supongo que más tarde esa pesada carga negativa afloró en mi vida, se quedó dormitando en mi égom, marcando mi suerte. Según me ha contado Síbil yo fui en mi primera vida un niño desventurado, en medio de una familia fraccionada y escasa de afectos filiales.
Puedo decir que mientras estaba allí, suspendido mirándome a mí mismo, hubiera dado lo que fuera por borrar ese instante, por cambiar esa realidad de mi pasado. Pero el pasado es un hecho consumado, invariable. No hay nada que puedas hacer para repararlo. Decidí entonces no volver a husmear nunca más en él.
Como resultado de aquel viaje estuve deprimido muchos días. Me sobrevino un mortal abatimiento, como sombra de ave carroñera. De pronto me sentía a disgusto con mi existencia inmortal y renegué sinceramente de seguir alargando mi vida. Ello a pesar que mi vida era aceptablemente feliz hasta entonces e incluso lucía un cuerpo primoroso, envidiable. Pero deseaba la muerte. Y el hecho de no poder alcanzarla me hacía desesperarme aún más.
No recuerdo cuánto duró ese estado depresivo. Un día abrí milagrosamente los ojos a la cordura y volví a reconocerme. Y comprendí que morir no será un descanso para mí, ni para nadie, porque el égom no puede extinguirse y no tengo intención alguna de vagar sin sentido por regiones etéreas, en el puro égom.
Mejor gozando que flotando, me dije entonces. Y me dediqué a trabajar por mi futuro, dejando que el pasado siguiera siendo lo que era.
– ¿Significa que todavía reniegas tu pasado? –pregunta Dwila, con ánimo despierto.
Demora en responder. Sin embargo, ella acerca su hamaca y se vuelca sobre él. Con su dedo índice toca delicadamente la punta de la nariz de Gormu y la empuja con levedad. Luego el dorso de su mano le acaricia el contorno del rostro, tiernamente.
– ¿Aborreces tu vida pasada? – insiste.
–Ya no lo hago. –Gormu responde con cautela. No está seguro de ser sincero, pero continúa. –Sé que no sería quien soy sin mi pasado y si no hubiera tenido algo por lo cual luchar. Considero que tiene que haber siempre una espina de dolor, que nos mantenga despiertos los deseos de alcanzar nuestros propósitos. Por otra parte, todos mis sueños están cumplidos y sobrepasados, salvo uno claro…–se detiene, dudando si continuar, pero no logra refrenar sus palabras– Amo a Xena porque, entre otras cosas, mantiene mi conciencia despierta, ella es… como el Santo Grial que persigo, según suele decir un entrañable amigo mío.
En los días posteriores a la resurrección me preguntaba si no me asquearía un buen día de mi inmortalidad. Temía mirar hacia delante. ¿Qué iba a hacer cuando tuviera tantas vivencias acumuladas que me fueran un peso molesto para cargar? Esa imagen me parecía desoladora. Me veía a mí mismo andar con la cabeza muy pesada y bamboleante debido a tantos recuerdos.
Entonces ni imaginaba que mis vivencias y experiencias, como las de todos, se depurarían por si solas e irían quedando atrás, como el agua de un río que fluye y ya no vuelve. Que los únicos recuerdos que se nos quedan son los que decidimos mantener vivos.
–Pero tu familia vino con la resurrección. –tantea Dwila. –Supongo que hubo un reencuentro con tus parientes, o algo así.
–Vinieron con la resurrección, sin dudas, aunque no todos. Mi madre y mis dos hermanas vinieron. Pero, por ejemplo, no apareció mi padre. Mi madre y mis hermanas ni pensaron en buscarme en los primeros tiempos. Ya porque los recuerdos traídos de su vida anterior estaban incompletos, ya porque se convencieron de que mi égom y el mi padre se habían perdido de algún modo. Así pues, se dedicaron a gozar su nueva existencia en el mundo sin animarse en serio a confirmar si yo estaba presente en él. Fui yo quien las encontró, ya avanzado el milenio.
Con una mano Dwila trata de embutirle una confitura, mientras los dedos de la otra mano retozan entre los cabellos grisáceos del Almirante.
–Nunca me has dicho como fue tu primer encuentro con ellas, después de saberlas resucitadas.
–Mi madre, –explica Gormu–se asentó con mis hermanas y otros parientes en nivel drux, en el país del Trópico. Por apego a su origen. Porque originalmente vivíamos en una isla, situada en una zona de la antigua geografía, llamada Trópico de Cáncer.