C9 Capítulo 9. Baola
Desde que supe dónde estaban hasta que me decidí a visitarlas pasaron años. Solamente cuando mis recuerdos amargos se diluyeron lo suficiente fui donde ellas con intención de rehacer el vínculo de familia. Al llegar me las topé en compañía de una parentela alegre y bulliciosa. Se ocupaban en realizar los sueños simples de la vida primera: fomentar las antiguas costumbres, criar hijos, avivar supersticiones, comadrear, asistir a fiestas de boda y cumpleaños y seguir de cerca las cuitas y pendencias maritales…De esa manera insulsa gastaban mis parientes su tiempo y la juventud inagotable que ahora tenían. Con todo, sentí un vivo deseo de quedarme allí para siempre.
Baola me recibió con extrañeza e igual de azorada escuchó mi planteamiento de que yo era su hijo. No guardaba vivencias de su otra vida, lo cual era muy común en los resucitados. Sin embargo, su amnesia no era absoluta, pues en cuanto Síbil le mostró mis fotografías de infancia, Baola tuvo un estremecimiento y se echó a llorar, afligida.
Ya recuperada, pasó rato rescatando detalles de nuestra vida anterior. Asombrosamente Baola pudo vadear muchos de sus olvidos y conectar con una parte sustancial de su vida anterior. Se alegró cuando le sugerí que nos uniéramos de nuevo como familia.
Mis hermanas aparecieron muy joviales para preguntarme sobre mi estatus social y el número de créditos con que contaba. Cuando les hablé de mi trabajo y de mis posibilidades económicas se animaron a una larga cháchara conmigo. Quedé anonadado de su interés desnudo en apartar a un lado a quien no le reportase beneficio; su miseria de ideas, su mezquindad de afectos.
De todo ello, en especial del carácter de mis hermanas, Síbil me había advertido. Pese a poseer las hermosas casas del estilo y del tamaño que soñaron, (las mismas que le construyen a cualquier habitante del conglomerado sin que deba pagar créditos por ello) y todo el bien necesario para una vida de confort, su noción de la realidad era equivocada y superficial.
Pero se trataba de mis amados parientes, a los cuales anhelaba encontrar hace mucho tiempo. Esperanzado, me propuse mejorarles su perspectiva de la existencia, desarraigarlos de su modo de vegetar sin propósito y sin un plan, sin siquiera el anhelo a largo plazo de subir un peldaño en la escalinata de la felicidad. Así que estuve muchos días entre ellos. Les alegré la vida con mis recursos en la medida que yo me alegraba con el simple hecho de estar entre ellos. Fue especialmente gratificante reconectarme con los lugares de mi niñez, que ellos habían reconstruido de manera fiel.
Más mi intento de acomodarme entre mis parientes resultó malogrado. Lo real es que vivir en una hacienda no me resultaba atractivo A los seis meses exactos desistí de mi plan inicial y dejé aquel lugar.
Por fortuna la distancia entre mi madre y yo siguió disminuyendo. El río de la memoria no había podido llevarse del todo los recuerdos sobre su hijo primogénito, que iban regresando. Mis hermanas, empero, una vez que saciaron sus ansias de saber sobre mi vida y mis logros se sumieron en la indiferencia absoluta. Supongo que la eternización de sus vidas conllevó también a la eternización de sus carencias afectivas.
Yo, como habrás notado, tenía un tremendo conflicto de identidad. Según las palabras de Baola había sido un niño con sueños gigantes. Un soñador empedernido, hasta alcanzar la adultez. Sin embargo, la imposibilidad de realizar siquiera el menor de mis sueños, hizo de mí un ser esquivo, deprimido y deprimente. Siempre andaba urdiendo algún un plan para escapar de mi realidad y desaparecer de entre los vivos.
Reprochaba a mis progenitores por haberme traído al mundo. Y algo de eso me perduraba en el égom al momento de resucitar. Yo había hecho el viaje de retorno al pasado para mirar en aquella realidad aproximada y tratar de comprenderla. Y comprenderme a mí mismo. Pero el intento solo revivió mis preguntas de antes. ¿Por qué me concibieron mis padres, condenándome a una vida de desdichas? ¿Por qué no me dejaron nonato en la oscuridad de la inexistencia?
Baola vive actualmente en nivel drux, en el país de la Música. Tiene sus amoríos y vive a plenitud sus aventuras. Nos visitamos y solemos conversar largas horas. Me consuela que trate de enmendar a su modo el comportamiento poco maternal que tuviera respecto a mí en la otra vida. En mí ya no hay reproches. De pronto el saber que he venido al mundo por su causa me hace estarle agradecido. Entiendo que no tuvo la libertad de ser así en su primera vida, cuando la desdicha, el miedo y el abandono la dañaron de un modo terrible.
…
–Demasiadas tormentas en tu cabeza –admite finalmente Dwila desistiendo de embutirle otra confitura. Coloca los pies en el suelo de losas esmaltadas. Luego se estira, arqueando la espalda como un felino, mientras bosteza de modo ruidoso –Terminó el aprendizaje. ¡Hora de relajarse! – ¿Te gustaría un paseo a caballo? Conozco cierto lugar secreto, si te interesa.
–Me interesa. –acepta Gormu– Pero no será nada que no haya visto, te lo aseguro. Conozco estas regiones al dedillo.
–El lugar no lo ha visto casi nadie. –afirma Dwila–Te sorprenderás…
Pocos minutos después los nápers sirvientes, responsables del cuidado de los caballos traen de la rienda dos magníficos corceles árabes, de hirsutas crines. Sus poderosos cascos resuenan sobre el enlosado del patio. Dwila escoge el de color blanco y le cede el de pelambre azabache a su compañero. La joven jinete salta con ímpetu y queda a horcajadas sobre su equino mientras Gormu se sube al suyo con calmada parsimonia. Dwila viste un sari oscuro y lleva suelto el cabello. Gormu se atavía con un satg, blanco como la nieve, a la manera de los primitivos saudíes.
–¡Vamos! –Dwila pica los ijares de corcel, que sale a todo galope.
–¿A qué tanto apuro? –grita Gormu detrás de ella, azotando las riendas.
–Te sorprenderás, lo sé. –vuelve a advertirle Dwila, cuando logra darle alcance.
Cabalgan rodeando la costa, por el borde de los altos acantilados, durante casi media hora. Finalmente descienden por un risco y el océano se les interpone, deteniéndoles. Abandonan sus cabalgaduras sobre la franja arenosa, a pocos pasos de la orilla. El mar se ve sereno y a corta distancia orlan botecillos con pescadores atentos a sus cañas, en mero afán de entretenerse. Las velas blancas destellan flácidas bajo la luz difusa del atardecer, e insistentes bandadas de gaviotas y pelícanos los acompañan, revoloteando ruidosamente.
Gormu deja las riendas y palmea en las ancas de los corceles, que se alejan por la rivera.
–Ya he estado aquí, cielo. –proclama de modo fehaciente.
Por toda respuesta Dwila le toma del brazo y lo lleva unos veinte pasos adelante. De repente se detiene y señala al horizonte.
– ¿Alguna vez viste esto? –pregunta.
Dwila señala el mar delante de ambos y Gormu queda pasmado al mirar. El habitual océano rojo ya no está. Justo en aquel punto las aguas color azul intenso. Solo cuando el Almirante vuelve sobre sus pasos el océano recupera el color rojo habitual. Así pues, el fenómeno solo tiene lugar en el sitio en que Dwila lo ha colocado.
– ¿Es acaso un portal a otro mundo? –pregunta Gormu, perplejo.
–No. –sonríe Dwila–Es un efecto de refracción. Algo extraño, pero muy natural.
–Es raro en verdad, tu sitio secreto.
Pero mientras Gormu contempla el océano azul y se pregunta cómo es que no lo descubrió antes, Dwila se desnuda del sari y corre por delante de él a meterse entre las olas. Luego, metida ya entre las aguas, le grita para que se le sume. Gormu fuerza la visión interior para traer a Xena a sus pupilas y abortar la tentación que le viene. Más no lo consigue. La figura desnuda de Dwila, en las aguas azules, borra todo lo demás, como un disparo mortal a la memoria. Él también se desnuda de su túnica. Y corre hacia las aguas.
No existe el país de Arena ni sus habitantes. Solo aquel ser prodigiosamente conformado que bracea a medio cuerpo entre las olas. El choque es inevitable. Los labios se juntan. Un abrazo desbordado y la sangre fluyéndoles con tal energía cual si libraran una batalla por la supervivencia.
Después una larga sucesión de espasmos de placer, con las manos fuertemente entrelazadas, llegan oleadas de fuego y hielo produciendo una satisfacción en que les hace gemir de modo continuo…hasta que todo se ilumina dentro de sus mentes y explotan sus sentidos en un estallido de felicidad. Es el Valhalla.
…
– ¿No te arrepientes de lo que hicimos? –pregunta Dwila, una vez de vuelta en el palacio.
– ¿Cómo podría? –responde el Almirante, con semblante dichoso.
– ¿Aunque corras el riesgo de enamorarte de mí?
–Ni aun en ese caso. Me he sentido tan… aliviado.
– ¿Aliviado? –bufa Dwila y se aparta– Vaya, esperé dijeras algo más acorde con tu excitación, pero si al menos te he servido de alivio…
–Por favor no te enfades. – le ruega– Quizá no sea la palabra adecuada, pero no sé qué otra cosa decir.
Por un momento Dwila parece que desatará su furia, como súbito viento de tempestad. Sin embargo, se recompone.
– ¿Porque habría de enfadarme? –dice–Has sido sincero y sin dudas tienes apego a esa mujer a la que no renuncias, aunque juegues con los sentimientos de otra. Estaba preparada. Así que borremos todo, volvamos a la realidad y pasemos a la próxima historia que nos tiene preparada, príncipe Almirante Basailk…
Sin embargo, se van por caminos opuestos dentro del palacio y hasta que cae la noche no se vuelven a dirigir la palabra. La repentina hosquedad de Dwila hace a Gormu sentirse arrepentido, por haber cedido a sus demandas. Otra vez la angustia por Xena y sus recuerdos de vida en común lo atacan y atan una cuerda alrededor de su alma. Se siente infame por romperle el corazón a una dama de solo veintiún años.
De cualquier modo, al anochecer los vientos de pasión se han calmado y se sientan uno frente al otro en el salón. Dwila le pide mil perdones por su anterior arrebato y cuando él va a replicar le hace un gesto de dejar atrás el tema. Suplica que le cuente sobre la manera en que consiguió su título de príncipe.
Gormu titubea, conmovido por su repentina mansedumbre, sin saber qué palabras decir que no la incomoden. Luego de emitir algunos balbuceos incoherentes se recompone y responde al reclamo de la joven.
–Ajá. Es una historia azarosa. Estuve toda una vida estancado, diseñando parques convencionales, hasta que se me ocurrió fundar Animalia…
– ¿Eres el creador de Animalia? –se asombra Dwila y enseguida se compunge –La verdad es que Samul no me contó esa parte. Es algo…genial. Por supuesto que merecías tu título de príncipe. –Dwila se endereza en el diván– Pero temo decepcionarte si te digo que solo tengo un recuerdo espantoso de tus parques. Son lugares extraños, llenos de raros capullos, como un jardín extraterrestre.
–Entré una vez en uno de los capullos y casi me ahogo con el gas anestésico. Para colmo mi égom encarnó en un saltamontes. Me pareció lo menos malo entre tantos bichos repugnantes. Sin embargo, no duré ni un segundo allí. Una monstruosa tarántula se me vino encima, me inmovilizó con sus patas enormes y me hincó sus negros colmillos como dos espadas en los costados. Mi muerte fue un calvario de dolor. La tarántula terminó chupando mis líquidos hasta secarme el cuerpo por completo. Quedé traumatizada desde esa experiencia. Pese a ello fui terca y me aventuré de nuevo. Pero mi segunda incursión resultó peor. Fui devorada casi al instante por un escuadrón de hormigas de fuego. Imagínate, se me ocurrió ir de cucaracha.
Gormu se estremece en una breve carcajada. Luego vuelve a estar serio.
–Fue una historia algo trágica. Me refiero a lo de mi trabajo con los parques. La competencia era fuerte. Estaban en boga los mundos jurásicos y no había modo de hacer pensar a la gente en algo más trepidante que un safari entre dinosaurios.
–Jamás iría a un país jurásico. –aclara Dwila–No entiendo que atractivo tiene intentar darle caza a un velociraptor y a la postre acabar en las fauces de un tiranosaurio o aplastado por una titanoboa. Luego la incomodidad de salir de allí en puro égom y tener uno que buscarse otro cuerpo.
–Exacto…pero escucha. Mis parques poco a poco se fueron quedando vacíos. Hasta que la idea de Animalia vino a mi como regalo de la providencia. Era un concepto diferente de diversión y prendió como chispa en un granero. Los mundos jurásicos eran engorrosos, como ya has dicho. Y costosos en créditos. Animalia, por otra parte, era una experiencia igual de trepidante, real y letal, pero sin costos exagerados El cuerpo se guarda allí mismo en los capullos, como ya has visto. Economía de tiempo y de créditos. Esto no lo podían imitar los regentes del mundo jurásico: por razones que se ignoran el égom humano no puede encarnar en animales antediluvianos.
Gormu prosigue:
–Concebí variantes más especializadas de Animalia: Insecta, Molusca, Nemátodo... Al cabo de pocos meses aumentó tanto la concurrencia que la competitividad de los mundos jurásicos dejó de ser un problema. Fue un golpe de suerte. Finalmente, y gracias a la acogida popular, el Senado de las Naciones propuso mis diseños como un Legado y fui nombrado príncipe.
–Para luego ser hecho Almirante–acota Dwila.
–Pero eso fue hace muy poco.
…
En algún momento posterior del día, Gormu se decide a retomar el tema del encuentro en la playa.
–Es extraño. –manifiesta–Me refiero a tus habilidades sexuales. Generalmente los jóvenes empiezan probando el coito natural. Solo después que agotan esa etapa, comprenden la esencia del sexo egómico.
–No me digas. ¿Querías tener sexo salvaje conmigo?
–De ninguna manera. Me resulta un amago del verdadero placer. Un juego que termina justo cuando debiera comenzar. Ello además de ser fatigoso.
–Sin embargo, –añade Dwila– esta forma tan simple, nos lleva tan lejos, juntarnos así, abrazados, apretándonos las manos y mirándonos a los ojos. Que solo eso baste para volar…
–Es el Valhalla, cariño ¿Acaso tratas de decirme que ya has tenido muchos Valhalla en tu breve vida?
–Dime primero si lo tuviste tú con esa…Xena.
–Si. Pero no fueron más de un par de veces.
– ¿En veinte años? ¿Y aun así dices que la amas?
Gormu, contrariado, mueve la cabeza.
–Es difícil de explicar. Tengo mis problemas para aceptar que otros interfieran. No me concentro pensando que alguien más…en fin, lo intentábamos…siempre en grupo, por supuesto. No me sentía cómodo.
–Ni tampoco ella. –supone Dwila, sagazmente –Pues de lo contrario se hubiese quedado con todos. Pero me pregunto, si tienes tal intolerancia a que otros varones compartan «tu hembra», porque simplemente no te agrupas con hembras y problema resuelto.
Gormu evoca sus recuerdos sobre esto y ríe, dando un manotazo en su muslo.
–¡Ni qué contarte las veces que lo intenté! Alguna vez, cuando de seguro no habías nacido tú, convoqué un harén, un gran equipo de treinta mujeres. No fue difícil. Modestia aparte, siempre le he resultado atractivo a las…
–Sigue la historia y no te pierdas –le requiere Dwila, secamente.
–…El caso es que no funcionó. No podía dejarlas complacidas a todas y al cabo se fueron yendo cada una por su lado, decepcionadas de mis pretensiones.
–Claro, las comprendo.
Gormu extiende sus manos hacia las guedejas que cuelgan por el rostro de Dwila.
–No seas cruel. Ahora dime de ti. ¿Has tenido Valhalla con alguien más?
Dwila lo mira de hito en hito. Hay un leve tic en su párpado derecho. Baja los bellísimos ojos, avergonzada.
–No. Nunca. Es mi primera vez.
–Supongo que debo sentirme orgulloso.
Dwila ladea un poco la cabeza y se abstrae.
– ¿Alguna vez cambiaste – de género, sabes que se siente ser mujer? –pregunta.
–Por supuesto. –proclama Gormu – Tuve mi temporada femenina, como cualquiera. No soy un bicho raro ¿ok? Pero mi masculinidad es algo del égom. No me sentí cómodo en ese rol.
–No logro imaginarme un caballero rudo como tú en el papel de una hermosa hembra, siendo además cortejada por los hombres. –Dwila ríe, como si viera desde ya la escena.
–Pues así fue. Y parece que me sentaba bien. Tuve incontables solicitudes de acoplamiento.
–Vaya, de nuevo el bichito de la vanidad. Ráscate la panza amigo…–rezonga Dwila.
